En Vietnam (arriba) los mayores problemas vinieron del alcohol
En Vietnam (arriba) los mayores problemas vinieron del alcohol
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«Las drogas en la guerra», el mal del soldado

El consumo de alcohol y toda clase de estupefacientes va unido a la historia de las contiendas desde el principio de los tiempos como se repasa pormenorizadamente en este estudio

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A menudo se afirma que la historia de la Humanidad transcurre en paralelo a la de las guerras, pero del mismo modo se podría decir que la historia de los conflictos armados es la del uso de estupefacientes que aportan resistencia y energía a los combatientes. En el arsenal de los ejércitos siempre ha habido sitio para las drogas. Ha sido éste un tema tabú para la historia militar, ya que los estados prefieren mostrar a sus soldados como combatientes conscientes y animados por un sincero compromiso con la causa. De manera que estudiar las conductas inducidas por el consumo de drogas puede cambiar totalmente la manera en que interpretamos la guerra.

Este es el gran mérito de la documentada obra del profesor Kamienski, que se inscribe en la nueva corriente historiográfica de estudios socioculturales sobre la guerra y las fuerzas armadas. El autor formula preguntas de envergadura, como cuáles han sido los contextos sociales, culturales, políticos y médicos que han favorecido el consumo de drogas en combate o cuáles han sido sus efectos inmediatos y secundarios en el decurso de los conflictos armados. Para responderlas, divide la obra en tres partes, marcadas por las cesuras de la Segunda Guerra Mundial y el conflicto soviético en Afganistán.

Ron, vodka, vino

Desde la época premoderna a los prolegómenos de la Guerra Fría, Kamienski se detiene especialmente en el consumo de bebidas alcohólicas como el «grog» (mezcla de ron y agua que fue una de las bases de sustentación de la moral en la Royal Navy desde inicios del siglo XVIII) o el vodka, que fue el trago obligado del ejército ruso desde la época de Pedro el Grande hasta las campañas en favor de la templanza emprendidas por el ejército bolchevique. Durante la Guerra de Secesión, el ordenancista general confederado Braxton Bragg aseguró que «hemos perdido más vidas valiosas a manos de los vendedores de whisky que bajo los proyectiles del enemigo». Tanto el ron británico como el vino francés fueron exaltados tras la Gran Guerra como «tónicos» superiores a la cerveza alemana, pero tras la «débâcle» de 1940, el mariscal Pétain achacó al vino la culpa de la desaparición del espíritu de lucha del ejército galo. La Segunda Guerra Mundial fue el último gran conflicto en que el alto mando suministró raciones diarias de bebida a los combatientes, pero todavía en Vietnam los mayores problemas vinieron del alcohol, no de otras drogas, y lo mismo les sucedió a los rusos en el conflicto de Chechenia.

Los griegos y el opio

El elenco de sustancias estupefacientes al que se pasa revista continúa con el opio consumido por los griegos, el hachís presuntamente utilizado por la secta terrorista de los asesinos o las tropas de Napoleón en Egipto y las complejas implicaciones diplomáticas, económicas y sociales de las guerras del opio en China de 1839-1842 y 1856-1860. Justo en ese momento, el estallido de la Guerra de Secesión americana volvió a revitalizar el uso del opio junto con el de la morfina como anestésicos universales en las frecuentes amputaciones, que dejaron como secuela no menos de 400.000 excombatientes afectados por el «mal del soldado», esto es, adictos a las drogas. La Gran Guerra produjo un aumento tan brutal de la demanda de cocaína que buena parte de su producción pasó de la región andina a las Indias Orientales holandesas.

El uso masivo de anfetaminas y metanfetaminas como el pervitin pintan un Reich sumergido literalmente en las drogas

El uso masivo de anfetaminas y metanfetaminas como el pervitin por las tropas alemanas durante la Guerra Civil española y el segundo conflicto mundial (35 millones de pastillas fueron consumidas en la batalla de Francia para potenciar la confianza y la resistencia física) pintan un Reich sumergido literalmente en las drogas. Así lo demuestra la adicción de sus máximos dirigentes: el mariscal Göring pasó de la dependencia de la morfina a la de la cocaína, y Hitler llegó a consumir hasta 82 tipos diferentes de compuestos, algunos con presencia de hormonas, estricnina y metanfetaminas.

El dopaje masivo también se practicó en el bando aliado, desde la bencedrina empleada por los pilotos de la RAF y los soldados británicos en El Alamein a las anfetaminas consumidas por los norteamericanos, y que invadieron la vida cotidiana de los Estados Unidos en la inmediata posguerra. Como contraste, los soldados soviéticos siguieron luchando contra la fatiga de combate con vodka e infusiones de valeriana.

«Yonquis yihadistas»

Durante la Guerra de Corea, los norteamericanos ya consumieron estimulantes de forma habitual. Aunque el Protocolo de Ginebra de 1925 prohibía el empleo de armas químicas en los conflictos, la Unión Soviética y los Estados Unidos ampliaron sus arsenales de psicofármacos, especialmente con sustancias incapacitantes o capaces de incidir en el comportamiento, como el LSD. La primera guerra verdaderamente farmacológica fue la del Vietnam: dejando a un lado el consumo de marihuana por el 60 por 100 de los soldados norteamericanos, tras la ofensiva del Tet a fines de enero de 1968, el empleo de sustancias psicoactivas se disparó. Por ello cambió la visión popular, generalmente positiva, de estos fármacos

En la actualidad, los ejércitos irregulares o los grupos terroristas impulsan la producción, tráfico y consumo de drogas de forma habitual, desde los «yonquis yihadistas» de ISIS a narcoguerrillas como las FARC colombianas y Sendero Luminoso en Perú. La farmacología bélica vive un significativo auge, dado que los ejércitos (post)modernos necesitan avanzar velozmente y sin descanso. Contra la fatiga de combate se usa cafeína, dexedrina y piscoestimulantes eugeroicos que prolongan la vigilia y anulan gran parte de sus efectos secundarios.

La guerra ha sido siempre un potente medio de popularización de los estupefacientes, hasta imponer y extender su consumo más allá del campo de batalla. Como apunta la reflexión final, la misma guerra es la droga más potente y adictiva, aparezca vinculada a mitos nacionales o revolucionarios o al afán de aventuras.