«La gallinita ciega», una de las obras más célebres de Goya
«La gallinita ciega», una de las obras más célebres de Goya
ARTE

Goya traslada la Corte a Bilbao

Bajo el título «Goya y la Corte ilustrada» se esconde la primera exposición del aragonés en la capital vasca. Con sus coetáneos, el Museo de Bellas Artes dibuja ese capítulo de nuestra Historia

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Para Bilbao, Goya y la Corte ilustrada supone -increíblemente- la primera exposición monográfica dedicada a Francisco de Goya (Fuendetodos, 1746-Burdeos, 1828) en toda su Historia. Evidentemente la (semi)nueva política del Museo del Prado destinada a «extender el conocimiento y disfrute de las colecciones de El Prado fuera de su sede madrileña», es necesaria, aunque en cierto modo llega tarde puesto que hoy se aboga más bien por no mover las obras maestras de su sitio (más que nada para que los que se molestan en ir al gran museo no se encuentren siempre con paredes vacías: actualmente hay muchos museos en el mundo, y un goya podría estar viajando eternamente).

En cualquier caso, de las 96 obras que se presentan en esta muestra (72 de ellas procedentes de El Prado) treinta y una son óleos de Goya y, entre ellas, están piezas tan emblemáticas, tan madrileñas diríamos, como La gallina ciega, El pelele, el Retrato de Carlos IV y el de Carlos III, cazador, La vendimia o el Retrato de la reina María Luisa con tontillo.

Otro de los atractivos de la cita bilbaína es que, al conjunto de obras que se exhibió en CaixaFórum de Zaragoza, se le han sumado varias piezas pertenecientes al propio Museo de Bellas Artes, así como once retratos -todos ellos de la mano de Goya- de políticos, empresarios y militares vascos y navarros que formaron parte de la Corte a finales del XVIII y que aparecen catalogadas en una adenda especialmente editada para la ocasión.

Estimulante visión

Goya y la Corte ilustrada, además de ofrecer, de la mano de un excepcional conjunto de artistas españoles y europeos del XVIII, una estimulante visión de una de las épocas más convulsas y brillantes de la Historia de España (que se centra en su vertiginosa modernización durante los reinados de Carlos III y Carlos IV y abarca desde la arquitectura hasta la moda, desde lo popular hasta lo cortesano), representa un acercamiento original a la figura de Goya (una gran labor curatorial de Manuela Mena y Gudrum Maurer, ambas muy conocidas conservadoras de El Prado) que podríamos calificar de sentimental. Toda la muestra quiere evocar, en efecto, la relación que mantuvo, no tanto con su Zaragoza natal -ya que, evidentemente, siempre ambicionó pintar para la Corte, y confesaba sentirse plenamente feliz y realizado en el bullicioso Madrid- cuanto con sus amigos de juventud, especialmente, con el comerciante Martín Zapater, con quien mantuvo correspondencia durante toda su vida. Así, las cartas de Goya a Zapater, que El Prado logró reunir tras cuarenta años, son uno de sus mayores tesoros, jalonan los distintos capítulos de la exposición y son su hilo conductor.

Las obras evidencian la distancia abismal que separa siempre a un genio de un gran artista

Así, aunque la exposición se limita al período madrileño y cortesano de Goya -y se cierra antes de su Etapa negra, en 1803, el año de la muerte de Zapater- en la primera sala se presentan los protagonistas de este relato, retratándose o autorretratándose el joven Goya, Zapater, Ramón Bayeu y su hermano Francisco, cuñado y mentor de Goya, que, pese a que le introdujo en la Corte, mantuvo siempre una relación conflictiva con él.

En la segunda, «Goya y Madrid, 1775. La caza», se evocan el año de su llegada definitiva a la capital tras su periplo italiano y su afición a la caza. Además del mencionado Carlos III, cazador y del igualmente famoso Niños con perros de presa, destacan aquí una gran escena de caza de Francesco Celebrano y las naturalezas muertas de José del Castillo y de Meléndez.

El pico más alto

«La Corte ilustrada: Puntos de encuentro» es el plato fuerte de la exposición. Figuran en estas salas el célebre Muchachos trepando a un árbol y La gallina ciega, entre otras pinturas de Goya, pero hay también extraordinarias piezas evocadoras de la sociedad de la época, como las escenas de aldea de Francesco Sasso, Giandomenico Tiépolo y Francisco Bayeu, las cortesanas de Charles-Joseph Flipart, las vistas de Bermeo y Bilbao de Luis Paret (propiedad del Museo bilbaíno), o Pradera de San Isidro, de José del Castillo.

Acaso en los dos magníficos cuadros dedicados a la ascensión de un globo aerostático ante la Corte de Carlos IV, obra de Antonio Carnicero, se encuentre el retrato de esa época ilustrada y abierta al progreso que la muestra reivindica y que se extiende a la siguiente sala, «Goya y el refinamiento femenino en el siglo XVIII», dedicada a las transformaciones en el vestuario, no solo de reinas (La reina María Luisa con tontillo) y cortesanas, sino también del común de la gente, como se aprecia en las escenas cotidianas de José del Castillo, Ramón Bayeu, Salvador Maella o el propio Goya: La vendimia o El otoño, La acerolera, El pelele, todas ellas obras maestras que, dicho sea de paso, ponen en evidencia, como sucede en toda la exposición, la distancia abismal que separa siempre a las obras del genio de las del gran artista.