CINE

La Europa de Stefan Zweig envejece muy deprisa

«Stefan Zweig: Adiós a Europa» no se distingue por su poder creativo, sino por un convincente trabajo de recreación. Nacido en Viena en 1881, el autor de «El mundo de ayer» y «La piedad peligrosa» se suicidó en Petrópolis, Brasil, en 1942

Una escena de ¬ęStefan Zweig: Adi√≥s a Europa¬Ľ, dirigida por Maria Schrader (Hannover, Alemania, 1956). Josef Hader encarna a un autor al que se vuelve a leer con inter√©s
Una escena de ¬ęStefan Zweig: Adi√≥s a Europa¬Ľ, dirigida por Maria Schrader (Hannover, Alemania, 1956). Josef Hader encarna a un autor al que se vuelve a leer con inter√©s

«A mi alrededor, la historia íntima y la historia pública giran sin tocarse». No soy yo quien dice esto, aunque lo suscriba, sino Edgardo Cozarinsky. En su película «La guerre d’un seul homme» (1981) plantea dos escrituras en paralelo: los noticiarios franceses durante la ocupación alemana de París y el diario que Ernst Jünger escribió allí en las mismas fechas. Dos formas de documentar la realidad, en ambos casos de manera caprichosa, como si todo cuanto creemos saber sobre aquella época -miedo, persecuciones y asesinatos nocturnos, colaboracionismo, antisemitismo y cosmopolitismo- no importase. Las imágenes describen desfiles donde la elegancia de los uniformes atrae más atención que una joyería, a oficiales nazis fotografiando con turístico asombro los monumentos y las ocurrencias de la vida diaria vistas desde un café; y las palabras en «voice over» dan cuenta de jardines laberínticos y fabulosos encuentros con famosos (Picasso, Cocteau, Gide...), ofreciendo a la literatura un tratado de paz para no tener que abordar «los desastres de la guerra». Uno podría pensar que Cozarinsky quiere ser irónico, a la manera de Martín Patino en «Canciones para después de una guerra» (1976), dejando que imágenes y palabras se contradigan o vayan por caminos divergentes; sin embargo, lo que pretende es poner de relieve hasta qué punto cuando el cine o la literatura intentan mostrar la realidad lo hacen enmascarándola, racionalizándola, domesticándola. Haciéndola más digerible. Su película recuerda que toda verdad es una verdad a medias.

Pensaba en lo anterior mientras le daba vueltas a «Stefan Zweig: Adiós a Europa» (2016, Maria Schrader), una película sobre los últimos años de la vida de un escritor a quien sorprendió muy pronto el éxito y pudo cruzar fronteras sin pasaporte, mantener amistad con escritores de más talento y hablar de la realidad desde sus periferias, en novelas, ensayos o biografías donde incluso la sangre -que jamás le salpicaba directamente- era parte de la belleza creativa. Un hombre capaz de trazar los «momentos estelares de la humanidad» sin encontrar obstáculos para seguir creyendo en el ser humano, a pesar de cualquier drama. Cuando lo vemos en la pantalla por primera vez, durante una recepción celebrada en su honor en Río de Janeiro en 1936, no es la persona a quien esperábamos encontrar: tiene una edad provecta, se ha convertido en un exiliado y sus libros son ya menos importantes que sus declaraciones sobre el avance del fascismo. Los oropeles y la bienvenida no atenúan la melancolía de Zweig (Josef Hader), seguramente perdido en las ensoñaciones que luego contó en «El mundo de ayer: Memorias de un europeo», consciente de haber perdido algo que quizás nunca tuvo.

Es en la paradoja donde reside la fortaleza del filme, su capacidad para acentuar el drama

Resulta extraño que una película sobre un escritor, sobre Europa y sobre el delirio de Hitler no muestre al personaje principal en pleno proceso creativo, que tenga lugar en América y no caiga en la tentación de mostrar el horror nazi durante la II Guerra Mundial. También resulta extraño que elija como protagonista a alguien incapaz de tomar postura en un conflicto. Pero es en esas paradojas donde reside su fortaleza, su capacidad para acentuar el drama de un hombre determinado a no obedecer a la lógica de las consignas antifascistas en un congreso celebrado en Argentina, sin dejar por ello de ayudar luego con dinero e influencias incluso a quienes en el pasado cuestionaron su valía. Zweig parece negar la Historia con mayúscula porque confía en las historias, porque es incapaz de aceptar la debacle idealista ante el avance del pragmatismo bélico, por eso busca esperanza en el país donde se exilia, que describió en uno de sus últimos libros como el lugar del triunfo de lo que Europa estaba convirtiendo en su fracaso: la integración de culturas, religiones y razas.

Un callejón sin salida

Al igual que unas cuantas películas recientes, «»Stefan Zweig: Adiós a Europa no se distingue por su poder creativo, sino por su convincente trabajo de recreación, reacia a participar en el festín de imágenes recuperadas, inventadas o tergiversadas de cierto cine contemporáneo, menos interesado en visualizar que en decir. No pretende mostrar lo último ni la postverdad, conforme con conducir a los espectadores al final de un callejón sin salida, adonde llegó Zweig en vida y donde acaba la película, quizás para recordarnos que las dimensiones de nuestros dramas se convierten en los chistes a costa de los cuales lo inevitable se hace digerible. En el filme hay un momento en que la esposa (Barbara Sukowa) y la amante (Aenne Schwarz) del protagonista se conocen en Nueva York, tratándose una a otra como «señora Zweig», en un juego de espejos donde la ironía relativiza el posible dolor del encuentro, aunque no atenúe las diferencias de clase y edad que las separan cuando el protagonista consulta con su mujer cómo debe actuar con respecto a quienes le piden ayuda para huir de Alemania y mantiene a su amante fuera de la conversación.

Si en esta película la verdad cobra forma entre las imágenes de su recreación, en la realidad parece que muy pronto sólo encontraremos argumentos convincentes más allá de lo que se nos muestre, en un territorio entre lo que vemos y lo que pensamos, donde -por desgracia- ya rara vez somos capaces de comunicarnos aunque siempre creamos estar en posesión de la «verdad» y no de una verdad a medias.

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