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El fenómeno #MeToo, analizado por siete personalidades de la cultura en España

Han aceptado la invitación de ABC Cultural para reflexionar sobre la igualdad entre hombres y mujeres, tanto en el ámbito privado como en el público

MADRIDActualizado:

Los nuevos modelos que han puesto sobre la mesa campañas como el #MeToo y la carta-réplica firmada por 100 mujeres en Francia con Catherine Deneuve a la cabeza. Siete personalidades del mundo de la cultura vienen a ABC Cultural, aunque muchas más han sido las invitadas, pero han preferido no participar (en su mayoría, hombres). El ruido que el asunto ha provocado en las redes sociales e internet no favorece un debate sosegado y genera un cierto miedo escénico. Si algo queda claro para quienes opinan a continuación es que se abre un nuevo capítulo sobre cómo van ser las relaciones de igualdad.

Julia Navarro (novelista): «Esta es una batalla que tenemos que dar junto a los hombres»

Soy feminista y lo seré mientras haya una sola mujer en el mundo que padezca una situación de desigualdad, de abusos por el hecho de ser mujer o esté sometida a un orden social que la considera un ciudadano de segunda. Después de esta declaración de principios, añado que me parece importante el paso que han dado algunas actrices de Hollywood alzando sus voces contra el abuso que muchas de ellas han padecido. Y es importante porque estas mujeres, que son referentes sociales, han denunciado lo que muchos millones de mujeres vienen sufriendo y callando tanto en el ámbito laboral como en el familiar.

Hasta el siglo XX, la Historia la han escrito los hombres, y las mujeres hemos sido una nota a pie de página. Solo teníamos noticias de reinas, diosas o santas. Las mujeres éramos solo un apéndice porque el orden social estaba regido por los hombres. Un orden que tiene su origen en el principio de los tiempos, cuando el hombre salía a cazar y la mujer se quedaba en la «cueva» porque era la garante de la continuidad de la especie. Eso fue creando unas estructuras sociales que se afianzaron situando a la mujer en un papel secundario, siempre bajo el dominio y protección del varón.

En los últimos cien años, las mujeres hemos conseguido empezar a ser no «objetos» de la Historia, sino sujetos de la misma. Hemos sido capaces de remover las estructuras sociales para hacer frente al «paternalismo» en el mejor de los casos y al machismo en el peor. Sin duda, se han dado pasos de gigante al menos en los países de Occidente aunque sigan persistiendo desigualdades. Pero las leyes no bastan por sí solas para cambiar la realidad. Y la realidad es que en nuestra sociedad aún subyace una concepción patriarcal y machista que solo será posible erradicar a través de la educación, de educar en igualdad. Muchas personas se preguntan por qué las mujeres que han sido objeto de abusos se han callado. Esa pregunta implica una acusación: la víctima no fue capaz de rebelarse.

Víctimas en silencio

La respuesta es que no es fácil sacudirse de siglos de vivir en un orden social en el que el papel de la mujer estaba subrogado al del hombre, en el que se educaba a las niñas para aceptar la supremacía masculina, para doblegarnos a la voluntad y a los deseos de ellos. Sí, claro que ha habido mujeres capaces de romper ese circulo infernal y decir «no» a ese jefe baboso que intentaba abusar de ellas, o a ese novio o marido que las maltrataba. Pero no era tan fácil por esa huella de siglos de predominio masculino. Así que muchas mujeres, ante una situación de abuso, no supieron reaccionar y se convirtieron en víctimas y sufrieron en silencio.

En los últimos años se viene dando la batalla para acabar con la violencia en el seno del hogar, y hay campañas explicando a las mujeres que deben dar un paso adelante y denunciar a sus maltratadores. Y sin embargo muchas continúan teniendo miedo a dar ese paso porque sobre ellas pesa esos siglos de educación y costumbres sociales que las dificulta denunciar al marido o a la pareja.

Y eso mismo ha sucedido y sucede en el ámbito laboral y en otros ámbitos, mujeres que han sufrido abusos y los han sufrido en silencio, callando con vergüenza. La importancia del movimiento #MeToo puede servir para que muchas mujeres se sacudan el miedo y la vergüenza y para que la sociedad comience a ser implacable con los «abusadores», con todos aquellos que se valen de su posición laboral, social, familiar.

En cuanto al manifiesto de las intelectuales francesas cuestionando el movimiento #MeToo, creo que las redactoras del escrito se han equivocado en la manera de expresar sus dudas y posición.

Nuevo puritanismo

No se trata de que la denuncia de los abusos pueda dar paso a un nuevo puritanismo. Se trata lisa y llanamente de acabar con un orden social en el que las víctimas sufrían el estigma y los abusadores se paseaban triunfantes. Hay muchas maneras de entender el feminismo pero todas deberían tener un denominador común: se trata de luchar por la libertad y la dignidad de las mujeres.

¡Ah, y eso sí! Esa es una batalla que tenemos que dar junto a los hombres, a tantos y tantos hombres a los que les repugna el machismo tanto como a nosotras porque se trata de una batalla que tiene que ver, insisto, con la libertad, la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos.

Gabriel Albiac (filósofo y escritor): «No existe femenino que no sea masculino. Y a la inversa»

Lo igual se dice necesariamente de lo distinto. El axioma se lo debemos a Platón. Hablar es agrupar, bajo modelos de formalización únicos, realidades que son siempre múltiples: si podemos llamar a un vaso «vaso» es precisamente porque cada vaso es diferente. Y porque sin esa reducción formal a un paradigma -el vaso- no existiría posibilidad de hablar.

«Humano» dice la igualdad que permite diferenciar a cada uno de los individuos que designa. Decir que los animales humanos son iguales es decir que cada uno de ellos es distinto. Una de sus primeras «distinciones» es la que con todos los mamíferos comparte: la distinción genital. Pero, a diferencia del resto de esos mamíferos, el animal humano, al hablar, construye universos simbólicos. En ese ámbito de lo simbólico nace lo sexual. Los humanos son animales sexuados, no por tener funciones genitales, sino por simbolizarlas. Como en todo lo humano, la diferencia genital sólo construye subjetividad al ser relatada. Lo genital es biología. Lo sexual, en tanto que simbólico, es campo semántico, clasificación, jerarquía. La palabra no abole la constricción biológica. Pero la organiza, la formaliza y la inviste mitológicamente en lo institucional. Al final, la distinción entre naturaleza y artificio -entre genitalidad y sexualidad- queda en los humanos desdibujada. Pero es necesario decirla.

Cuando en su seminario de 1973, Encore, Jacques Lacan interpelaba a sus alumnos -que eran muy mayoritariamente alumnas- acerca del misterio que late en la pregunta «¿qué es una mujer?», ningún asistente -ninguna- se tomaba a broma la pregunta. Si no es la genitalidad la que simboliza, ¿qué es lo que define sexualmente a mujeres y hombres? No hay respuesta fácil. Aunque todo debería llevarnos -lleva a Lacan- a pensar que son tan sólo usos determinados de lenguaje.

Era muy liberador el planteamiento. Significaba que la diferencia sexual no constituía una barrera física, sino un relato. Y, entre otras cosas, que una agresión sexual no es otra cosa que la máscara de un ejercicio abusivo de poder. Agresión sexual es uso despótico de posición de mando: masculino, femenino o ambos. El poder no es genitalmente diferenciable. Sí, sexualmente: esto es, en el lenguaje. El poder es difuso y atraviesa todas las máscaras y todas las investiduras: simbólicas como corpóreas. O sea, que lo distinto se dice necesariamente de lo igual. Y no existe femenino que no sea masculino. Y a la inversa.

Carlota Ferrer (directora teatral): «El feminismo no es un asunto de odio ni de puritanismo»

El silencio nos hace cómplices de cualquier barbarie, y es el arma más eficaz para que las injusticias sigan existiendo. Este ruido furioso de los diferentes movimientos parte de la misma necesidad: la de reparar la desigualdad entre hombres y mujeres que nos araña desde hace siglos. Hemos de borrar esas huellas y construir un futuro mejor para los que nos sucederán.

Vivimos en una época donde predomina la posverdad en las redes y la prensa con periodistas avocados a matar por un click, donde se abren caminos inciertos de falsas apariencias, linchamientos masivos y desproporcionados, cortinas de humo sin consecuencias realmente tangibles.

Debemos ir a la raíz. Las mujeres no somos inferiores a los hombres intelectualmente, relegándonos a la dicotomía puta o víctima. No creo que debamos centrar el problema de la desigualdad únicamente en las agresiones sexuales. A mí me han enseñado o restregado el pene en lugares públicos y, efectivamente, no tengo ningún trauma; me sigue gustando el sexo igual que antes. Pero convivimos con el miedo a diario desde pequeñas, si no somos víctimas entonces estamos obligadas a ser heroínas. El feminismo no es un asunto de odio hacia el hombre ni de puritanismo. Se trata de luchar contra una injusticia normalizada, y todas/os somos responsables.

Tomar medidas

Hay que tomar medidas drásticas. No se trata de buscar un estado paternalista, sino de que se regule la igualdad en la educación, en el campo laboral, de sueldo, en las responsabilidades familiares, en las actividades políticas, artísticas, científicas y empresariales.

Dato: En ningún país del mundo se ha conseguido hasta la fecha igual salario por igual trabajo.

Si no eres feminista eres machista, y punto.

Laura Freixas (escritora): «Intentemos ir más allá de la queja. Formulemos propuestas positivas»

Uno de los motivos por los que tan pocas mujeres han conseguido ser escritoras, científicas, empresarias… es que les ha ocurrido lo que denuncia el movimiento #MeToo. Pues desde tiempos inmemoriales, los hombres se alían entre sí, y en esas alianzas de toda laya: ejércitos, academias... las mujeres no son bienvenidas. Tratarlas como seres sexuados, objetos de deseo, antes que como interlocutoras, colegas, discípulas… ha sido una forma de expulsarlas del grupo. Terminaban yéndose a su casa... o a la de alguno de los hombres, en calidad de esposa o amante. Y así se restablecía, se restablece -porque eso sigue pasando- la norma no escrita por la cual grupos de hombres ocupan el centro de la vida pública, mientras que las mujeres, aisladas en sus vidas privadas, satélites de los varones, nunca unen sus fuerzas. Salvo en el feminismo, del que #MeToo es una manifestación entre las muchas que afortunadamente están surgiendo, o resurgiendo, en los últimos tiempos. Por cierto, que hubiera una réplica y que la firmaran mujeres era totalmente previsible. Todo sistema de dominación encuentra aliados entre los oprimidos; situarse del lado del poder tiene muchas ventajas.

Que se denuncie el acoso sexual es un paso de gigante en el camino hacia la igualdad, y, en este sentido, creo que podemos estar muy satisfechas. Solo querría añadir dos cosas. Una: no bajemos la guardia; la desigualdad vuelve una y otra vez bajo nuevas formas, aparentemente modernas y hasta transgresoras, como las propuestas de legalizar el «trabajo sexual» o el alquiler de vientres. Dos: en esta batalla y en las muchas que vienen (igualdad salarial, corresponsabilidad familiar…), intentemos ir más allá de la queja y la protesta. Formulemos propuestas positivas, como hacemos en Clásicas y Modernas con las «temporadas de igualdad» en el teatro, los ciclos de conferencias «Ni ellas musas, ni ellos genios» o el Día de las Escritoras.

Pilar Adón (novelista, poeta y traductora): «Es importante mostrar lo que sucede, hacerlo público»

Cuando me preguntan si hay una perspectiva de género en lo que escribo y por qué casi todos mis personajes son mujeres, la respuesta me parece evidente: escribo desde mi realidad, y esa realidad no puede ser la misma para un hombre y para una mujer. La sensación de injusticia, de desigualdad, incluso de peligro, y la consiguiente rebeldía, nos llevan a una percepción diferente de lo que sucede, incluso de las oportunidades. En la adolescencia, los chicos no han tenido miedo a regresar a casa por la noche y sufrir una agresión sexual. Los chicos de mi generación no tenían que arañar horas para leer después de haber recogido la mesa, fregado los platos, ordenado la cocina. No tuvieron que soportar los toqueteos en los vagones atestados del metro de camino a la universidad. Estas diferencias hacen que en todas nosotras surgiera un afán irrenunciable por la igualdad alimentado por la sensación de una injusticia difícil de digerir, que desembocó en una rebeldía que nos ha mantenido en alerta, nos ha hecho crecer, querer saber más, siempre con la certeza de que todo nos iba a costar el doble.

Cuando pienso en ese deseable estado de igualdad, pienso en un momento en el que no sea necesario ningún comentario más, ninguna reflexión más. Y en ese proceso hacia la igualdad habrá muchas teorías enfrentadas, avances y retrocesos, ya que se está hablando del enfrentamiento contra una tendencia estructurada y muy prolongada en el tiempo de pensamiento machista. Nosotras mismas nos encontraremos en disyuntivas frecuentes ante determinados planteamientos, y podremos pasar de la ira cuando se produce un asesinato o una violación a una comprensión distinta cuando pensamos que los compañeros de muchas de nosotras son hombres y es con ellos con quienes queremos compartir nuestra vida. Pero hay unas pautas que no deberían olvidarse y que hablan de igualdad, de respeto, de no agresión, de no abuso.

No importunar

Es importante mostrar lo que sucede, hacerlo público. Exteriorizar el daño y hacer que se comprenda que una actuación social no es buena ni defendible sólo porque se haya mantenido durante años. No podemos volver al silencio, por muy difícil que sea hablar. Anécdotas que las mujeres jamás habríamos sacado en una conversación normal, ahora surgen y se comparten. Hasta el momento, el silencio había sido cómplice de los abusos, pero ese silencio se ha terminado.

En cuanto a la carta publicada en Le Monde, no entiendo que a alguien le pueda gustar que se le importune. A mí no me gusta importunar. No puedo entender que alguien desee hacerlo. Tampoco en- tiendo que alguien se pueda erigir en abanderado de la libertad sexual dando por hecho que los demás no están a favor. Lo que se está denunciando es el acoso, la agresión y el abuso de poder. La libertad sexual va por otra vía y nadie la está cuestionando. Es mejor no mezclar para evitar dispersiones y malentendidos.

Elena Medel (poeta y editora): «En el feminismo no cabe el clasismo ni la falta de solidaridad»

En los 70, el Mouvement de Libération des Femmes acuñó el lema «liberté, diversité, sororité». La connotación masculina de «fraternidad» abría paso a la sororidad, sabedoras de que la igualdad de género se lograría gracias a las concepciones distintas del feminismo. Esta máxima alude a dos de los rasgos que aglutinan a las muchas maneras de entender el movimiento: su carácter plural y la necesidad de la hermandad entre las mujeres, más allá de diferencias de pensamiento. Nuestras circunstancias definen el lugar que ocupamos. Mi situación no coincidirá con la de una mujer nacida 20 o 30 años antes que yo, y las luchas de las feministas árabes avanzarán hacia metas nada próximas a las de las europeas o latinoamericanas, pero ninguna reivindicación es más o menos justa o legítima que otra.

Contra #MeToo, el movimiento que visibiliza el acoso sexual, se ha difundido un manifiesto firmado por intelectuales francesas. La distancia entre ambas iniciativas la establece la conciencia del privilegio, y la comodidad que este les garantiza: el texto no contradice las certezas de #MeToo, sino que las subraya de forma involuntaria, y confunde reivindicaciones feministas con imposiciones. Qué injusto concluir que la defensa de la libertad sexual de unas mujeres -las que reclaman decidir con quién se acuestan, y cuándo sin que afecte a su trabajo o destruya su carrera- coarta la de otras, o frivolizar con la condición de «víctima» cuando muchas mujeres sufren cada día la violencia machista.

#MeToo ha posibilitado un interesante efecto de arrastre: el «ruido» de los casos mediáticos ayuda a que muchas mujeres reconozcan que viven situaciones similares, y reaccionen contra ellas. El manifiesto francés no afecta a quienes disponen de medios para hacerse oír y denunciar, sino a las mujeres que carecen de estos recursos. El feminismo se tambalea cuando se construye desde el privilegio: no puede obviar -insiste Angela Davis- a quienes padecen otras discriminaciones, sino que debe proteger y cuidar. En el feminismo caben muchas actitudes, pero nunca el clasismo y la falta de solidaridad. Remedando al MLF: libertad de opinión, diversidad de opinión, pero también sonoridad al opinar.

Borja Semper (político y poeta): «En el análisis racional y sosegado está la clave para avanzar»

A raíz de la denuncia de las actrices de Hollywood se ha contribuido a visibilizar un drama que trasciende a la industria del cine, a encender un debate público. El mundo ha cambiado para bien en pocas décadas y con la ley, con presión social y con educación, vamos borrando comportamientos discriminatorios, abusivos o directamente ilegales hacia la mujer. Los avances son reales y tangibles, pero aún nos enfrentamos al hecho de que muchos hombres muy pequeños y sin escrúpulos están dispuestos a doblegar la voluntad o integridad de una mujer aprovechando una situación de poder, y que, ante este hecho, demasiados aún miran para otro lado o le restan importancia y relativizan como si fuese natural.

Creo que en el análisis racional y sosegado está la clave para avanzar, que de la misma manera que no podemos relativizar esos abusos, no podemos tampoco errar en la denuncia: no se trata de coartar libertades ni de diseñar como en un laboratorio cómo debe relacionarse un hombre con una mujer. Se trata más bien, a mi juicio, de ensanchar la libertad siendo implacable con quienes la amenazan o violan. Siempre ha habido hombres buenos, la mayoría, que no han necesitado de leyes ni presión social para actuar con respeto e igualdad hacia las personas que les rodean, y de entre ellas, a las mujeres. Conviene tener esto presente porque en la denuncia de abusos y en el avance hacia la igualdad real de la mujer, los hombres son cómplices, no acusados.

Por cierto, es en la educación de quienes hoy son niños y mañana serán adultos donde deberíamos hacer una descarada y decidida apología de la libertad, o lo que es lo mismo para este caso, de la igualdad de hombres y mujeres.