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«GLOW», el oficio de luchar

El título es extraoficial e inservible, pero «GLOW» ya es la serie del verano. La nostalgia ochentera, y mucho más, le sirve a Netflix para repetir éxito, después de «Stranger things», con un puñado de adorables guerreras

Alison Brie es Ruth Wilder, la peor y mejor villana de la Historia, un personaje fantástico
Alison Brie es Ruth Wilder, la peor y mejor villana de la Historia, un personaje fantástico - NETFLIX

Un actor en paro y desesperado puede convertirse en un unicornio si es preciso. Dustin Hoffman se transformaba en mujer para encontrar el papel de su vida en «Tootsie», y Alison Brie ingresa en un equipo de lucha libre femenina. Ocurre en «GLOW», la serie del verano. Estamos a primeros de julio, pero el veredicto ya no tiene vuelta atrás. Si hace un tiempo hubiéramos sabido que nos engancharíamos a semejante disparate quizá no habríamos permitido que Netflix entrara en nuestras casas.

«Stranger things» apelaba al niño que llevamos dentro, a Spielberg, los «goonies», «Cuenta conmigo» y un largo etcétera de referencias que reconoceríamos, aunque nos arrancaran los ojos, con las yemas de los dedos. El luchador abría en canal las carnes y el alma deconstruidos de Mickey Rourke para mostrar unas cicatrices inimaginables, sobre todo para los padres, más conscientes de la farsa que esconde el «wrestling», un «deporte» cantado en España por gente como Héctor del Mar, el viejo hombre del gol. «GLOW» vuelve a llamar a la puerta de nuestra infancia con los nudillos de un adulto. Es un éxito seguro, «porno legal, para toda la familia», como define ese perdedor tan fantástico que compone Marc Maron, casi el único hombre de la serie.

Píldoras de media hora

Es cierto que el «ring» de «GLOW» no tiene la profundidad del que vimos en «El luchador», pero a cambio estamos ante un entretenimiento accesible y divertido, tierno y adictivo. Sus píldoras de media hora son difíciles de rechazar por muy entrada que esté la noche. Como su protagonista, la serie enamora hasta por sus defectos, que se le salen por las costuras. Y da igual que sus habitantes parezcan de otro planeta (la mujer loba, las abuelas camorristas, el Ku Klux Klan contra las panteras negras…) porque pocas veces ha sido tan fácil identificarse con los rasgos menos favorecedores de tantos personajes a la vez. No ocurría algo así -el dato está pendiente de confirmación- desde «Friends».

La parodia es una tapaderapara que no veamos llegar el momento en que nos toca el corazón o dice algo inteligente.

El punto de vista también es más astuto que sus apariencias, camuflado bajo el disfraz «kitsch» de licra, quizá para hacerse perdonar su condescendencia moral. La parodia es una tapaderapara que no veamos llegar el momento en que nos toca el corazón o dice algo inteligente. El retrato tiene el acierto añadido de no ser mordaz. Hay amor verdadero a unos seres desvalidos y las guionistas ni siquiera se permiten la mofa hacia el inverosímil oficio de libreluchador.

El personaje central lo llena de vida Alison Brie, la peor (y mejor) villana de la Historia, una de las grandes antiheroínas que ha pisado un escenario. La actriz había logrado despuntar sin tantos diálogos en «Mad Men» y «Community». Aquí reina de principio a fin con un papel glorioso, rebosante de matices. Hay que mirarla dos veces, porque sabe ser convencional y espectacular en el mismo instante, como resalta de nuevo el lúcido Maron (o su personaje, Sam Sylvia, un director de serie B con retazos de varios ilustres incomprendidos del cine).

En un hallazgo fabuloso de la trama, la chica es la única del grupo incapaz de encontrar su propio camino, lo que la acerca aún más a todos nosotros, simples mortales. Cuando por fin lo descubre y se desata, cuando libera toda su desesperación, la historia sube dos peldaños de un salto. Se atreve a cantar a Barbra Streisand rodeada de rusos y llega a evocar -con perdón por la herejía- a las «hermanas» Hepburn, tan alocada como Katharine en «La fiera de mi niña», pero sin un Cary Grant al que perseguir. A Audrey incluso la imita de forma explícita. Sus diálogos con acento ruso son lo mejor de su carrera.

En reserva

Hay otros grandes personajes, pero por descuido o falta de tiempo no desarrollan su potencial. Lo bueno de tenerlos tan poco exprimidos es que les queda jugo de sobra para la segunda temporada. Saldrá sola, sin los fórceps de guion que habrá requerido -ojalá no se note- la continuación de «Stranger things».

«GLOW» es fácil de querer y disfrutar si el espectador es capaz de quitarse los prejuicios el tiempo justo para sentarse a verla. Es un drama terrorífico y una comedia desopilante. Y no es correcto apuntar esto, pero gustará a ambos sexos (o los espantará sin distingos). Un dato recurrente explica este hecho inusual. Sus creadoras son Liz Flahive y Carly Mensch. Entre sus productoras destacan Tara Herrman y Jenji Kohan, y la inmensa mayoría de las personas que han escrito y dirigido los capítulos son también mujeres, al igual que casi todo el reparto. Pese a su abrumador dominio, ellas saben contar historias menos excluyentes.

El título, por cierto, es un juego de palabras entre el significado de «brillo» y las siglas con las que en los ochenta se conoció la serie original: «Gorgeous Ladies Of Wrestling». Lo peor serán sus secuelas, en el más amplio sentido del término. Después de este pelotazo se nos van a llenar las pantallas de nostalgia. No hay sustancia peor.

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