William Faulkner
William Faulkner
LOS LIBROS DE MI VIDA

Faulkner, entre el olvido y las trampas de la memoria

«¡Absalón, Absalón!» es la obra maestra de William Faulkner, en la que narró la autodestrucción de una saga familiar en el sur de EE.UU.

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Escribía Antonio Muñoz Molina que se imaginaba a un William Faulkner exhausto y feliz, mareado por el tabaco y el alcohol, el día que acabó ¡Absalón, Absalón!, considerada por muchos como su obra maestra. Tenía 39 años y vivía en el pequeño pueblo de Oxford, junto a su esposa Estelle. Atrás quedaba una juventud azarosa, en la que el escritor sureño había sido pintor de brocha gorda, cartero, piloto de guerra y periodista. La novela fue publicada en 1936 en la época de mayor intensidad creativa de Faulkner, que ya era un autor respetado gracias a otros tres trabajos que forman parte de su inmenso legado literario: El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930) y Luz de agosto (1932).

Faulkner fue muchas cosas en su vida, entre otras, un personaje literario con su pipa y su cojera impostada, pero sobre todo fue el inventor de una nueva forma de escribir en la que se superponen monólogos, disgresiones y saltos temporales con las voces de los personajes. Nunca cuenta una historia lineal. Lleva al lector por los meandros de una narración que sólo adquiere sentido al concluir la última página, en la que aquello que parecía arbitrario y caprichoso se revela necesario. Por eso, las novelas de Faulkner tienen que ser leídas al menos dos veces.

¡Absalón, Absalón! es la historia de la saga de los Sutpen, fundada por un hombre ambicioso y sin escrúpulos que roba a la tierra a sus legítimos propietarios para construir una hacienda con su apellido. Thomas Sutpen, coronel del Ejército sudista, seduce a Elena Coldfield, bella aristócrata sureña, con la que tiene dos hijos legítimos: Henry y Judith. La guerra arruina las plantaciones, los esclavos se emancipan y Sutpen acaba sus días en la miseria mientras mueren su esposa y sus herederos y desaparece todo su legado.

Es una trama en la que se combinan la ambición, la traición, la pasión y el incesto en las imaginarias tierras del condado de Yoknapatawpha, en el que la población de raza negra supera al número de blancos. El coronel y fundador de la estirpe, nacido en una miserable choza, convive, trabaja, tiene hijos y pelea con los esclavos, poniendo de relieve una naturaleza salvaje e indómita que acaba por labrar su caída.

Faulkner se sirve de cuatro personajes para contar la historia del ascenso y decadencia de los Sutpen. Son Rosa, hermana de Elena, su vecino Quentin Compson, el padre de éste y su amigo Shreve. La narración va avanzando y retrocediendo a través de los recuerdos y comentarios de estas cuatro voces, cuyos puntos de vista sirven para reconstruir un pasado en el que nada es lo que parece. La novela arranca con un soberbio flash back, muy cinematográfico, en el que la anciana Rosa Coldfield recibe a Quentin en la penumbra de una habitación cerrada en una calurosa tarde de agosto. Ambos rememoran tiempos lejanos mientras los gorriones juegan entre las glicinas que suben por los muros de la mansión.

Faulkner se inspiró en una cita bíblica para titular su obra. En concreto, es un pasaje del libro de Samuel en el que Absalón, hijo del rey David, ordena matar a su hermano Amnón por abusar de su hermanastra Tamar. Huye, pero es perdonado por su padre, que se decanta por Salomón como sucesor, excluyendo al desencantado fratricida. No hay un paralelismo claro entre esa referencia y la novela, aunque la trama se centra, como en el relato bíblico, en la tragedia de una familia cegada por las pasiones y manchada por el derramamiento de sangre.

Más allá de la fascinante historia, la obra supone una indagación sobre la naturaleza del tiempo y la imposibilidad de establecer la verdad, fragmentada por la versión de los cuatro narradores. Todos son testimonios indirectos sobre Thomas Sutpen, cuyo único rastro es el confuso recuerdo de quienes creyeron conocerle. No hay duda de que Faulkner debió pasar un calvario interior para construir este relato en el que las largas frases, las retorcidas metáforas y una sintaxis esquizofrénica constituyen una selva en la que el lector debe abrirse paso con machete y que se cierra unos momentos después, como apuntó su biógrafo David Dowling.

Muchos autores contemporáneos han seguido el camino marcado por Faulkner, cuyas huellas son visibles en García Márquez, Onetti y Borges, traductor de Las palmeras salvajes. Seguramente no ha habido en el siglo XX ningún escritor tan influyente como él. Murió de un infarto cuando tenía 64 años, dejando detrás una existencia atormentada de la que se nutrieron sus libros.