Gehry en una de sus últimas comparecencias en España
Gehry en una de sus últimas comparecencias en España - Iosu Onandía
ARQUITECTURA

Frank Gehry: «Un edificio no puede gustar a todo el mundo. Al principio el Guggenheim fue rechazado»

En el XX aniversario del Museo Guggenheim de Bilbao, que celebramos este mes, resulta obligado pararse a escuchar a uno de sus artífices: el arquitecto Frank Gehry. Con él hablamos del antes y el después que este edificio supuso en su carrera

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Pocos son los arquitectos cuyo nombre queda asociado a un único edificio que tiende a anular al resto de su producción, por buena (o mala) que esta sea. Es lo que le ocurre a Frank Gehry (Toronto, 1929) con el Guggenheim de Bilbao. Veinte años después, este autor, uno de los nombres propios de la arquitectura del siglo XX, con la mochila bien cargada («yo ya solo soy un árbol moribundo», confiesa), se sitúa frente a su obra maestra para tomarle el pulso en esta entrevista.

Contemplando las dos décadas del Guggenheim-Bilbao, ¿cómo cree que ha evolucionado como edificio y como pieza urbana?

Creo que ha sido aceptado. Fue diseñado, construido e instantáneamente gustó a muchísima gente. No obstante, al principio fue un proyecto muy rechazado y también hubo personas a las que, incluso, les gustó tras haber estado de entrada muy en contra. Me sigue pareciendo milagroso que con un presupuesto pequeño –porque no fue un edificio caro– lográramos construirlo, y obtuviera una respuesta tan positiva. Que se convirtiera en un edificio que ayudara a hacer crecer a la ciudad. Estoy muy orgulloso.

El Guggenheim desencadenó la construcción de numerosos edificios espectaculares. No obstante, pocos lograron afianzarse con la misma estabilidad. ¿Qué valores han permitido al museo bilbaíno convertirse en un referente y trascen- der lo peyorativo de la idea de «edificio estrella»?

No es algo sencillo de responder. Creo que tiene que ver con los sentimientos que yo, como arquitecto, siento hacia la cultura vasca. La sinceridad, la sencillez, la lealtad y el compromiso que la distinguen son muy estimulantes. Viví y trabajé a partir del sentimiento que adquirí de la misma.

«Yo sólo construyo algunos edificios. No soy alguien que cambie el mundo con ello»

Esta reflexión acerca de la identidad adquiere aún más pertinencia dentro del actual contexto que atraviesa España. En esencia, su proyecto consistió en aprehender los valores locales vascos y otorgarles un alcance global.

No estoy muy al tanto de lo que está sucediendo en Cataluña, pero me asusta. También todo lo que está sucediendo en EE.UU., con niveles de odio espantosos, los atentados en Gran Bretaña, los conflictos en Oriente Medio… Todo lo que está pasando en el mundo tiene que ver con el miedo, con la sensación de peligro.

¿Cree que la construcción del Guggenheim supuso algún tipo de influencia sobre la arquitectura en España?

No sabría decirle. Me considero un estudiante de muchísimas cosas y, cuando voy a un lugar, dedico mucho tiempo a conocerlo a fondo. Estudio la música, la literatura, el pensamiento, la política… Y así lo hice entonces. La primera vez que visité Barcelona fue durante la época franquista, así que también tuve oportunidad de experimentar esa otra época. Por otro lado, conozco a arquitectos españoles, como Rafael Moneo...

Walt Disney Concert Hall, en Los Ángeles
Walt Disney Concert Hall, en Los Ángeles

Está en curso una de las fases del proceso de remodelación del Museo de Arte de Filadelfia, un proyecto que le fue asignado debido al exitoso impacto del Guggenheim-Bilbao.

Durante una visita que hice al museo, conversé sobre el Guggenheim con la que entonces era su directora, Annie d’Harnoncourt. Me habló con entusiasmo del edificio de Bilbao y me comentó que su centro necesitaba una remodelación a fondo. Me preguntó si me veía capaz de construir un edificio escondido dentro de otro del siglo XIX, y que lograra contar con la misma excelente respuesta que tuvo el Guggenheim. Le respondí que no era capaz de anticipar algo así. Que las ideas son ideas, y que si uno logra hacer algo especial y después la gente reacciona positivamente, perfecto. Pero le dije que quería intentarlo. La primera fase ya ha sido construida; estamos construyendo la segunda y, por último, se levantará la sala dedicada al arte contemporáneo.

Es usted una figura crucial en la Historia de la Arquitectura de la segunda mitad del siglo XX. Quizá no sea un atrevimiento asegurar que le dio el empujón de entrada al siglo XXI…

Aguarde. ¡Eso es colocar un gran peso sobre mis hombros!

Para bien o para mal, su aportación es decisiva. Por esto y su trayectoria, quisiera conocer cómo siente su compromiso con el presente.

Creo que soy ya como un árbol moribundo. En EE.UU., la cantidad de edificios que pueden llamarse «arquitectura» es mínima. A eso me refería aquella vez que le hice una peineta a un periodista en Oviedo, cuando me preguntó mi opinión respecto a que mis edificios fueran calificados de «llamativos». Me jodió, y mi reacción enfurecida fue pedirle que mirara alrededor y comprobara cuántos edificios de porquería hay en pie. Yo sólo construyo algunos, no cambio el mundo.

Hoy se celebra la arquitectura de sensibilidad social. ¿Cómo interpreta el menosprecio a la antes admirada arquitectura icónica?

Me hice arquitecto consciente de que mi trabajo iba a contribuir a la sociedad. Y creo que la mayor parte de individuos que se dedican a la arquitectura lo hacen confiando en mejorar la vida de las personas. Y hoy, sea debido a cuestiones políticas, a una falta de compromisos, a carencias en la educación… El arte de la arquitectura no está siendo aceptado por la mayor parte de la población. Giotto y El Greco fueron arquitectos y pintores. Bernini fue pintor, escultor y arquitecto.

«No todo el mundo tiene la capacidad de dotar a la arquitectura de valor artístico»

¿Existe un desencuentro entre sociedad y arquitectura?

No diría que hay un desencuentro, sino más bien una oportunidad que algunos saben aprovechar y otros no. Últimamente se han premiado obras que parten de un sentido de responsabilidad social pero que no tienen valor como arte. No todo el mundo tiene la capacidad de dotar a la arquitectura de ese valor. Que Dios bendiga a todos por su empeño en ofrecer lo mejor de lo que son capaces. Pienso en Le Corbusier, Frank Lloyd Wright… Esos arquitectos fueron los héroes de su tiempo pero estaban al margen de este. Su época no los aceptó. Wright tuvo muchísimos problemas para lograr construir extraordinarios edificios. Le Corbusier no logró construir muchos de los grandes proyectos que podría haber hecho. Supongo que, en algún momento, acabaron rindiéndose.

¿Los entiende? ¿Se ha sentido derrotado alguna vez?

Creo que no. La arquitectura es una profesión muy variada. Dispone de abundante espacio para todo el mundo.

Fundación Louis Vuitton
Fundación Louis Vuitton

Eso me devuelve a una conversación que tuvimos hace veinte años, con el Guggenheim aún en construcción. Usted mencionó con énfasis la palabra «democracia», la importancia de afirmar la presencia de diferentes expresiones y visiones de la arquitectura.

Por eso sigo sosteniendo la idea de que un edificio no puede complacer a todo el mundo. Cada uno de nosotros posee un talento específico, hay muchas formas de llenar el vacío. Este mundo es diverso.

La construcción de su proyecto para otro Guggenheim, ahora en Abu Dhabi, está en suspenso. ¿Hay alguna novedad?

Me impliqué en ese proyecto porque Thomas Krens merece todo mi respeto y porque iba a ser un museo que albergara arte de todo el mundo. Fue un proyecto que se realizó coincidiendo con la eclosión de nuevos mercados en Oriente Medio, en China… Krens supo ver esto desde muy pronto y yo me convertí en parte de ello. Disfrutaba asistiendo a las reuniones en las que los comisarios hablaban sobre arte. Sin embargo, observé que no se dirigían la palabra una vez fuera; así que era fácil suponer que, con el tiempo, aquello fracasaría. Para mí es una verdadera lástima que no se haya materializado. Tras esto, conocí a Daniel Barenboim y Edward Said, fundadores de la West-Eastern Divan Orchestra, y me ofrecí a diseñarles una sala para la sede de su fundación en Berlín: la Pierre Boulez Saal. Es un lugar en el que músicos de diferentes culturas interpretan juntos. Así que, aunque el museo de Abu Dhabi no ha podido salir delante, este proyecto me ha permitido contribuir a la tarea de unir culturas.

Hizo un «cameo» en un episodio de Los Simpson. Su diseño para Springfield estaba entre el Guggenheim y el Auditorio de Los Ángeles. En dicho episodio se formula una de las críticas más sagaces al fenómeno de la arquitectura icónica. ¿Intervino en él consciente de su sátira?

Yo no vi crítica alguna. Para mí sólo es un dibujo animado. Coincidí con Matt Groening en una conferencia y me propuso participar en un episodio de la serie. No me pareció que fuera a plantear ningún posicionamiento político y no lo vi tampoco como una forma de autopromoción, sólo como algo divertido. Sinceramente, para mí fue algo divertido, en absoluto incómodo. Además, ¡ninguno de mis edificios ha acabado convertido en una cárcel!