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«La gente del Abismo»: Londres, capital de la miseria

El mítico Jack London traza en este libro de crónicas el «mapa» humano del Londres de principios del siglo XX

Jack London, autor de «La gente del Abismo»
Jack London, autor de «La gente del Abismo»

Año 1902. Inglaterra potencia colonial; Londres, la «City» del capitalismo industrial. Londres, también, capital de la miseria. Cuarenta millones de almas: ocho están al límite de la inanición; novecientos de cada mil mueren hacinados en la promiscuidad del hambre: cadáveres en cubículos hediondos. Jack London (San Francisco, 1876-Glen Ellen, California, 1916), el escritor aventurero, tenía 24 años cuando puso los pies en el East End con la guía «Cook» entre manos. «La gente del Abismo» -así titula las crónicas acompañadas de fotografías que publicará Isbister and Company-, serpentea febril en los barrios de Whitechapel, Hoxton, Spitalfields, Bethnal Green y Wapping hasta los East India Docks. La raza de los «lums» se arrastra por el grasiento adoquinado entre la explotación y los improvisados refugios callejeros. «La gente del Abismo», escribe, no sabe lo que es un hogar y solo conoce el cubil y la madriguera. Una fuerza de trabajo desperdiciada por un sistema que priva la avaricia sobre la productividad.

Máquina de matar

La patria del maquinismo es una máquina de matar. Y cuando uno ya no puede con su alma, el «bobby» de turno le ordena que siga su camino hacia ninguna parte. London, que sabe del vagabundeo y el hambre, recuerda que cuando dio con sus huesos en una cárcel californiana comió mejor que esos londinenses que afrontan la jornada con una pinta de té y dos rebanadas de pan con mantequilla con salmón o arenque ahumado. Siguiendo la senda del gran reportaje que inauguró Daniel Defoe con «Diario del año de la peste», London aquilata sus crónicas con datos: superpoblado en un cuarenta por ciento, el East End arroja una mortalidad de más del 26 por ciento. Si la esperanza de vida del West End es de 55 años, la del East End no pasa de treinta. El autor aporta trabajos de campo, como las entrevistas de Robert Blatchford al proletariado londinense. El cincuenta y cinco por ciento de los niños no llega a los cinco años.

Marx situó en Londres la revolución, pero no les quedaban fuerzas para rebelarse

Acosada por los deshaucios, «La gente del Abismo» está condenada a un movimiento perpetuo que sus cuerpos mal alimentados no soportarán. La mano de obra barata de Whitechapel -el barrio del Destripador-, deviene en competencia desleal para los obreros de las «»Trade Unions. Y cuando no hay trabajo solo queda la calle: pasar la noche en un albergue público que no tiene nada de filantrópico. A cambio de la mísera comida y el alojamiento, el sintecho deberá partir quintales de piedra o deshebrar kilos y kilos de estopa. El defensor de los desheredados evita la sacralización de los poderes públicos de los teorizadores del socialismo. London recoge una veintena de informes de los juzgados municipales para concluir que la justicia de la injusta Inglaterra condena a quienes no tienen dónde caerse muertos. Los delitos contra la propiedad se consideran más graves que los delitos contra la persona.

Cumplido el centenario de la muerte de London, «La gente del Abismo» compone un retrato estremecedor de la Revolución Industrial inglesa en la tradición humanista de Dickens, el «Cartism» de Carlyle, los ensayos de Owen -y Cerdà en la Barcelona de mitad del XIX-, el higienismo reformista de Ruskin y el Orwell de «Sin blanca en París y Londres». Su crónica conserva toda su vigencia en un siglo XXI sacudido por la rapiña financiera, el empleo precario y el cuestionamiento del Estado de Bienestar. Marx situó en Londres la revolución proletaria, pero a «La gente del Abismo» no le quedaban fuerzas para rebelarse.

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