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DESDE LA OTRA ORILLA DEL ATLÁNTICO

El enigma del nombre

El nombre elegido acompañará al recién nacido, lo perseguirá como un fantasma pegado a su cuerpo, lo seguirá a lo largo de la vida y perdurará más allá de la muerte

Un bebé bautizado en Tiflis, Georgia
Un bebé bautizado en Tiflis, Georgia - REUTERS

Nace un bebé y enseguida hay que ponerle nombre, antes incluso de que abra los ojos. En tiempos modernos, el nombre es objeto de disputa hasta en la gestación. Por tanto, cuando el retoño nace, ya tiene la vida prácticamente definida en lo que a nombre y apellidos se refiere.

La verdad es que la búsqueda del nombre emociona a la familia, perturba a los vivos y ni los muertos descansan en paz. A fin de cuentas, el nombre de un muerto es un reguero de pólvora que persigue a sus herederos. Así pues, hay que tener en cuenta quién ha muerto pero ha dejado el poderoso legado del nombre. Lo que también crispa el ánimo familiar y el del círculo de amigos, en este capítulo no caben errores, pues ¿cómo rectificar un nombre mal puesto cuando el padre ya ha registrado al hijo? Se trata de una elección que acompañará al recién nacido, que lo perseguirá como un fantasma pegado a su cuerpo, que lo seguirá a lo largo de la vida y perdurará más allá de la muerte.

Los padres, que se creen árbitros en este asunto, evitan, sin embargo, herir la susceptibilidad de los parientes, que son muchos, y todos invasivos. Así que, padre y madre se esmeran en tan delicada batalla. Preocupados, quieren ofrecer al retoño de su carne un nombre del que enorgullecerse, y el hijo también. Y que sea sonoro, bonito, altanero, y esté lejos de toda tacha o histrionismo. Un nombre que le garantice una presencia en el mundo. Pues para los padres, como prueba del amor que le tienen, el nombre de María o de Juan representa la seguridad de estar forjando un heredero capaz de sucederlos en todas las materias humanas. Y es que, si el nombre de un hijo les llegase a avergonzar nada más venir al mundo, éste, carente por tanto de protección natural, podría sentirse capacitado para quejarse de unos padres negligentes que lo han condenado a una especie de destierro nada más recibir las aguas del Jordán en la pila bautismal.

Así, nos damos cuenta de que la tarea de poner nombre a un hijo está impregnada de accidentes imprevisibles. Para cumplirla con satisfacción, es decir, para forjar un futuro héroe o heroína de nombre pomposo, la única referencia con la que se cuenta es el propio recién nacido de facciones entumecidas que no se parece sino a sí mismo, a pesar de los augurios familiares ansiosos por atribuirle parecidos con la familia paterna o materna. Y, entonces, es cuando se le atribuye un nombre a ese ser informe capaz de ajustarse a sus actitudes futuras, a su más íntimo modo de ser.

Poner nombre, pues, a quien sea, obedece a un misterio insondable. Al impulso casi sagrado de lanzar a la criatura a los laberintos de la tierra, dotándola previamente de una seña de identidad con la que jamás se desvinculará de sus orígenes. Un nombre que conjugado con el apellido tendrá la propiedad de devolver al hijo, sea cual sea la etapa en la que se encuentre, al resguardo del hogar donde abrigarse de la saña de los enemigos.

Pero seamos justos y equitativos. Si el nombre tiene tantos inconvenientes, embellece tanto como estigmatiza, ese mismo nombre puede colmar a la criatura de regalías, de sonoridad encantadora, de rituales que constituirán su orgullo o, quién sabe, su vía crucis.

Esa especie de fetiche que es el nombre tiene el poder inmediato de arrancarnos del anonimato. Es a su atención a la que el hijo recibirá notas, llamadas, pruebas de existencia. Como hijo de Dios y de la patria se somete a ceremonias religiosas y cívicas en las que repetirán su nombre hasta la saciedad. Un nombre que colocado en el rostro asegura una apariencia, una representación escénica del cuerpo. Y, además de lo enumerado, dicho nombre tiene que encarnar también la conciencia y los sentimientos que se suceden en las diversas instancias de la vida. Por tanto, ése es el epíteto que tendrá en la cama y en las vías públicas. Con él será amado, vilipendiado, ajusticiado, condenado a muerte.

Un nombre que, como un tatuaje, se resistirá a ser extirpado. Pues, nombre y ser, singular simbiosis, son un enlace ahora fastuoso, ahora infeliz. Y eso porque, al no responder a nuestra rudeza o refinamiento, no sirve a las resonancias de la pasión que la vida nos despierta.

Al fin y al cabo, ¿por qué quejarse de un mero nombre que nos facilita ser un caminante más? ¿Acaso no basta con un nombre que nos socialice y nos lleve a participar del triunfo de las cosas, de los actos que anuncian el inicio del mundo y que alardean de nuestra condición de mortal? ¿Acaso el nombre que nos disgusta tiene la extraña prerrogativa de anunciar con voz salmódica nuestra muerte? ¿Diferente de Salomón que en el templo enaltecía a las mujeres, las maravillas del desierto, las cuerdas del laúd, el arte de acariciar a quien amaba?

Dios mío, cuántos conflictos por un nombre que tiene el mérito de desgastarse con el paso del tiempo a la vez que adquiere filigranas, múltiples versiones de sí mismo. Y que a lo largo de su jornada se ha adentrado por la desgarrada sociedad humana luciendo el nombre cosido en el pecho con la triste expectativa de que, en breve, llegará la hora de grabarlo en la lápida de mármol, después de que un anónimo que se detenga ante la sepultura repita ese nombre, curioso por saber si, por casualidad, alguien ha pronunciado el suyo con imperecedero amor. Y, entonces, ya bajo tierra, habrá pensado que ha valido la pena arrastrarlo por la vida. Importándole bien poco yacer ahora olvidado.

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