Dibujo para «Desayuno en la hierba»
Dibujo para «Desayuno en la hierba»
ARTE

Las ensoñaciones a crédito de Fellini

Acercarse a Fellini de otra forma, desde sus dibujos, siempre base de su cine. Ahora en el Círculo de Bellas Artes

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Da igual que estemos rodeados de cientos de turistas haciendo el estúpido y «ritual» gesto de tirar veinte céntimos a la Fontana di Trevi. En nuestra apasionada imaginación, Anita nos llama invitándonos a mojarnos en la noche que promete placeres sublimes y encarnar La dolce vita. Fellini fue capaz de modular nuestros anhelos, colocándonos en las calles por las que deambula todo artista indolente o paralizado por la melancolía. La película de nuestra vida puede ser un embrollo en que de pronto algo inesperado domine nuestra imaginación (un elefante en plena «danza macabra» o un rinoceronte en una barca en el mar) y, aunque los clowns estén a punto de desaparecer, el circo ofrecerá su inquietante función.

«Ho preso sogni per segni», dijo este genial director de cine en un juego de palabras que da en la diana de los mecanismos creativos. Fellini señaló que hacía una película del mismo modo que se vive un sueño, «que es fascinante mientras sigue siendo misterioso y alusivo, y que corre el riesgo de hacerse insípido en cuanto es explicado». En los setenta fijó los meandros de su vivencia onírica en el impresionante Libro de los sueños; de ahí arrancó las páginas que le sirvieron para rodar en 1992 los tres anuncios para Banca di Roma que produjo con la agencia Saatchi & Saatchi.

Garabatos infantiles

En la magnífica exposición montada en el Círculo de Bellas Artes podemos ver esos tres anuncios y 34 dibujos originales de Fellini: bocetos, caricaturas y esbozos preparatorios, propiedad de Antonello Geleng. Fellini «garabateó» desde niño en cualquier papel que tuviera a mano, y llegó a decir que cuando el cine deje de existir se dedicaría «a pintar vírgenes en las aceras con tizas de colores».

Había encontrado en Jung, al que se había aproximado a través de Picasso, los análisis más pertinentes del carácter inmaduro y contradictorio del artista. Los dibujos eróticos fellinianos presentan los cuerpos de las que califica como «habituales culonas halagüeñas». «En el arranque de cada película -declara-, paso la mayor parte del tiempo sentado ante mi escritorio, y no hago más que garabatear nalgas y tetas. Es mi modo de ir acechando la película, de empezar a descifrarla a través de esos bosquejos. Una especie de hilo de Ariadna para salir del laberinto». En los dibujos reaparece la estanquera de Amarcord que sofoca a su amante diminuto, o un pintor priápico afronta la «tarea» ante una mujer empelotada. Hay un aspecto cómico e incluso grotesco de la sexualidad que Fellini siempre revela.

Romper las emociones

El director de Ginger y Fred deploraba el modo en el que la televisión «despedazaba» las películas, interrumpiendo groseramente las emociones. No deja de ser un sarcasmo que lo último que grabara fuera tres anuncios. Fernando Rey encarnaba a un psicoanalista que aconsejaba de forma seductora ponerse en manos de la entidad de crédito, un modo «económico» de librarse de las pesadillas y dormir a pierna suelta. Fellini conocía la angustia, aunque sus fascinantes narraciones invitaran a adoptar aquella felicidad deambulatoria que encarnara prodigiosamente Mastroiani. Inventó, en La ciudad de las mujeres, un neologismo: «progresencia», síntesis de progreso y decadencia, que no deja de tener vigencia. Afortunadamente, Fellini no ahorró nada y dilapidó su imaginación en sueños que, de verdad, el dinero no puede comprar.