ARTE

La foto pensada objetivamente

Triple apuesta por la foto en Mapfre para cerrar la temporada: Los fondos de su colección para la colectiva «Retratos» y Albert Renger-Patzsch, en Madrid. Duane Michals, en Barcelona

«Cristalería [Gläser]» (1926-1927), de Albert Renger-Patzsch.
«Cristalería [Gläser]» (1926-1927), de Albert Renger-Patzsch.

Durante la presentación del último ciclo expositivo con el que Mapfre despide la temporada en Madrid, una doble propuesta fotográfica que recala en su «espacio noble» (el de Recoletos), alguno se sorprendía de que, «pese a la talla» de ambas citas, estas no estuvieran incluidas en la programación de PHotoEspaña. O «quizás precisamente por eso» están fuera, parecían responderles los responsables de la institución.

Mapfre empezó tarde a incluir fotografía en su colección. Eso tuvo lugar en 2007, complementando la ya existente y fecunda de dibujo, cuando adquirió la serie completa de las Hermanas Brown de Nicholas Nixon (un autor, por cierto, al que volveremos pronto a nombrar; sin ir más lejos, en septiembre). Sin embargo, su apuesta por la disciplina se ha hecho desde entonces de forma segura (a lo que ha ayudado, qué duda cabe, un buen colchón económico), lo que ha quedado reflejado en sus exposiciones temporales, así como en el aumento de los fondos de su propio conjunto artístico.

Una buena excusa

De esto último da buena cuenta organizando de vez en cuando muestras colectivas, como la primera de las citas que concitan ahora estas líneas. Porque Retratos es, sin vocación enciclopédica, una buena excusa para reencontrarse con un conjunto joven en edad pero sobradamente preparado, que abarca buena parte de los grandes nombres de la fotografía documental desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, el cual bebe tanto de adquisiciones como de encargos a artistas que han formado parte de sus temporales (Emmet Gowin o Jitka Hanzlová, por poner dos nombres con los que ahora volveremos a toparnos).

La veintena de artistas seleccionados se distribuyen en tres secciones que no solo denotan el «buen paladar» de la institución, sino también su deseo de que estos estén representados en la colección por mucho más que una obra. Paul Strand es cicerone de las dos primeras, las dedicadas a la calle -escenario en el que el retrato se consigue de forma furtiva (John Guttman, Helen Lewitt...), o pactada (Lisette Model)- y a las comunidades que la pueblan: las «tribus» de García-Alix; las prostitutas del Raval de Colom; los personajes de Diane Arbus; los excluidos o perseguidos de García Rodero y Fazal Sheikh...

El último apartado es una pincelada de autorretratos y del análisis de la relación retratista-retratado, lo que lleva a hablar de foto de estudio, de la influencia de la pintura (Richard Learoyd, Hanzlová), de la división -o no- entre privado y público (Anna Malagrida), del apolillado concepto de pareja como «musa» (Callahan, Gowin...), que destroza Friedlander fotografiando a las mujeres que proyecta su televisor...

Retratos es paso obligado hacia la segunda propuesta, la fantástica retrospectiva de Albert Renger-Patzsch (1897-1966), uno de los padres de la Nueva Objetividad y, junto a Moholy-Nagy, uno de los renovadores de la técnica en la Alemania de la República de Weimar.

Quizás como guiño a la cita anterior, esta antológica, comisariada por Sergio Mah (el que fuera uno de los comisarios de pasadas ediciones de PHotoEspaña), se abre con un autorretrato en el que Renger-Patzsch se muestra con su cámara de gran formato con la que dio pie a un corpus de obra numeroso que alternó con una extensa labor ensayística sobre su concepción sobre la foto: a veces utópica, única técnica capaz de hablar de tú a tú con la sociedad moderna y de establecerse, positivista, en lenguaje universal que a todos alcanza.

La cita se estructura en función de los escenarios en los que el fotógrafo desarrolló su labor (la etapa inicial junto al editor Ernst Fuhrmann; su traslado a Essen; su salto final a Wamel...). También sobre la base de su interés iniciático por los elementos de la Naturaleza, su fijación posterior por la fuerte industrialización de Alemania, para regresar a buscar patrones más o menos controlados en el paisaje. Queda clara la separación entre sus encargos y su labor más personal (aunque la línea estilística divisoria es más difusa). Y se subrayan sus grandes hitos bibliográficos: Orquídeas y Crassula; Die Halligen; El mundo es bello, que tanto le calentó la boca a Walter Benjamin; Árboles y Rocas, en el ocaso, con textos de Jünger... «El ojo es subjetivo -escribió-. Ve con placer las cosas esenciales e ignora lo que no tiene importancia. La cámara reproduce la imagen completa». Con esta mirada debemos acercarnos a su trabajo, dándole una nueva oportunidad a una retina más que anestesiada por la profusión de imágenes digitales.

En la otra punta

Doble bandazo y acabamos en la Mapfre de Barcelona ante un autor diametralmente opuesto al alemán: porque la compacta retrospectiva sobre Duane Michals (McKeesport, Pensilvania, 1932) es una oda a la subjetividad, a la imagen que no puede contar una historia por sí sola y necesita de la serialización, de la apoyatura en el texto manuscrito; una instantánea que es reflejo de lo que no se ve pero se piensa o imagina, que se refugia en los formatos íntimos... Una delicia, como lo fue la expo anterior, también fotográfica, de Peter Hujar, y que no veremos en Madrid. Eso sí que sería disfrutar de un auténtico festín -otro- de foto en la capital.

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