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España, compañero (I) Juan Manuel de Prada

Comenzamos una glosa de la vida del periodista y escritor Víctor de la Serna, que continuará en septiembre

Víctor de la Serna (segundo por la izquierda) con el jurado que le otorgó el premio Cavia
Víctor de la Serna (segundo por la izquierda) con el jurado que le otorgó el premio Cavia

Lo habían nacido en Valparaíso (Chile), donde su familia paterna tenía una herencia virreinal, con rebaños de vicuñas y relinchantes potros, pero Víctor de la Serna (1896-1958), aunque se enorgullecía de sus orígenes criollos, se quiso siempre de la Montaña, como la madre a la que siempre veneró, Concha Espina. A la postre, aquellos predios chilenos se enzarzaron de pleitos e hipotecas; y la quiebra familiar trajo al niño Víctor con su madre de vuelta a España. Aunque quiso ser ingeniero de montes, acabó estudiando Filosofía y Letras, antes de conseguir plaza como inspector de enseñanza en Santander. Allí, siendo bibliotecario del Ateneo, hizo sus primeros pinitos como escritor y manifestó su pugnaz vocación periodística, que lo empujaría a fundar un par de diarios locales de corta vida, «La Región» y «El Faro», así como el exquisito semanario «Ciudad», todos ellos caracterizados por su esmero literario; y también una agencia de artículos que logró reunir las más prestigiosas firmas del momento, encabezadas por Miguel de Unamuno.

En 1929 publica su primer libro, «12 viñetas», una colección de breves y líricos artículos periodísticos que le sufragan los amigos. Y en 1931 se traslada a Madrid, convocado por Manuel Aznar, a quien acaban de encomendar la dirección de «El Sol». Allí empieza a hacer crónica parlamentaria; y asiste a las míticas tertulias de «La Ballena Alegre», en el sótano del café Lion, en torno a la figura de José Antonio y en compañía de algunos de los más jóvenes talentos de la literatura y el periodismo de la época. Culo de mal asiento y pluma que volaba sobre territorios escabrosos, Víctor de la Serna rodará en los años siguientes por diversas redacciones, hasta hacerse cargo de la dirección del vespertino «Informaciones», el diario más germanófilo del momento, que sería incautado por el partido socialista al estallar la guerra.

Unamuno, presente

Víctor de la Serna se refugia entonces en una embajada y, en septiembre del 36, logra pasar a zona nacional, incorporándose como voluntario en el frente del Norte, en la columna del coronel Moliner. Enseguida será reclamado por Millán Astray, para trabajar a sus órdenes en la Delegación de Prensa, en Salamanca. Allí tendrá que organizar los funerales de Unamuno, porque las fuerzas vivas de la ciudad –«señores muy importantes, conservadores, de los que por llamarles de algún modo se les suele llamar de derechas»– no quisieron portar sus restos gloriosos. Víctor de la Serna carga con el féretro del viejo maestro hasta el cementerio; y sobre la tierra recién removida de su tumba, azotado por el viento helado que venía de las lomas de los Pizarrales, gritará: «¡Camarada Miguel de Unamuno!»; para que los falangistas asistentes contesten, brazo en alto: «¡Presente!».

Pocos meses después, sin embargo, Víctor de la Serna será detenido, por su oposición al Decreto de Unificación y su apoyo declarado a Manuel Hedilla. En julio del 37, huyendo de las querellas salmantinas, se incorpora a la Primera Brigada de Navarra, a las órdenes del entonces coronel García Valiño; y tendrá ocasión de encabezar la liberación de Mazcuerras, donde su madre ha sufrido penalidades sin cuento, prisionera en su casa solariega.

Culo de mal asiento, De la Serna pasará años rodando por diversas redacciones de periódicos
En 1938 obtiene el premio Cavia por un artículo publicado en «El Diario Vasco», en donde se dan la mano la evocación histórica, la estampa paisajística y la exaltación de los soldados que mueren «sobre la tierra de España y por la Fe». El 28 de marzo de 1939 se hace cargo nuevamente de la dirección de «Informaciones», que no abandonará hasta 1948.

Allí populariza su seudónimo de Unus, con el que firmará multitud de crónicas de guerra –recorrió el frente ruso, acompañando a la División Azul, donde combatió uno de sus hijos– y artículos de encendida germanofilia, incluso cuando ya los aliados avanzaban imparables hacia Berlín. Por las tertulias madrileñas se contaba un chiste a propósito de esta inalterable adhesión de Víctor de la Serna: «Un periodista que entrevista a Hitler le pregunta cómo va el curso de la guerra. A lo que el Canciller responde, con gesto mohíno: “Hombre, no tan bien como dice Unus, pero seguimos en la brecha…”». Todavía el 2 de mayo de 1945 Unus publica un artículo que empieza así: «Un enorme “¡Presente!” se extiende por el ámbito de Europa, porque Adolfo Hitler, hijo de la Iglesia Católica, ha muerto defendiendo la Cristiandad».

Refugiado en ABC

Tales fervores germanófilos le pasarán factura en los años sucesivos, cuando tras su marcha forzada de «Informaciones» funde y sostenga con su peculio personal «La tarde», un vespertino que, a juicio de Francisco Umbral, fue «el periódico más exquisito (casi juanrramoniano) que pudiera soñar un virtuoso del periodismo». Pero aquella exquisitez tendría que cerrarse en apenas dos años, dejando a su creador en la ruina.

De esta situación penosa lo salvará Juan Ignacio Luca de Tena, mercedario de tantas plumas en apuros, abriéndole las páginas de ABC, donde Víctor de la Serna tendría ocasión de resucitar literariamente, con artículos –muchos de ellos firmados bajo el seudónimo de Diego Plata– que se cuentan entre los más hermosos que nunca haya publicado este periódico. Hasta que en abril de 1953…

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