EXPOSICIÓN

En la génesis de la era atómica

Adamo Dimitriadis nos propone un universo ácido, encantador y surrealista a medio camino entre el diseño industrial, el pop y la foto publicitaria de los años 50

Una de las obras de Adamo Dimitriadis
Una de las obras de Adamo Dimitriadis

Es un universo ácido, encantador y surrealista a medio camino entre el diseño industrial y la foto publicitaria de los años 50 y el Pop más irónico de los Hamilton, Rosenquist, Wesselman, Ruscha e incluso Mel Ramos, el pintor de pin ups cuya pulcritud y efectividad reencontramos intactas, cincuenta años más tarde, en la obra de este fascinante y desconocido pintor, Adamo Dimitriadis (Madrid, 1967), aplicadas no a la descarada sexualidad del reclamo publicitario sino a una delirante reinterpretación de la utopía tecnológica de posguerra, y en la que no faltan los laboratorios imposibles, los rayos de colores, los planetas lejanos ni los homenajes a las terribles películas de Serie B de la época, en las que el poder de la radiación, por entonces infinito y desconocido, era susceptible de provocar toda clase de mutaciones, ampliaciones y decrecimientos, fenómenos pasmosos y cuanto las mentes excitadas de los chavales de la época fueron capaces de imaginar y vender a una audiencia atónita que, dicho sea de paso, sigue exactamente igual.

Porque, como se nos dice en un texto, Dimitriadis «recrea el lado oscuro del progreso científico con la percepción irreal de un sueño en technicolor»; «sus óleos irradian una felicidad tensa, como si pasar de la alegría a la catástrofe fuera cuestión de tiempo» y «narran un desencanto dulce en un futuro pasado»: la posmodernidad -y la evidencia- pone fin al relato del Progreso y a esa imaginería -muy modernista y art déco- que surgió con la «era atómica». Pero la deconstrucción que realiza este artista es tan impecable y meditada que su pintura resulta ser, ante todo, muy poética.

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