Una de las ilustraciones del «Manifiesto incierto» de Frédéric Pajak
Una de las ilustraciones del «Manifiesto incierto» de Frédéric Pajak
LIBROS

«La Historia es imprevisible para lo peor, pero también para lo mejor»

El dibujante y escritor Frédéric Pajak muestra en su «Manifiesto incierto» fragmentos de la Historia olvidados y borrados, pero que al mismo tiempo ve repetirse ante sus ojos en un mundo que empieza a recordar al de los años 30

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Frédéric Pajak (Suresnes, 1955) comenzó a escribir un libro cuando tenía alrededor de diez años y sabe que jamás lo acabará. Ese libro, ese «Manifiesto incierto» (del que Errata Naturae acaba de publicar en España el primer volumen), es una mezcla de ensayo y dibujos a la vez apropiada y paradójica para un poeta que empezó a estudiar Bellas Artes, carrera que abandonó a los seis meses «dando un portazo».

Pajak ha errado por toda Europa y por Estados Unidos, ha sido mozo de coches cama internacionales, redactor jefe de revistas culturales y hasta ha pedido limosna para sobrevivir. Una vida extraña que le conecta con otros autores errabundos y en perpetuo conflicto, como Walter Benjamin, a quien dedica muchas páginas de este «Manifiesto».

–Ha mezclado usted la autobiografía y las impresiones personales con textos sobre Nietszche, Pavese, Benjamin... ¿Se debe a que, como escribe usted en este primer volumen de «Manifiesto incierto», «como mejor vemos es a través de los ojos de los demás»?

–Digamos que nuestra propia mirada no es suficiente para ver bien. Es esencial confrontarla a la mirada de los demás, ya sea como contradicción o como complemento. A menudo veo a través de los ojos de un personaje del pasado, y su mirada se nubla en el presente. Busco entonces en esa neblina lo que queda, lo que perdura.

–¿Qué le lleva a centrarse en un determinado personaje histórico?

–La mayor parte de las veces, se trata de escritores que leí siendo muy joven y que comprendí más o menos. Al volver a leerlos treinta años más tarde, intento transmitir aquella primera emoción, y también pretendo comprenderlos y hacer que sean comprendidos, pues suelen ser autores difíciles: Nietzsche, Apollinaire, Joyce, Ezra Pound, Walter Benjamin…

–Muchos de estos artistas tuvieron vidas errantes, como la suya propia.

–Nietzsche, Joyce, Pound y Benjamin son exiliados. Su mirada sobre las ciudades y los países en los que viven es más sorprendente que la de los autóctonos. El exilio impone una visión a un tiempo conmovedora y severa. Intento volver a hacer el viaje con ellos, un siglo o medio siglo más tarde. La confrontación entre una ciudad de hace cien años y la que yo visito da lugar a un sentimiento nuevo, hecho de pasado y de presente, es decir, de un movimiento histórico.

–¿Se considera usted pintor, escritor, o filósofo?

–Me considero sobre todo un lector que escribe y dibuja. La filosofía me interesa en la medida en que coquetea con la poesía.

–Sus libros son descritos como «ensayos gráficos», término que recuerda al tan traído y llevado de «novela gráfica». ¿Considera usted que hay alguna relación entre su obra y el mundo del cómic?

Sé que la mía es una tarea imposible, pero ¿qué podría ser más estimulante que el heroísmo en una sociedad minada por el materialismo?

–No tengo ninguna relación con el cómic o la novela gráfica. Utilizo los dos lenguajes que me pertenecen –la escritura y el dibujo– oponiéndolos. A veces parecen reconciliarse: es una ilusión. Lo que no puedo expresar con la escritura, lo muestro con el dibujo, y viceversa. Mis dibujos no ilustran el texto, y el texto no destaca los dibujos. Están enfrentados.

–Hablando del ensayo gráfico, ¿son imprescindibles hoy en día las imágenes para que algo parezca real?

–Al contrario, mis dibujos son a menudo irreales. La auténtica ciudad de Turín no es la que yo he dibujado. El dibujo permite elegir lo que se muestra, obliga a estilizar, es decir, a añadir o a borrar. Es una ilusión. Por ejemplo, si dibujo una calle, quito los coches, los letreros, para dejar tan sólo la estructura.

–¿Cómo llegan a unirse sus dibujos o sus textos?

–Vienen como se presentan, por azar o por necesidad. Algunas veces, unas frases preceden un dibujo, otras un dibujo llama a una frase que lo va a contradecir. Pero nada es sistemático.

–¿Cómo se documenta: en especial en lo relativo a la parte gráfica de sus libros?

–Utilizo fotos antiguas que mezclo con mis propias fotos, que son muy mediocres. Cuanto más mediocre es una foto, con mayor libertad puedo interpretarla. Para un solo dibujo, a veces puedo inspirarme en una decena de fotos. En cuanto a los dibujos de paisaje, los ejecuto siempre« in situ». A veces también hago algunos retratos en vivo. No tengo una regla: todo y cualquier cosa puede inspirarme un dibujo.

–¿Por qué elige para sus dibujos la relativa oscuridad que aporta el blanco y negro?

–He hecho un libro en color, tinta y acuarela. El impresor y el editor lo masacraron. Volví al blanco y negro porque es también el lenguaje del pobre, el lenguaje elemental. Y, además, en el blanco y negro están el gris y todos sus matices.

–¿Le ha marcado proceder de una familia de pintores?

Donde sería necesario que lo guiaran los grandes sentimientos, el gobierno de Francia responde con mezquindad

–Sí, mi padre era pintor abstracto y más tarde expresionista, mientras que mi abuelo era paisajista. Yo he salido tal vez más a este último. No lo conocí, pero en casa de mi abuela había varias acuarelas suyas en las paredes. Una de ellas representa unos árboles que se reflejan a última hora de la tarde en un estanque. A menudo he dibujado o pintado ese mismo motivo obsesivamente.

–Usted dice que su propósito es «la evocación de la Historia borrada y de la guerra del tiempo». ¿No resulta una tarea prácticamente inacabable, como la de Sísifo?

–Evidentemente, es una tarea imposible. Pero es una tarea heroica, y ¿qué podría ser más estimulante que el heroísmo en una sociedad minada por el materialismo?

–Escribe usted que la Historia «es un sentimiento que la sociedad entera debe experimentar, so pena de que se desvanezca».

–Los libros sólo son exhortaciones, nada más y, eso espero, nada menos. Exhorto al sentimiento histórico. Aunque sea tan sólo en el interior de nuestras mentes, en nuestro rincón, es bueno hacer justicia a la Historia olvidada, la de los vencidos o los abandonados a su suerte. El mundo actual nos incita cada día a ese esfuerzo.

–En «Manifiesto incierto» encontramos a Walter Benjamin recorriendo una Europa que se desmorona. ¿Ve paralelismos con la situación actual?

–Hablo del presente haciendo que vuelva en nosotros el dolor del pasado. De nuevo en la Historia, millares de personas son arrojadas al mar y a las carreteras. No podemos pensar en la década de 1930 sin pensar en la actualidad y viceversa.

–«Todos los intelectuales del mundo pueden darse la mano si quieren, que no cambiarán nada». ¿Cuál es el papel de los intelectuales en una época de locura? ¿Volvemos al problema del que hablaba Benjamin, a que las obras de reflexión no llegan más que a las minorías?

El dibujo permite elegir lo que muestra, obliga a estilizar, es decir, a añadir o a borrar. Es una ilusión

–El poder de los libros es restringido. Sólo son una gota de agua en el océano. Aun así, el océano no es exactamente el mismo sin esa gota de agua. Los libros hablan una lengua secreta, casi indecible. Las pocas páginas de «Sobre el concepto de historia», escritas a principios de la guerra, en condiciones de aislamiento y de angustia, han llegado hasta nosotros; son traducidas y leídas en el mundo entero. A mí me inspiraron, como inspirarán a las nuevas generaciones. No es vano pensar que pueden ser experimentadas por miles de personas. Nadie sabe lo que hay en la cabeza de los demás; ningún estadista, ningún demagogo, puede decirlo. La Historia es imprevisible para lo peor, pero también para lo mejor.

–Walter Benjamin murió siendo un refugiado. ¿Puede Europa darle la espalda a aquellos que huyen igual que él?

–Vivo en un país, Francia, envarado en sus pequeñas disputas políticas, presa de varias formas de populismo. Su gobierno no tiene coraje político alguno, ni visión alguna. Gobierna de manera cortoplacista. Ahí donde sería necesario que lo guiaran los sentimientos, los grandes sentimientos, responde con frialdad, con mezquindad, con cobardía. Nadie entiende su posición. Se esconde tras la máquina europea, que es totalmente inadecuada para resolver los problemas humanos. La tecnocracia no tiene nada que ver con la humanidad.

–Para terminar, ¿tiene usted alguna certidumbre acerca de cómo va a continuar este «Manifiesto incierto»?

–No, claro que no. La idea de este «Manifiesto incierto» es hacer un libro que no acaba. De todos modos, me pararé en el noveno volumen, es suficiente para dar la impresión de un libro sin fin. Sin embargo, cada día surgen nuevos relatos y nuevas figuras que forman ya libros por venir. El próximo «Manifiesto incierto», que se publicará en Francia en septiembre, estará enteramente dedicado a la vida de Vincent van Gogh.