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David Trueba, balada triste de guitarra

Entre lo reflexivo y el sarcasmo más puro, transita «Tierra de campos». Una novela familiar y generacional

El escritor y cineasta David Trueba, autor de ¬ęTierra de campos¬Ľ
El escritor y cineasta David Trueba, autor de ¬ęTierra de campos¬Ľ - AFP

Son varias las novelas construidas sobre los destrozos del artista musical, especialmente las dedicadas a la movida madrileña. Pocas de ellas han logrado un lugar memorable, porque han sucumbido al dramatismo del juguete roto o a la obviedad de una fiesta social truncada por la crisis. La de David Trueba (Madrid, 1969) cae en ese dramatismo solo por momentos; lo bordea con más frecuencia de la esperable en alguien de su inteligencia. Pero sabe evitarlo otras muchas veces y eso lo celebra el lector y el crítico, porque es cuando la novela consigue los mejores tributos. Lo hace por la vía que mejor le ha convenido siempre a la tradición estilística que considero principal de David Trueba, al menos en el cine: el humor y la reflexión sarcástica, con mezcla de ingredientes varios. Como si, en el borde mismo de un momento que podría ser trágico, alguien hiciera un comentario que le restara seriedad pero que lo trajese a la verdadera dimensión de la vida, que es compleja y variada, como las edades del hombre.

La última novela de Trueba va ganando enteros conforme la vida coquetea con la muerte

Manejo ese sintagma de edades del hombre porque «Tierra de campos» es al mismo tiempo castellana profunda y madrileña. Conviven en la novela la historia de las edades de un muchacho, Daniel Campos, que se hace músico de rock, con el nombre artístico de Dani Mosca, y la historia de su padre, castellano viejo venido a Madrid desde Garrafal de Campos, el pueblo al que lo lleva ahora su hijo a enterrar en un coche fúnebre acompañado por el chofer Jairo, un colombiano con el que departe en ese viaje. De esa comunicación la novela no obtiene demasiado. Casi todo viene de la rememoración que Dani va haciendo de su vida, desde la infancia y adolescencia a sus múltiples amores, de los que su relación con Oliva, quizá sea la mejor traída.

No se puede decir lo mismo por lo que se refiere a la japonesa Kei, que le viene casi postiza y al final. El ingrediente más poderoso, y tanto más elogiable cuanto más difícil resultaba hacerlo bien, es, sin duda, la trama construida a propósito de la vida musical del grupo, y especialmente de Gus, con su trágico destino compartido por tantos otros, emblema de una época y de un género que cobró de la droga sus peajes. Sirve bien una sociología del artista musical de los ochenta.

Sabor popular

La novela muestra todos esos lados oscuros a la vez que hay una exaltación continua de la creatividad de las canciones, donde quizá resida la mejor lírica de nuestro tiempo. Destaca la riqueza verbal del libro. Trueba tiene instinto para extraer del lenguaje sus paradojas y una gracia que nace de haber puesto el oído en el modo de hablar la gente. Hay mucho sabor popular, tanto de los inmigrantes como de la quiebra generacional que la figura del padre y sus manías hacen memorable.

Otro elemento de creatividad son las situaciones hilarantes, como las impagables de la recepción del alcalde y todo el pueblo, que recuerdan al mejor Rafael Azcona. Un último plano que no puede dejar de destacarse es el reflexivo. «Tierra de campos» va ganando enteros conforme la vida coquetea con la muerte y la balada se va tornando triste. No en los momentos en que se lo propone (el de su origen materno es quiebro melodramático evitable), sino cuando la naturalidad de la edad y el final del ciclo van imponiendo sus reglas. Es como si la vida pugnase por no morir, y David Trueba la hubiese querido atrapar en el instante de tal lucha. El lector agradece tales fogonazos reflexivos de buen novelista.

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