Los Beatles (en la imagen) nos obsequiaron en 1967 con su conocido «Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band»
Los Beatles (en la imagen) nos obsequiaron en 1967 con su conocido «Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band»
ALTA INFIDELIDAD

Gran reserva: 1967, el mejor año de la historia del rock

La mitificación wikipédica del año 1967 contribuye a dar altura a una cumbre creativa cada vez más visible desde la planicie actual

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Se han puesto las cosas de una manera -consenso académico, contagio temático o simple pereza documental, corta y pega- que incluso en la tienda online de El Corte Inglés aparece ya una lista con «Los 10 mejores discos de 1967, el mejor año de la Historia del rock» (sic). No están todos los que son -ni siquiera son diez, según disponibilidad-, pero sí son todos los que están en una oferta que, a la pieza, reúne algunos de los clásicos editados hace ahora cincuenta años. Desde que a los oyentes de la BBC-2 y a través de una encuesta condicionada por el criterio de los locutores les dio por consagrar la añada de 1967 como la mejor de la Historia del rock, la industria del conocimiento wikipédico se ha limitado a reproducir una lista que lleva al extremo, incluso al ridículo, un afán clasificatorio que ha terminado por hacer del pop una competición similar a la gimnasia artística o el patinaje sobre hielo. 314,93 puntos para Javier Fernández tras el programa corto y un diez para el Sgt. Pepper de los Beatles.

Números accesorios

Determinados por el mercado, los números -imprescindibles para entender la evolución y la cotización real de otras disciplinas artísticas, pintura, literatura o arquitectura- son aquí accesorios. Salvo coincidencias puntuales, protagonizadas por Pink Floyd, Michael Jackson y los propios Beatles, los discos más vendidos de la Historia conforman el anverso cualitativo -basura para las masas, hablando mal y pronto- de un canon en el que la excelencia viene definida por la interpretación de una jaculatoria memorizada por los buenos aficionados, situados al margen del gran público y de los consumidores por su capacidad para recitar al pie de la letra y con conocimiento de causa el estribillo de esos mismos rankings, unas tablas de la ley cuya repetición y sacralización no han hecho sino rematar al pop, por si le quedaban ganas de sobrevivir al siglo XX como un organismo aún con recorrido evolutivo.

En la misma encuesta de la BBC-2, y tras 1967, los mejores años de la vida musical de los oyentes resultaron ser 1957, 1973, 1966, 1969 y 1979. Si cruzamos los resultados de este sondeo con la distribución por años y décadas de los quinientos mejores discos de la Historia del pop, según la lista elaborada en 2003 por la edición norteamericana de Rolling Stone -o con la relación publicada en 2006 por la revista Time, o la más reciente de Entertaiment Weekly, muy patriótica y trufada de raperos, última esperanza negra para la reanimación cardiopulmonar de la música popular- el diagnóstico es descorazonador, valga la redundancia.

Los Beatles explican en parte lo sucedido en 1967 porque 1967 los necesitó para explicarse

En su traducción gráfica, la distribución cronológica de lo que la industria del conocimiento considera lo mejor de lo mejor traza una suerte de campana de Gauss que pierde altura según pasa el tiempo y que roza el suelo desde hace ya varios años. La moda estadística se situaría alrededor de 1967, año desde el que comenzó a descender la curva. Esto no es científico, pero es a lo que lleva la metodología basada en el subjetivismo y el dogma que han impuesto los redactores de la biblia del pop. Por ahí siguen, dispuestos a añadirle nuevos libros después del Apocalipsis que de forma involuntaria trazan sus notas cifradas.

El cincuenta aniversario de la promoción musical de 1967, en la que coincidieron los primeros álbumes de los Doors, la Velvet o Pink Floyd, además del Surrealistic Pillow de Jefferson Airplane, el Forever Changes de Love, el Are You Experienced? de Jimi Hendrix o el ya mencionado Sgt. Pepper de los Beatles, entre otras piezas mayores, debería servir para contextualizar esas obras en un tiempo cuyas convulsiones, circunstancias y necesidades sociales y culturales las hizo precisamente grandes. De más a menos, la todavía reciente recopilación Yesterday’s Sunshine: The Complete 1967-1968 London Sessions, de los Grapefruit, refleja lo deprisa que entonces iba todo y cómo la música cambiaba de tono de un día para otro.

Lo que no cuadra

Concebir y plantear una Historia del rock a partir de una sucesión cronológica de discos como elementos autónomos y con entidad propia para evolucionar a partir de sí mismos impide observar el fenómeno creativo de 1967 como la expresión de un tiempo que, entre otros añadidos, necesitó canciones para explicarse y armarse. La velocidad a la que se suceden los graves acontecimientos de la actualidad, muy superior a la de finales de los años sesenta, no ha tenido, en cambio, una traducción musical que, más allá de documentarlo, defina nuestro tiempo de manera integral. Algo falla y no cuadra. Grabar un álbum contra Donald Trump o, al contrario, para evitar al presidente norteamericano -trinchera o deserción, tanto monta- no es suficiente para devolver al pop el carácter esencial que tuvo en un cambio de modelo social que hoy corresponde a otros lenguajes, más o menos culturales. Los Beatles explican en parte lo sucedido en 1967 porque 1967 los necesitó para explicarse. Que le pregunte la Academia Sueca a Bob Dylan por qué, en vez de hacer el Kendrick Lamar, se dedica ahora a grabar canciones de Frank Sinatra.