Tiziano fue el pintor preferido del monarca. En la imagen, detalle de una de las versiones más sobrias que pintara el maestro veneciano que se encuentra en el Museo del Prado
Tiziano fue el pintor preferido del monarca. En la imagen, detalle de una de las versiones más sobrias que pintara el maestro veneciano que se encuentra en el Museo del Prado
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Felipe II, el rey que esperaba un milagro

En la construcción de la Historia imperial de España, la figura de Felipe II siempre ha proyectado más sombras que luces. No obstante, los nuevos estudios sobre su tiempo y su obra dibujan un retrato más preciso del soberano

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En opinión de numerosos testigos, Felipe II dejó la monarquía mucho más débil de como la encontró. En su argumentario ofrecían dos explicaciones distintas:

Una herencia complicada. La monarquía había adquirido un tamaño mayor de lo conveniente e imposible de defender. Los errores fundamentales fueron, pues, estructurales, y ni Felipe ni ningún otro gobernante podría haber mantenido la unidad de su legado.

Un rey problemático. El problema no fue que a Felipe le faltasen los recursos, sino que los usó ineficazmente. Un monarca con mejores dotes políticas podría haber salido bien parado allí donde él fracasó.

A simple vista, la primera explicación parece más verosímil, según el aforismo de la época, «Bella gerant alii. Tu, felix Austria, nube». («Otros hacen la guerra. Vosotros, felices Austrias, contraéis matrimonio»). Con el tiempo, la estrategia del «imperialismo matrimonial» practicada por la dinastía creó una estructura insostenible. La unión por vía nupcial de Borgoña, Castilla y Aragón puso la mitad de Europa y gran parte de América central y meridional en manos de Felipe, y quizá fuese poco realista esperar que un solo monarca pudiese gobernar con eficacia todos esos territorios.

No todo el mundo compartía esta opinión. Tras enterarse de la suerte de la Armada Invencible en 1588, el jesuita Pedro de Ribadeneira se preguntaba por qué «tanta y tan gruessa hacienda como tiene Su Magestad luzga tan poco y se hunda». El orgullo desempeñó un papel: a ningún dirigente político le gusta admitir la derrota, y cuantos más recursos se invierten en un empeño, más difícil resulta abandonarlo. Como señaló Felipe en 1575: «Yo no dudo de que, si uviese de durar el gasto de allí [en los Países Bajos] como agora va, no se podría llevar adelante; pero es gran lástima que, aviéndose gastado tanto, y ofreciéndose ocasiones que con poco más podría ser remediarse todo, les ayamos de perder».

Poniendo a prueba

Sin embargo, en esa perseverancia ciega había algo más que orgullo. La devoción inquebrantable del monarca lo llevó una y otra vez a considerar los fracasos y las derrotas señales de que Dios lo estaba poniendo a prueba. El rey estaba seguro de que, si persistía, un milagro salvaría la distancia que mediaba entre su interpretación de los designios divinos y los recursos a disposición para cumplirlos. A consecuencia de esa capacidad de sacar fuerza de sus fracasos, solía caer una y otra vez en los mismos errores.

Ahora bien, a pesar de los problemas estructurales y de su fe ciega, Felipe estuvo a punto de salir victorioso en sus principales empresas. Con que la historia hubiese dado un mínimo giro, el balance de su reino podría haber sido muy diferente. Por ejemplo: si María Tudor hubiese muerto en 1585 con 69 años, como su hermana, en vez de en 1558 con 42, Inglaterra seguramente habría permanecido fiel tanto a la fe católica como a la dinastía Habsburgo.

Cabeza de puente

Si, en 1588, Felipe hubiese adoptado una estrategia para la conquista de Inglaterra que no hubiera requerido que la Armada procedente de España se reuniese con una flota en los Países Bajos antes de la invasión, podría haberse asegurado una cabeza de puente en el sur de Inglaterra y obligado a Isabel a abandonar Holanda, lo cual habría permitido al monarca español someter todo el territorio de los Países Bajos.

Pero ni siquiera esos acontecimientos podían cambiar el hecho de que el «imperialismo matrimonial» que dio como fruto su vasta herencia también resultase en un acervo génico disminuido que afectó a la capacidad de sus gobernantes de engendrar sucesores competentes, en particular en los casos de Don Carlos y de Carlos II, cuyo patrimonio genético era tan limitado como el de los descendientes de hermanos. El primer imperio global de la historia contenía en su seno la semilla de su destrucción.