De izquierda a derecha, Elías Peña, Josep Santamaría, Marco Prieto y Lydia Garvín
De izquierda a derecha, Elías Peña, Josep Santamaría, Marco Prieto y Lydia Garvín - IGNACIO GIL
QUÉ HAY DE NUEVO

Espacio Proa, rumbo a la gestión y la joven producción artística

Se cumple un año de la segunda etapa de Espacio Proa, el lugar de trabajo de Marco Prieto, Lydia Garvín, Elías Peña y Josep Santamaría. Pero también un ámbito permeable abierto a la gestión de eventos culturales que responden a su ideario

MADRIDActualizado:

Cuando uno entra en Espacio Proa, si cierra la puerta, se topa en su parte trasera con varios papeles con datos prácticos que desgranan algunas de las claves del lugar en el que acaba de penetrar. Una especie de post-it blanco sirve para enumerar a los miembros de su junta directiva, con Lydia Garvín como presidenta y Marco Prieto como su segundo. No en vano, ellos fueron los que fundaron (junto a otros nueve compañeros de la facultad, muchos de los cuales luego terminaron cayendo) esta iniciativa en 2014. Otro folio nos desvela que éste no es un taller al uso, pues se puede pertenecer a él como socio (y así los hay «fundadores», «en activo», «por evento», «benefactores» y «honorarios»; cada uno con sus derechos y deberes). Por último, y a modo de mapa del tesoro, un tercer boceto desgrana dónde se pueden encontrar determinados materiales a lo largo de la estancia...

Más allá de la exposición pura y dura

Cerca de la parada de metro de Puerta de Ángel, en Madrid, Espacio Proa es mucho más que el lugar donde trabajan los cuatro artistas que hoy lo habitan: los mencionados Prieto y Garvín, más el pintor Elías Peña, y el mallorquín (último en llegar) Josep Santamaría. Los tres primeros –que se conocieron mientras estudiaban en el CES Felipe II de Aranjuez–, explican cómo si bien este lugar nació con vocación de ser un espacio en el que desarrollar su labor como artistas (ellos acababan de licenciarse), pronto se vislumbró en él otras posibilidades: «En seguida sentimos la necesidad de hacer otro tipo de cosas. Por eso, hoy por hoy podemos decir que Espacio Proa es además un lugar en el que se investigan nuevas metodologías a la hora de crear y exponer arte, así como un ámbito desde el que proponer actividades culturales más allá de la estructura institucional, lo que sería una exposición pura y dura».

Lydia Garvín junto a una de sus piezas
Lydia Garvín junto a una de sus piezas - I. GIL

De ahí su nombre y su logo (un logo, todo hay que decirlo, cuyo referente cuesta reconocer «a los que no son de mar, como Santamaría, que lo pilló al vuelo», recuerdan entre risas sus responsables): La proa de un barco, que les posiciona y que marca su rumbo: «Tardamos nueve meses en dar con él, y, de hecho, surgió mientras preparábamos una charla para explicar lo que éramos. Y Proa nos gustó, por un lado, porque es un término que se incluye en la palabra “proactividad”, que tanto defendemos, y porque nos seducía la idea de sugerir cierta teoría del iceberg, por la cual, lo que ves es tan sólo la punta de muchas otras capas más profundas que se desarrollan debajo».

«Siempre hemos querido que éste sea un enclave muy permeable que conecte con el barrio; al que los vecinos puedan venir y desde el que crear comunidad, más allá del contexto artístico»

Si bien espacios de naturaleza similar son ahora muy comunes en el contexto madrileño –y el de otras ciudades–, cuando nuestros protagonistas se lanzaron a su particular aventura, éstos no eran tan frecuentes: «Sí que es cierto que teníamos en mente tres referentes. De un lado, estaba Storm & Drunk como espacio expositivo con una línea muy clara; por otro, de Espacio Oculto nos interesaba su filosofía de taller de “coworking”. Por último, Intercambiador seducía como programa de residencias». Pero Proa inició sus actividades –primero en el barrio de Oporto– picando en todo esto, sin ser nada eso de forma exclusiva. «Cada una de esas propuestas –subrayan nuestros interlocutores– nació en un contexto muy determinado y dirigido por agentes con un perfil muy específico. Proa tenía que nacer en su contexto y a nuestra imagen y semejanza».

Marco Prieto rodeado de sus materiales
Marco Prieto rodeado de sus materiales - I. GIL

Y, ¿cuál es, entonces, ese contexto, y lo que esta joven institución le aporta? Josep no duda: «Siempre hemos querido que éste sea un enclave muy permeable que conecte con el barrio, al que los vecinos puedan venir y desde el que crear comunidad, más allá del contexto artístico, que también es importante». «Esta faceta la hemos podido desarrollar más –prosigue Garvín– desde que nos mudamos de Carabanchel. Allí, realmente, éramos pocos y estábamos creciendo, organizándonos; aquí hemos tomado pronto más conciencia del entorno, a lo que nos ha ayudado la historia anterior del local».

Un circo romano pintado de rojo

Y es que Proa, antes de ser un estudio de artistas –y un lugar de exposiciones; y un ámbito en el que se desarrollan puntualmente todo de actividades culturales–, fue, hasta su muerte, el almacén y lugar de trabajo del escenógrafo Miguel Brayda. Los restos de algunas de sus escenografías aún quedan por los rincones (como un inmenso circo romano pintado de rojo, que ahora descansa junto a un sombrero de mago de Harry Potter; o una descomunal bola metálica, todavía en un armario porque es imposible sacarla de allí). Y los vecinos del barrio, que ya habían colaborado con él, se empezaron a acercar de manera natural a este espacio de la calle Doña Berenguela cuando supieron que tenía nuevos inquilinos.

«Hoy podemos decir que Espacio Proa es un lugar en el que se investigan nuevas metodologías a la hora de crear y exponer arte, así como un ámbito desde el que proponer actividades culturales alternativas»

Espacio Proa es hoy un lugar polivalente en todos los sentidos. Allí trabajan, sin espacios más o menos fijos o delimitados sus «socios en activo». Y allí se han hecho ya más o menos populares sus ExpoFarras: exposiciones de un sólo día con las que acogen a artistas de fuera y analizan cuestiones que les interesa.

También allí se celebran conciertos para unas cincuenta personas máximo; mesas redondas («Corto Circuitos» se nutrió de artistas rechazados de Circuitos, el programa de promoción de artes plásticas de la CAM); grabación de videoclips (de MadArt, de Xaca Largo...); propuestas teatrales («Angosto», de Rosa Martí) o de «performance» (como la colectiva «Márgenes»): «Nos nutrimos mucho del “feedback” que recibimos desde la web. Nuestra programación no está sistematizada. En nuestra organización está reconocida la figura del “socio por un día” (que es en lo que convierten al espectador de cada uno de sus eventos), y a ellos les hacemos llegar nuestras “newsletters” cada dos semanas para tenerlos al tanto de las cosas que realizaremos en los próximos meses. Pero todo es muy fluido. Todo queda abierto a que nos propongas algo, nos convenza y tenga cabida».

Elías Peña, en el altillo dedicado a pintura
Elías Peña, en el altillo dedicado a pintura

Precisamente porque esto no es un taller al uso, los rincones de Proa no están «territorializados» («En un estudio puro y duro lo tienes todo mucho más acotado, y en cuanto te sales de tus límites sueles tener movida con los otros», nos cuentan). Aquí hay espacio suficiente por si uno hoy quiere hacer una instalación, una proyección o una pintura. Cuando se organiza una actividad, toca recoger y adaptarse. Aún así, Marco y Elías suelen situarse en uno de los espacios acotados y elevados del local (el que se conoce como «la pecera») porque es idóneo para trastear con la pintura. Justo enfrente, un pequeño escenario en el que antes trabajó Garvín y que ahora ocupa Santamaría. En el centro, el salón, con unos cuantos sofás y una estufa con la que los artistas se hicieron este inviernos gracias a un «crowdfunding». Detrás, lo que pronto será un laboratorio de fotografía analógica. Y próximo a la cocina, el taller taller, otra de las estancias cerradas, habilitado con un sinfín de herramientas y preparado para las labores más sucias, para manchar y golpear. Y un montón de armarios para el almacenaje que forran paredes y bajos y que, según confiesan, ya están prácticamente llenos.

Ensayos generales

Quedaría por mencionar otro pequeño habitáculo por el que se ha dejado caer en alguna ocasión Lola Guerrera. Allí preparó las piezas que llevó a ARCO este año. Ella no es la única artista de las que, por una razón u otra, han ido entrando y saliendo de Proa, como ocurre ahora con Inés Sederholm, residente de The Hug Culture, pero que ha encontrado en las zonas de paso de esta sede en Puerta del Ángel un lugar mejor en el que pintar los cuadros que formarán parte de su próxima exposición en Estocolmo. Proa no se cierra a tener en el futuro su propio programa de residencias. De momento, ensaya con ella, y con actos puntuales como el que se incluyó como parte de la ExpoFarra «Más allá del cementerio»: Aprovechando que Álvaro Valls pintaba una esquina del espacio para la grabación del vídeoclip de las VVICH, se abrió una convocatoria para que otros artistas hicieran uso del croma, de lo que se beneficiaron Zony Gómez y Sofía Estévez.

Proa se define de forma polisémica. Cada uno de sus integrantes lanza un concepto: Es un lugar «canalla», «fresco», «algo punki», pero también «resolutivo», «muy generacional»

«Quizás lo que nos singulariza hoy es que somos el único espacio de nuestra naturaleza en la que todos sus integrantes son artistas, pero también gestores culturales. Que somos además transversales, no sólo porque aquí se mezcla arte con teatro o literatura –el fin de semana que hablábamos con ellos se celebraba un espectáculo de magia–, sino porque también mezclamos públicos: gente recién llegada al arte con gente consolidada; gente de la cultura con gente del barrio. Y somos porosos. Éste no es el lugar para mostrar nuestro trabajo. Quizás se ha visto de forma puntual alguna obra de alguno en determinada ExpoFarra porque encajaba, pero por descontado se ha visto mucho más obra de otros que nuestra».

Sin duda, a caminar se aprende andando, y sobre gestión cultural, nuestros protagonistas han aprendido «gestionando»: «De hecho, nos convertimos en asociación cultural tras el último evento que celebramos en Oporto. Digamos que se nos fue de las manos y se plantó la policía. Entonces había que explicar qué hacía tanta gente allí. Entendimos que necesitábamos un cuerpo jurídico que nos avalara». Ahora, esas personas son sus «socios de un día», reconocidos por sus estatutos. Para ellos, lo de la gestión es «una labor que absorbe mucho tiempo», pero también una actividad «gratificante»: «Es además una fórmula que hace que valores lo que haces. Además, nuestra forma de proceder es muy horizontal, lo que facilita que te impliques, que no te sientas excluido; que no abandones o te desintereses».

Josep Santamaría, en el escenario, captado por la cámara desde el taller
Josep Santamaría, en el escenario, captado por la cámara desde el taller - I. GIL

En su deseo por convertirla en caja de resonancia, Proa participa en iniciativas conjuntas como Los Artistas del Barrio o Hybrid, su última comparecencia en red. Tienen una espinita clavada con Open Studio, que los ve «demasiado a trasmano»: «Entendimos nuestra exclusión en nuestro primer año. Pero ahora, con local nuevo, pensábamos que estaríamos dentro sí o sí. De hecho, Estudio Mendoza está a dos calles, ¡y sí que estaba en el programa!». Hace unos días, ellos celebraban 365 de su llegada a este barrio. Pero, ¿y el futuro?: «Luchamos para que éste sea un proyecto a medio y largo plazo, para que las actividades nos permitan autofinanciarnos más allá de nuestras propias cuotas. Esto come mucho tiempo y dinero, pero también es muy gratificante. Y rara vez está vacío. Cuando eso ocurre, cuando uno de notros llega y se ve solo, ya está buscando a los demás en el grupo de whatsapp».

Su nombre hace alusión al término «proactividad»; a la proa de un barco, que marca un rumbo; pero también a la tería del iceberg, en el que la punta solo es la pequeña parte de un todo mayor

Proa es un espacio que se define de forma polisémica. Cada uno de sus integrantes lanza un concepto: Es un lugar «canalla», «fresco», «algo punki», pero también «resolutivo», «muy de nuestra generación». «En realidad, somos como una editorial: tenemos una línea, pero podemos publicar desde infantil a novela gráfica. El próximo 12 de mayo dedicaremos la próxima ExpoFarra a reflexionar sobre el amor. No hay que tener miedo a enfrentarse a algo que puede verse como cursi en un principio, porque además, el que nos sigue sabe que no le vamos a dar florecitas y corazones». Este barco tiene ya muy claro hacia donde dirige su camino. En el horizonte, comienza a despuntar un iceberg cargado de sorpresas.

Los integrantes de Proa, durante la elaboración de nuestro reportaje
Los integrantes de Proa, durante la elaboración de nuestro reportaje - I. GIL