LIBROS

Editores: prescriptores de recetas literarias

Figuras a la sombra de los escritores (a veces la luz que guía sus pasos), los editores reivindican su papel creativo y de atrevimiento en la cultura. A ellos dedicamos el primer reportaje de una serie sobre los agentes implicados en el universo editorial

Quint Buchholz recreó en «El libro de los libros» (Nórdica) su particular homenaje a estos «objetos de culto». En la imagen, detalle de una de sus ilustraciones
Quint Buchholz recreó en «El libro de los libros» (Nórdica) su particular homenaje a estos «objetos de culto». En la imagen, detalle de una de sus ilustraciones

Según los datos de la Agencia española del ISBN en 2016 se publicaron 81.391 títulos (reimpresiones incluidas), 8.000 más que el año anterior. Una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas revelaba que en 2015 casi el 40 por 100 de los españoles no había leído ni un solo libro. El oficio de editor está rodeado por un halo de mitificación engrandecido por anécdotas sobre el papel trascendental de los editores en obras y escritores a los que editaban: Gordon Lish intervenía en los cuentos de Raymond Carver de manera implacable; Max Brod no hizo caso a la petición de Franz Kafka de quemar sus manuscritos. También hay relatos apócrifos, como el del famoso rechazo del manuscrito de «Cien años de soledad» de Carlos Barral, que no tuvo lugar: Barral nunca tuvo el manuscrito de García Márquez en sus manos, aunque ninguno puso demasiado empeño en desmentir la anécdota. André Gide se arrepintió de haber rechazado el manuscrito de «En busca del tiempo perdido» sin haber leído el libro, solo por prejuicios contra Proust. Por cierto, lo leyó una vez publicado.

Hay editores que han pasado a la historia como héroes de lo suyo: Sylvia Beach fue la primera editora de «Ulises», de James Joyce, que nadie más se atrevía a publicar, desde su librería archiconocida e idealizada, Shakespeare & Company; Carlo Feltrinelli publicó «Doctor Zhivago», de Pasternak, que ya había renunciado a publicar su gran novela por presiones de la URSS. Hay editores convertidos en referentes, como Einaudi, en cuya editorial trabajaron Leone y Natalia Ginzburg, Cesare Pavese e Italo Calvino. Y la lista de leyendas podría seguir creciendo e incluir, por ejemplo, a Maxwell Perkins, editor de Thomas Wolfe, y en cuya relación se basa la película «El editor de libros», estrenada hace solo unos meses. A Jorge Herralde con Anagrama, fundada en 1969, a Beatriz de Moura con Tusquets o a Esther Tusquets con Lumen. O a Sonny Mehta, editor del sello estadounidense Knopf, que afirma tener «el mejor trabajo del mundo». Algunos se quejan en privado de que la figura del editor se ha vuelto tan atractiva que les cuesta más conseguir entrevistas para sus autores que para ellos mismos.

¿Qué es un editor?

Más allá de lo que cuentan las películas, ¿qué es un editor? Julián Rodríguez, escritor y director editorial de Periférica, explica que es «una figura todavía esencial en la transmisión de la cultura en el presente. Alguien a quien hay que exigirle humildad, conocimientos y comprensión. Y también un poco, o un mucho, de atrevimiento sostenible. Un editor es, además, aquel que arriesga, aquel que propone, aquel que busca el gusto del público, que trata de hacer comprensible su propio gusto, que en realidad ha de ser un gusto formado en muchos niveles: de lo estético a lo político».

Para Elena Ramírez, directora de Seix Barral y de ficción internacional del Grupo Planeta, «un editor es alguien que lee, selecciona entre muchos manuscritos uno, lo debate con su autor si cree que puede aportar algo en su mejora, y lo publica; es alguien que acompaña a un autor en su carrera, y también alguien que da forma a la esencia de un libro para que su contenido y su aspecto sean coherentes. Un editor obra como interlocutor en la larga cadena de intermediación que se interpone entre un libro y el lector que no sabe que lo busca». Manuel Borrás, editor de Pre-Textos, que cumplió 40 años en 2016, añade un matiz: «Para mí un editor no sólo es un prescriptor, sino también ese amigo que interviene para que el libro que ofrece a los lectores sea bueno, que vaya acompañado de una buena edición y de un cuidado formal meticuloso. Para mí el verdadero editor siempre fue aquel que me descubría cosas que no conocía y además me las ofrecía impecablemente».

Julián Rodríguez (Periférica): «A un editor hay que exigirle humildad y conocimientos»

Y Miguel Aguilar, director editorial de Debate y Taurus, ambos del grupo Penguin Random House, subraya que el objetivo final es conseguir que los libros lleguen a los lectores, porque un editor es «una persona que selecciona y difunde. Tan importante es lo uno como lo otro. Tener un criterio excelente pero no lograr que tus libros se vendan es hacer la mitad del trabajo». Pilar Álvarez, editora de la colección de ensayo de Turner, cree que «un editor es el primer lector. Un lector privilegiado que tiene la oportunidad de ayudar al autor a llegar mejor a otros lectores».

Los editores tienen sus propios ídolos. Entre sus editores de referencia, Rodríguez cita a «Kurt Wolff, Maxwell Perkins, Gordon Lish, Giulio Einaudi (junto a Leone Ginzburg, Cesare Pavese, Elio Vittorini…), el tándem Leonardo Sciascia y Elvira Sellerio, Siegfried Unseld, Carlos Barral… La lista es gigantesca. Por suerte. Y su sombra es muy larga sobre los del presente: de Roberto Calasso en adelante». Aguilar responde: «Por ceñirme a la no ficción y a España, creo que Javier Pradera, Gonzalo Pontón y Daniel Moreno componen un trío muy bueno que cubre los últimos 50 años». Ramírez, para evitar hacer una lista quizá interminable, resume a su editor ideal: «el que evita caer en el cinismo, el que no se rinde, el que se reinventa. Pero sobre todo, sobre todo, el que lee y es capaz de transmitir su entusiasmo contra viento y marea».

El catálogo, un retrato

«Aportar elementos para la conversación pública, difundir historias e ideas que ilustren y entretengan, divertirme, mejorar el mundo», esos son los objetivos como editor de Miguel Aguilar. Julián Rodríguez esgrime algunos similares: «Ofrecer textos que ayuden a comprender al mundo, a soportarlo (cuando es preciso), a embellecerlo. Y estos textos pueden ser muy distintos entre sí. Y de muy distintas épocas». Borrás señala como objetivos «no engañar a los lectores, procurando poner a su alcance aquello que previamente me fue útil no sólo como lector sino como individuo o, si quieres, ciudadano. Y ofrecérselo de la mejor forma posible». Elena Ramírez pretende no perder capacidad de dejarse sorprender «y ganar en astucia para crear un catálogo rentable, en permanente evolución, y sin embargo coherente».

Pero, ¿cómo se lleva eso al trabajo cotidiano, es decir, en qué consiste en realidad el trabajo de un editor? ¿Cuál es la distancia entre las expectativas y la realidad de su trabajo? Para Ramírez, «el trabajo de un editor se define libro a libro, uno a uno. A veces la distancia entre ambas es insalvable, y nuestra profesión es desconcertante; otras invisible, y entonces es maravillosa». Aguilar explica que «quizá lo más sorprendente sea que leer es solo una parte de un trabajo muy amplio, y que en la oficina se lee poco». Suele decirse que un editor es su catálogo. «Crear un catálogo, tal y como nosotros lo entendemos -dice Rodríguez-, significa buscar coherencia y perseverar en unas líneas de fuerza que nos marcamos al comienzo de nuestra andadura. Siempre hemos tenido claro que un catálogo es un autorretrato también, y un retrato colectivo. No publicamos para nosotros solos, sino para una serie de personas que pueden tener intereses parecidos a los nuestros. Para ellos publicamos textos que han de tener un voltaje literario... Siempre han de ser buenos textos».

Elena Ramírez (Seix Barral): «La profesión a veces es invisible, y entonces es maravillosa»

Para la directora editorial de Seix Barral, la calidad es lo primero. «Y la capacidad de sacudir al lector, conmoverle, provocarle o deslumbrarle. A veces esos criterios de calidad y visibilidad han de adaptarse a lo que uno necesita encontrar para equilibrar el catálogo». Pilar Álvarez explica que su idea de catálogo es abierta y flexible: «Muchas veces me dejo llevar por el puro placer de la lectura del original, y si me gusta y está a mi alcance, ya luego busco dónde encajarlo. Mi catálogo es pequeño, unos veinte libros por año, y lo único que tienen en común es la vocación de durar, la de no ser libros del momento sino que se puedan leer dentro de cinco, diez o veinte años». Todos coinciden en que ese catálogo se construye a base de libros que quieren y pueden editar. No siempre en ese orden. «Hay cosas que se escapan: otros editores son más rápidos o más hábiles o están dispuestos a arriesgar más», explica Miguel Aguilar.

La liga entera

Según datos de la Agencia del ISBN de 2015 -los de 2016 no están publicados-, hay casi mil editoriales en España que publican más de nueve libros al año (983, el 33,3 por 100 del total de editoriales) y son las que publican la mayoría de los libros (67.033, el 92 por 100). Desde 2011, año en que hubo 583 editoriales nuevas, la cifra de editoriales nuevas ha ido bajando. En 2015 fueron 445 en total, un 5 por 100 menos que en el año anterior. Algo que parece contrastar con la idea de que el mercado está ocupado por dos grandes grupos. Miguel Aguilar da con una paradoja que explica la convivencia del sector: «Los grandes grupos tienen una inmensa capacidad de riesgo para libros grandes mientras que las pequeñas editoriales tienen una descomunal capacidad de riesgo para libros pequeños. Mientras haya buenas distribuidoras y un tejido sano de librerías, las editoriales pequeñas tienen muchísimo campo». Para Elena Ramírez, que pertenece a Planeta, «la respuesta a la polarización en grandes grupos ha venido de la mano de la tecnología y ha sido la proliferación de editoriales independientes. ¿Qué espacio queda fuera de los dos equipos que lideran la liga? La liga entera. Además, en el mundo de los libros hay más sorpresas que en el fútbol».

Enderezar el barco

Julián Rodríguez pertenece al grupo de los independientes: su sello, Periférica, nació hace once años. Pertenece a Contexto, asociación de las editoriales Libros del Asteroide, Impedimenta, Nórdica y Sexto Piso, y se ha unido esporádicamente con Errata Naturae para coeditar libros como «Tú no eres como otras madres», «Leer» o «Regreso a Berlín». Rodríguez cree que cada vez ese espacio es mayor: «Cuanta más concentración haya, más se diferenciarán el resto de proyectos, más "independientes" serán. Además, aún hoy puede editarse desde los "intersticios" entre los dos grandes grupos que, actualmente, dominan la edición».

Para la editora de ensayo de Turner, «la existencia de los grandes grupos sirve de acicate para la edición independiente, tanto para los autores como para los pequeños editores». Borrás prefiere hablar de edición literaria: «una de las pocas que nos queda para enderezar este barco de la literatura tan escorado, tan amenazado por la mediocridad ambiente, sobre todo de las instituciones y medios de comunicación». Álvarez añade también que por mucho que la autoedición crezca, como lo hace ya en parte gracias a internet y lo digital, «quizá hagan menos falta las editoriales, pero los editores harán más falta que nunca».

Puede que nos falte distancia para mitificar a los editores que publican hoy, nos falta el filtro embellecedor del tiempo. Pero también puede que en la conversión de los editores legendarios en mitos olvidemos incluir las partes menos fotogénicas del oficio y que son las que hacen de él el mejor trabajo del mundo, según Metha.

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