MÚSICA

«El gallo de oro», Rimski-Kórsakov y el «technicolor» orquestal

El Teatro Real presenta «El gallo de oro», uno de los mejores trabajos óperísticos de Nikolái Rimski-Kórsakov

Un momento del montaje de Laurent Pelly en el Teatro Real de Madrid
Un momento del montaje de Laurent Pelly en el Teatro Real de Madrid

Es una lástima que Nikolái Rimski-Kórsakov no haya podido vivir lo suficiente para ver las primeras películas en color. Su música orquestal tiene mucho de ello: la opulencia tímbrica, el esplendor cromático, el desarrollo narrativo, una presencia espectacular que se impone de inmediato al espectador. Hasta los más firmes detractores del músico ruso no pueden negar su calidad como orquestador, aunque es fácil convertir la virtud en defecto. Compositor brillante pero superficial, es la definición con la que suelen liquidar a Rimski.

Su música es más una invitación al viaje que a la imaginación, porque todo en ella es narrado con gran lujo de detalles, se ofrece en imágenes esplendorosas, tan vívidas que el oyente podría tomarlas por reales. El Oriente del que tanto hablan las piezas de Rimski es parecido a las alfombras persas: uno se detiene en sus dibujos, sus motivos, sus colores, y empieza a volar.

De salvador a falseador

Con la salvedad de unos pocos títulos («Sheherezade», «La gran Pascua rusa» o esa endiablada píldora musical que es «El vuelo del moscardón»), Rimski es casi más conocido por sus reorquestaciones deMusorgski que por su propia música. Fue gracias a su abnegación que la obra de Musorgski se mantuvo en repertorio. Rimski revisó las partituras del amigo, otorgó un mayor brillo y un carácter más ortodoxo a su escritura orquestal.

A Musorgski siempre se le consideró un orquestador torpe y tosco, pero en años recientes se ha impuesto un giro radical sobre la cuestión y los antes considerados defectos han pasado a ser alabados como virtudes. De ahí que la labor de Rimski haya pasado a ser juzgada con severidad. De salvador de Musorgski, Rimski ha pasado a ser visto como el falseador de un mensaje musical del que no entendía la genial excentricidad.

El Oriente de Rimski-Kórsakov es como las alfombras persas: uno se fija en sus dibujos y empieza a volar

Puede que sea así, y en tiempos de purismo a ultranza las intenciones originales del autor tienen valor de ley, pero las reorquestaciones de Musorgski por Rimski me siguen pareciendo un acierto. Me atrevería incluso a decir que «Una noche en el Monte Pelado» es la mejor pieza de Rimski... sobre música de Musorgski. No sólo su orquestación es más espectacular e impactante que la del amigo, sino que la arquitectura de la obra es reorganizada de forma diferente. ¿Que esta versión suena más hollywoodense? Tal vez sí, pero hay que quitarse el sombrero ante el «technicolor» de Rimski.

«El gallo de oro» que llega al Teatro Real puede considerarse la obra maestra de Rimski-Kórsakov en el ámbito operístico. En ella confluyen los ingredientes típicos de su música (el argumento exótico y fabuloso, la calidez de los colores instrumentales), pero con un ligero toque ácido y grotesco que preanuncia a Stravinski. Es la risa agria de un compositor que había sido destituido de la cátedra en el Conservatorio de San Petersburgo por su decidido apoyo a la Revolución de 1905. Como respuesta, Rimski acude a Pushkin para hilar un cuento musical que satiriza la figura del zar y sus afanes expansionistas. «El gallo de oro» no pasó, como era de prever, el filtro de la censura y hubo que esperar a 1909 para su estreno. Rimski había muerto un año antes.

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