Juan Valera viajó a Rusia en el siglo XIX
Juan Valera viajó a Rusia en el siglo XIX
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«El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS», entre la pasión y el desencanto

La rusofilia española ha tenido una larga tradición en los siglos XIX y XX. Andreu Navarra le sigue la pista

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Rusia y su transmutación en la Unión Soviética siempre han ejercido una fascinación singular para los viajeros occidentales, unánimes al calificarla de enigmática, pero indecisos sobre si considerarla asiática o europea, bárbara o redentora. Muchos españoles de tonos diversos del espectro ideológico no han sido inmunes a este virus, perceptible ya en el siglo XIX y epidémico tras la Revolución Bolchevique de 1917, loada y denigrada con idéntica pasión.

El ensayista e historiador Andreu Navarra ha recogido los más significativos ejemplos de esta fiebre viajera en un volumen que busca ser de referencia y que, pese a su vocación sintética, resulta a veces excesivo. No se circunscribe a la época soviética, ya que una parte considerable se dedica a las andanzas por el Imperio ruso durante el siglo XIX de Juan Van Halen, primer español en pisar el Cáucaso; Agustín de Betancourt, responsable de grandes obras públicas del reinado de Alejandro I; Juan Valera (autor de las impagables «Cartas desde Rusia») o, ya en los albores del XX, Luis Morote, autor de «Rebaño de almas», donde denunciaba «no solo el yugo de la autocracia zarista, sino también el peso esclavizador de la teocracia».

Nombres notables

El autor pretende ofrecer una visión de conjunto que atienda «no tanto a la lista de viajeros como a la naturaleza y contenido de los libros que escribieron, más atención a los textos que al inventario del nombres». No siempre lo consigue, porque los nombres notables son legión: Pla, Chaves Nogales, Pasionaria, Carrillo, Ridruejo, Muñoz Grandes, Sender, Pestaña, Nin, Fernando de los Ríos, García Berlanga, Vázquez Montalbán…

Lo que Giménez Caballero calificó de «romerías a Rusia» fue una fiebre viajera que se desató sobre todo en los años veinte y treinta, una época turbulenta en la que la izquierda buscaba en la URSS ideas para la transformación radical de la sociedad, el republicanismo liberal y democrático intentaba separar el grano de la paja, y la derecha, moderada o extrema, solo pretendía denunciar la brutalidad del país de los sóviets.

El ensayo incluye autores tan poco sospechosos de simpatizar con Stalin comopío baroja

La rusofilia y los viajes al mayor experimento político del siglo XX llegaron a su cénit con la creación, en 1933, de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, entre cuyos fundadores había personalidades tan poco sospechosas de simpatizar con Stalin como Pío Baroja, Jacinto Benavente o Gregorio Marañón. La paradoja, según el autor, se reflejaba en que, a veces, antes de 1936, el viaje «entusiasmaba a escritores de derechas, mientras que anarquistas y socialistas se horrorizaban de lo que presenciaban».

En tierra extraña

En esos años críticos para España y el mundo -antes, durante y después de la Guerra Civil- la Unión Soviética fue la meta del peregrinaje al paraíso socialista de dirigentes de la izquierda que, primero, buscaban inspiración ideológica, luego apoyo militar y político y, por fin, tras la derrota, un refugio de la persecución franquista y nazi.

Navarra se ocupa, por supuesto, del destino en Moscú de la dirigencia del partido comunista, de sus intrigas y luchas intestinas, del férreo control de la colonia española, de la ruptura en corrientes que reproducían las de una URSS en pleno despropósito estalinista, de las purgas y disidencias. Y no se olvida de quienes, por formar parte del bando perdedor, el republicano, pero sin comulgar por ello con la doctrina comunista, se encontraron en la posguerra castigados por el rumbo de la Historia y atrapados en una tierra extraña.