Mapa de Etiopía del cartógrafo holandés Joan Blaeu
Mapa de Etiopía del cartógrafo holandés Joan Blaeu
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El descubrimiento español de las fuentes del Nilo

Hace 400 años que el jesuita y misionero madrileño Pedro Páez se convirtió en el primer europeo en llegar a las fuentes del Nilo Azul, una aventura de la que dejó constancia en su «Historia de Etiopía»

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Hace exactamente cuatro siglos, el 21 de abril de 1618, un madrileño llamado Pedro Páez descubría las fuentes del Nilo Azul, en el lago Tana, en Etiopía. Hoy, cuatrocientos años después, los españoles saben quién es David Livingstone (supongo) pero no han oído hablar jamás de aquel jesuita español del Siglo de Oro.

Pedro Páez había nacido en el pueblo de La Olmeda de las Fuentes, que entonces era de la Cebolla, en 1564, el mismo año que Shakespeare, y cuando Cervantes todavía tenía los dos brazos. A Quevedo, ni se le esperaba.

Estudió en la Universidad de Coimbra y fue enviado a las misiones portuguesas de los jesuitas en Goa, bajo el patrocinio de Felipe II. Tenía 24 años y ya no volvería a ver España. Allí es ordenado sacerdote. Pero su objetivo, como el de muchos otros religiosos, era entrar en Etiopía, en el continente africano, un país cristiano cuyo emperador era descendiente de Salomón y la Reina de Saba; un país, en fin, custodio, con permiso de Indiana Jones, del Arca de la Alianza.

Prisionero de los turcos

En 1589 parte con un veterano jesuita catalán, Antonio de Montserrat -que había conocido a Ignacio de Loyola, viajado al imperio mogol y aprendido la lengua persa- con destino a la Abisinia. Pero en el golfo de Omán son hechos prisioneros por los turcos. Y presos pasarían siete años, hasta que Felipe II se hace cargo del rescate. A cambio de 500 coronas de oro por cabeza, son devueltos a Goa.

Sin embargo Páez no abandona su deseo, y en 1603 llega a la misión de Massaua, en la costa africana, desde donde ascenderá a los altos de Etiopía. Se encuentra allí un reino feudal, con un emperador o «ras» llamado Za Denguel, una especie de primus inter pares, salido de un revoltijo de luchas intestinas. El jesuita, que era políglotaal estilo de Richard Burton, debía ser un tipo simpatiquísimo y con grandes habilidades: hablaba español, portugués, árabe, persa y amárico; construía puentes y casas de pisos, y era un gran polemista, sobre todo en temas religiosos.

Amigo del emperador

Así se hace de inmediato amigo personal del emperador y, a la muerte de éste, del gran Susinios, con el que actuaba de verdadero consejero, y al que llegó a convertir al catolicismo. Y fue viajando con él y su ejército cuando alcanzó el extremo sur del lago Tana, y allí contempló las fuentes del Nilo Azul. Pedro Páez, como Livinsgtone en sus primeros años, no era explorador, sino misionero, y no buscaba la gloria del descubridor, pero es consciente de la trascendencia del hallazgo. Él mismo lo cuenta en su obra «Historia da Etiopía» -cuatro tomos manuscritos en portugués que se conservan en la Universidad de Coimbra con una copia en la biblioteca de los jesuitas en el Vaticano- de la siguiente manera:

«Está la fuente casi al poniente de aquel reino, en la cabeza de un pequeño valle que se forma en un campo grande. Y el 21 de abril de 1618, cuando yo llegué a verla, no parecían más que dos ojos redondos de cuatro palmos de ancho. Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César».

Ciento cincuenta y dos años más tarde llegaba al mismo lugar un viajero escocés, James Bruce, que sin pensárselo dos veces decidió apropiarse el descubrimiento. En su libro «Viajes para el Descubrimiento de las Fuentes del Nilo» (Londres, 1790) dice con todo descaro:

«Por lo que os escribí en la carta anterior, creo que no os quedará duda de que ninguno de los antiguos ni modernos ha descubierto antes que yo las fuentes del Nilo; y si es que Páez las vio, su descubrimiento ha sido inútil para las letras por descuido de los jesuitas en no publicar su viaje».

A James Bruce lo acabaron expulsando de la Royal Geographical Society. Pero el manuscrito de Páez continuaba acumulando polvo... hasta 1945, en que se publicó por primera vez en idioma original portugués. Tuvieron aún que pasar algunos años para que el escritor Javier Reverte, que en 1999 llegaba a Addis Abeba preparando un libro que iba a cerrar su trilogía africana, «Los caminos perdidos de África», tuviera una interesante conversación con el embajador español Pablo Zaldívar, durante una cena en su casa: el embajador le habló de Páez y le mostró un ejemplar de la edición portuguesa de su libro.

Reivindicación

Lo que ocurrió desde entonces fue una preciosa aventura. Javier Reverte viajó a Coimbra y Roma, identificó una supuesta Olmeda de Valladolid como la actual Olmeda de las Fuentes, en la provincia de Madrid, y a mí, que regresaba tras cuatro años viviendo en Oporto y recorriendo sus alfarrabistas, me hizo conseguirle un ejemplar de la famosa edición de 1945. Todo lo cuenta en su obra «Dios, el diablo y la aventura» (2001).

Desde entonces la villa de Olmeda lucha por poner en valor a su insigne hijo y será el único lugar de España donde se celebre el cuarto centenario del descubrimiento por parte de un español de las fuentes del Nilo Azul. Un español que, como nos recuerda Reverte, si hubiera sido inglés sería más importante que Livingstone.

Por lo que a mí me toca, conseguí publicar íntegra por primera vez en castellano la «Historia de Etiopía» en Ediciones del Viento (en dos volúmenes de 600 páginas) en 2014, casi cuatro siglos después de haber sido escrita y cuando se cumplían 450 años del nacimiento de su autor.