Denis Johnson en 1983
Denis Johnson en 1983
QUINTA ESQUINA

João Gilberto Noll y Denis Johnson, dos funambulistas

El descubrimiento de un escritor que no se parece a ningún otro es uno de los momentos más gratificantes que la literatura

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Uno de los momentos más gratificantes que la literatura depara es el descubrimiento de un escritor que no se parece a ningún otro. O que, si lo hace, mantiene intacta su capacidad de sorpresa y seducción, su genio para conformar una voz intransferible. Un puñado de nombres acuden a los labios para llenar tan magnífico misterio: Babel, Bernhard, Céline, Ferreira, Gaddis, Gombrowicz, Lispector, O’Connor, Sciascia, Sebald, esa estrecha nómina de elegidos que, como diría Michon al referirse a su propio trabajo, se niegan a «convertir el milagro en profesión, el talento en carrera literaria».

El 29 de marzo pasado moría João Gilberto Noll en la ciudad de Porto Alegre. Apenas dos meses más tarde, el 25 de mayo, era Denis Johnson quien fallecía en California. Sería difícil encontrar un nexo de unión entre ambos, fuera de su excelencia. Y del hecho subjetivo, como tal innegociable, de que han sido dos de los escritores contemporáneos a los que más he querido y admirado, y que inscribiría sin dudar en ese elenco de autores a los que he frecuentado con reverencia. Así que hoy menciono a los muertos porque no me habitúo a pensar que ya no están a este lado del discurso. Como una suerte de restitución esquiva. Aunque sobreviven sus obras, testimonios únicos a propósito de la coherencia creativa y la singularidad expresiva. Mundos autónomos.

La responsabilidad comienza en la propia piel. En ella termina también. Algo que Johnson expresó en la bellísima El nombre del mundo: «Lo primero que le exijo a una obra de arte es que su agenda no me incluya. No quiero dudar de sus objetivos por intentar agradarme, por apelar a cualquier tipo de consciencia de mi persona». Amenazado por la inminencia de la muerte y la codicia de la desventura, resuelto a la postre por el propio impulso autodestructivo que obliga a detenerse o a reventar, el universo de Johnson demandó una escritura solidaria de ese entorno feroz. Forma y contenido eran en él unánimes. Las vidas breves, inanes y sucias de sus personajes, parecidas a las vidas nocturnas de ciertos insectos, vidas que se apagaban en la frontera de los veinte o de los treinta años, una edad en la que ya se era viejo porque todo había sido visto, hecho o dicho, exigían un lenguaje que transcurriera entre la autopsia y la alucinación.

Johnson narró en Ángeles derrotados e Hijo de Jesús la mugre, la sangre y la violencia sin ahorrar detalle, pero en su lenguaje encontró acomodo una poesía conmovedora, una confianza de redención que habitaba en la fuerza del verbo como casa natal de la imagen. Porque Johnson fue un grandísimo poeta, si por poesía aceptamos la definición que de ella otorgó otro autor sin epígonos, Bruno Schulz: un cortocircuito entre la realidad y los sentidos. Y ese cortocircuito alcanzó una talla gigantesca en el año 2007. Árbol de humo, su apabullante novela sobre Vietnam, justifica por sí sola una vida de escritor. En ese libro despiadado, en el que el mundo era caos, detrito, paranoia, los motivos de la guerra, todos dignos de figurar en los anales del maquiavelismo, arrancaron de Johnson una lectura atormentada y al borde del delirio de la (sin)razón humana. El resultado, que podría contemplarse como una actualización desoladora y vastísima de El corazón de las tinieblas, y que llevó la atmósfera que Coppola prestara al original de Conrad hasta extremos inexplorados, nos entregó a un creador alcanzando un límite: la obra maestra.

Nacido en 1946, João Gilberto Noll ha sido uno de los escritores que ha hecho de la pregunta por la identidad el corazón emocional e intelectual de su trabajo. La obra de Noll ha llegado a España a través de la bonaerense Adriana Hidalgo Editora, casa exquisita en su catálogo donde las haya. Cinco obras de este autor excepcional están a disposición del lector en español: A cielo abierto, Bandoleros, Harmada, Hotel Atlántico y Lord. La obra de Noll se resiste a ser resumida. En sus novelas, objeto y sujeto están en perpetuo trance de refundación, se redefinen sin descanso. Materia y conciencia son igualmente problemáticas. Lo obvio se resiste a ser nombrado, mostrado. La posibilidad de la identidad vacila y fracasa puesto que la realidad (ciudades, guerras, trabajos) resulta tan lábil e inconstante como la tentación de erigir un tratado de las pasiones. Fuera y dentro son categorías fracasadas, fronteras sin un país detrás. Los personajes de Noll, que parecieran siempre a punto de disolverse, añaden su impericia al desconcierto primordial que causa el mundo. Caminantes sin paisaje, ya no es que sus voliciones y deseos muden de página en página, sino que tiempo y espacio son mapas vacíos, soles negros. La derrota de la identidad reside en la imposibilidad de que exista un lugar fiable sobre el que la inteligencia pueda operar. La desconfianza afecta a todo, incluida la propia narración.

Musil resolvió el fracaso del yo generando una obra infinita; Beckett asumió esa misma derrota destruyendo el lenguaje literario. Aquél acabó ahogado en una obra sin límites; éste abocó su proyecto a un conjunto de balbuceos y gritos. Noll hereda de Musil el empeño por destripar la intimidad de la conciencia; de Beckett acepta el deterioro irremediable del instrumento del escritor: la palabra. El cóctel que ambas actitudes agita es de una amargura existencial desoladora, pero de una potencia literaria inestimable. Los funambulistas han sido siempre primeras espadas. Y no hay red bajo los pies de Noll. El vértigo que provoca su lectura es el premio y la condena. No es un autor para lectores con mal de altura. Pero nadie juró que la literatura, la de verdad, fuera un espectáculo tranquilo.