Daniel Múgica
Daniel Múgica - DE SAN BERNARDO
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«La dulzura», de Daniel Múgica: el amor frente al fanatismo

El escritor guipuzcoano ha ganado con esta historia centrada en el 11-M el XXXIII Premio Ciudad de Jaén de novela

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Es curioso comprobar de qué modo la narrativa actual ha conectado con la novela del XIX para reivindicar el sentimentalismo que en la literatura de las vanguardias era cuestión tabú, ya que eran tiempos de transgresión, de guerra, aunque esta fuera simbólica. En la literatura norteamericana e inglesa, sin embargo, la sombra de Dickens fue alargada y llega a nuestros días en multitud de ejemplos felices, sobre todo en el John Irving de El mundo según Garp y Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra donde los personajes de alta raigambre dickensiana apenas se velan.

Esta sentimentalidad se alía, en la narrativa ya extensa de Daniel Múgica, con una actitud crítica hacia los valores actuales, y de esta manera bucea como pocos en los temas intimistas donde lo mismo exalta los valores del amor como coge por los cuernos el tema del terrorismo. Múgica -hijo de Enrique Múgica y de la novelista Faustina Díaz Ancona- estaba cantado que concluiría una novela como ésta, conociendo de primera mano las amenazas de ETA, a lo hay que sumar su condición de judío, donde permanece de modo indeleble el sentimiento de la precariedad.

El capítulo primero posee un título tremendo, «Madrid fue nuestra tumba», y Múgica se enfrenta al suceso terrorista más brutal que ha sufrido la ciudad: el 11-M. Judá está enamorado de Gadea y ésta desaparece el día de los atentados. La buscan Estela y Malena, sus hermanas. Gadea se desintegra, desaparece sin dejar rastro, y Múgica describe un bello canto de amor y esperanza. Pero la novela es pródiga en historias de todo tipo, desde esta Gadea internada en un centro psiquiátrico, donde las sevicias están a la orden del día... Al final de la novela sabremos de su paredero, pero no digo más.

El terror no admite medias tintas, de ahí que esta narración sea en blanco y negro. Es probable que muchos crean que podía haberse evitado, pero describir el mismo deja cualquier retórica pequeña. Pero Múgica parece decirnos que el amor todo lo puede y no olvidemos que la dulzura es cualidad inherente al mismo. La novela mantiene un estilo cotidiano, de un vocabulario que todo el mundo entiende.

Así, «Valenska Arendt, la compañera del colegio Base, se sentaba en el borde de la cama. Me palmeaba la cara para despertar. Me contemplaban sus ojos de miel, grandes, drásticos, interrogativos; el cuerpo prieto, voluptuoso, la tranquilidad a modo de corona. Yo estaba desnudo, bajo las sábanas apestando a alcohol». Otra: «Nos tirábamos pullas y ellas se reían. Mis amigos, se lo habrían contado. Pilu, Merchita, Stuart y el Mono, no mencionaron a Gadea. Educación y amistad». Sin embargo y pese a este modo de narrar, la novela es compleja, está llena de aristas y en este sentido puede decirse que es más complicada de lo que sugieren este tipo de conversaciones. Al fin y al cabo no hay tantas novelas que traten el 11-M.