Philip K. Dick (derecha) junto a Ridley Scott en una imagen de 1982, poco antes de la muerte del escritor
Philip K. Dick (derecha) junto a Ridley Scott en una imagen de 1982, poco antes de la muerte del escritor
LIBROS

¿Está usted seguro de que es humano?

En vísperas del estreno de la secuela de «Blade Runner» se reedita «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», la novela de Philip K. Dick que inspiró el filme de Ridley Scott

Actualizado:

Rick Deckard, el cazarrecompensas dedicado a «retirar» androides rebeldes, discute con su mujer de buena mañana acerca del climatizador del ánimo que ella ha programado para sufrir «un episodio depresivo de autorreproches de seis horas de duración». Rick, escandalizado, le sugiere marcar otra combinación que le despierte el deseo de ver un talk show de humor en la tele. Así se quedará tranquila mientras él sube a la azotea a ver cómo está su mascota, una oveja sintética, antes de coger su vehículo flotante para ir a la oficina. Este es el arranque de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela del estadounidense Philip K. Dick (1928-1982) que inspiróBlade Runner, la obra maestra de Ridley Scott.

En un par de semanas se estrena su secuela, Blade Runner 2049, producida por el propio Scott y dirigida por Denis Villeneuve. Minotauro ha aprovechado la percha para lanzar una edición limitada y numerada del libro de Dick, con prólogo de Nacho Vigalondo. Una pieza de coleccionista para los fanáticos de la ciencia ficción, una novela que es mucho más que el embrión de la película claustrofóbica y posapocalíptica de Scott, húmeda de lluvia ácida y con planos y frases que forman parte de la historia del cine. En el relato de Dick están Deckard, los Nexus-6, corporaciones de dudosa reputación, tipos con taras que viven en edificios de apartamentos vacíos, el sórdido capitán Bryant y hasta el búho artificial, y se habla sobre el sentido de la vida humana (y androide), pero ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? tiene vida propia al margen de Blade Runner, no sólo por las notables diferencias en la trama, sino por su complejidad. El lector lo intuye desde el inicio.

«Estoy seguro de que no me creen», aseguró Philip K. Dick durante una conferencia en la convención de ciencia ficción de Metz, Francia, en septiembre de 1977. El título era: «Si creen que este mundo es malo, deberían ver alguno de los otros». «Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta». El público, que esperaba al Dick paranoico, apóstol del LSD y gurú de la contracultura, enmudeció cuando el escritor reconoció haber sido «una variable reprogramada en uno de esos insidiosos cambios de realidad que conforman la trama del Universo», y que había entrado directamente en contacto con el Programador. Es decir, con Dios. Dick se consideraba «un peón de Dios».

Biblia psicodélica

Las obras de este visionario que dudó de la realidad fueron la «biblia psicodélica» de toda una generación. No están habitadas por héroes galácticos ni describen espectaculares escenas de acción -no las busquen en ¿Sueñan los androides...?- sino por individuos corrientes que descubren que sus familiares y amigos, o incluso ellos mismos, son alienígenas, robots o espías sometidos a lavados de cerebro.

Mientras seguimos las andanzas de Deckard, Roy Baty, Rachael, Pris y J. R. Isidore (el J. F. Sebastian de la película) en un San Francisco asfixiado por el polvo radiactivo (el filme transcurre en Los Ángeles), Dick nos agobia con preguntas: ¿Qué es lo real? ¿Cuál es mi lugar en esa realidad? ¿Qué es lo que me hace humano? ¿La empatía, los sueños, el miedo a la muerte? La delgada línea entre lo natural y lo artificial, el anhelo por escapar de una Tierra desolada, la posesión de animales vivos -no eléctricos- para alcanzar el prestigio social, el sentimiento de culpa del cazador por la muerte de androides de maravillosas dotes «que tienen más deseos de vivir que mi esposa» (dice Deckard)... dan cuerpo a una novela inquietante, refractaria a la indiferencia.

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es, también, una buena excusa para que los neófitos exploren la escritura de Dick. Por ejemplo, El hombre en el castillo, su mejor obra, una ucronía que se sitúa en Estados Unidos quince años después de que las fuerzas del Eje derrotaran a los aliados en la Segunda Guerra Mundial. O sus Cuentos completos. Tras estas lecturas, tal vez algunos tengan la tentación de mirarse al espejo y preguntarse acerca de su humanidad. ¿Estaríamos dispuestos a que nos aplicaran el test Voigt-Kampff para descartar si somos androides? En cualquier caso, «este ensayo terminará, la representación también, los cantantes morirán (...) y el polvo habrá vencido, si no es en este planeta en otro cualquiera. Sólo podemos escapar por un rato».