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Francisco y Benedicto XVI, dos modelos para una Iglesia

Dos obras sobre Benedicto XVI y el papa Francisco demuestran que no podemos caer en la caricatura para caracterizarlos, algo común entre afines y detractores

El papa Francisco se cambia de solideo tras la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro en Roma
El papa Francisco se cambia de solideo tras la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro en Roma - EFE

«Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino». Estas fueron las palabras de Benedicto XVI en el consistorio celebrado para la canonización de los mártires de Otranto en febrero de 2013. El papa había anunciado su renuncia por sorpresa. La decisión pasmó a propios y extraños, aunque los rumores ya habían señalado tres años antes que Benedicto XVI se estaba planteando su retirada. Algunos de los más respetados vaticanistas aseguraban que Benedicto XVI consideraba que no tenía las fuerzas suficientes para controlar la oleada de escándalos y conflictos internos en la Curia, que tuvieron su cénit definitivo con el estallido de las polémicas filtraciones de «Vatileaks». La realidad que translucía esta comprometedora documentación robada era áspera e inclemente: denuncias sobre redes de corrupción, chantajes groseros y la constatación de que existía una batalla intestina en el corazón de la estructura de gobierno del Vaticano. No fueron pocos los que presentaron al papa alemán como un pastor entre peligrosos lobos.

Aquella renuncia estableció un parteaguas en la historia moderna del pontificado y de la Iglesia católica. Tanto es así que hay quien todavía no lo ha asimilado. Poco después, a mediados de marzo, el cónclave convirtió al cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio en el papa número 266º. Francisco se convertía en el primer pontífice latinoamericano y en el primer no europeo desde la elección del sirio Gregorio III en el siglo VIII. Además, sus primeras apariciones y las decisiones que tomó lo convirtieron rápidamente en una especie de cisne negro de la historia contemporánea del papado. Desde entonces los libros sobre ambos pontífices no han parado de editarse a ritmo creciente. Sin embargo, nos encontramos con una producción bastante desigual. Probablemente las dos obras más interesantes entre las aparecidas en los últimos meses son las nuevas conversaciones de Benedicto con el periodista Peter Seewald y el estudio de Emilce Cuda sobre el pensamiento de Francisco en el marco de la teología latinoamericana. Ambos libros nos ofrecen una perspectiva enriquecedora para comprender las claves de estos pontificados desde prismas diferentes, pero complementarios.

Sabio teólogo

Peter Seewald vuelve a escrutar por última vez a Benedicto XVI. El papa germano emerge en estas conversaciones como un sabio teólogo y un profesor que, durante toda su vida, ha buscado ser un «colaborador de la verdad», lo que se ha convertido en su lema episcopal. La humildad y la franqueza de sus palabras asombran porque estamos ante una auténtica confesión pública. En estas páginas, es capaz de reconocer sus virtudes, pero también sus debilidades a la hora de gobernar la Iglesia, incluso, destacando que le faltó resolución en la toma de algunas decisiones concretas. Aunque, eso sí, considera que no fracasó en su misión. Al final del diálogo, el periodista alemán le pregunta si será recordado como un conservador o como un reformador. Benedicto XVI responde que es necesario defender ambas posturas. No es extraño, por lo tanto, que John L. Allen lo identificara como el valedor de una ortodoxia positiva. Y tampoco se esconde cuando se le pide una definición de Francisco: cree que es un reformador práctico.

He aquí una perspectiva enriquecedora para comprender las claves de estos pontificados

No es exactamente éste el perfil dibujado en el trabajo de Emilce Cuda. Para la teóloga argentina, Jorge Mario Bergoglio nunca ha rehusado el conflicto en la esfera pública, pero siempre con la intención de alcanzar la unidad. Las preocupaciones teóricas de este trabajo están enmarcadas en los debates abiertos por el posfundacionalismo, especialmente en derivaciones de la corriente de Ernesto Laclau. Y esto hace que el lenguaje utilizado y las preocupaciones de Cuda no sean tan relevantes para el lector no familiarizado con la jerga típica de esta escuela analítica. Creo que es importante señalarlo, pese a que no tenemos el espacio suficiente para ahondar en las evidentes deficiencias de este tipo de enfoques. Con todo, «Para leer a Francisco» nos permite profundizar en las líneas maestras de la teología del pueblo, recorre las implicaciones pastorales y éticas de las decisiones aprobadas por el episcopado latinoamericano celebrado en Aparecida. El documento final está escrito por Francisco, el primer miembro de la Compañía de Jesús que ha llegado a ser papa.

Estas obras demuestran que no podemos caer en la caricatura para caracterizar a ambas figuras, algo muy común entre afines y detractores. Tanto Benedicto XVI como Francisco son consecuencia del Concilio Vaticano II, un profundo cambio de época en la vida eclesial. Los dos están preocupados por su recepción y por su profundización, aunque pongan el acento en cuestiones diferentes. Benedicto XVI es, sobre todo, un intelectual inquieto por la deriva del continente europeo. Por su parte, Francisco se ha encaminado más en el campo de la política lo que, por cierto, le acerca a la mediática presencia de Juan Pablo II como autoridad global político-moral.

Heridas abiertas

Una lectura atenta de estos dos libros nos permite descubrir entre líneas la guerra cultural existente dentro de la Iglesia católica. Si bien es un conflicto soterrado a menudo, suele inflamarse cada cierto tiempo. El penúltimo campo de batalla ha sido la exhortación apostólica «Amoris Laetitia sobre el amor y la familia». Muchas de las heridas abiertas durante el posconcilio aún no se han podido cerrar. El peso del pontificado no es pequeño, como lo demuestran las biografías de Benedicto XVI y Francisco. Los papas tienen la misión de mantener la comunión dentro la Iglesia, mientras se reorienta entre numerosas sacudidas externas y conflictos internos en un mundo que cambia constantemente. En ocasiones, como reconoce el propio Benedicto con sinceridad, algunos de estos problemas no se solucionan nunca del todo.

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