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David Rieff, ¿olvidar o recordar?

Depende. Así contesta esta reseña a la peliaguda pregunta que plantea el último ensayo que David Rieff ha dedicado a la memoria histórica. Su argumentario flaquea cuando pisa el resbaladizo territorio de la Guerra Civil Española y sus víctimas

David Rieff durante una intervención en el Hay Festival de Xalapa, México
David Rieff durante una intervención en el Hay Festival de Xalapa, México

¿Cómo recordamos? ¿Cómo se recordará cuando no haya testigos? ¿Qué es peor, el recuerdo o el olvido? ¿Es posible el olvido voluntario? ¿Deben nuestras sociedades dedicar al olvido una parte mínima de la energía que ahora dedican a recordar? ¿Y si, a largo plazo, el olvido fuera inevitable, mientras que incluso en un plazo relativamente breve el recuerdo del mal radical no lograra impedir su repetición?

Estas son algunas de las preguntas que David Rieff (Boston, Estados Unidos, 1952) se formula en «Elogio del olvido», ensayo que incorpora y amplía las reflexiones que ya planteó en «Contra la memoria», publicada en 2012 en castellano y un año antes en inglés. Como el autor señala, no puede haber una respuesta categórica ante interrogantes como los formulados, de ahí la consideración de diferentes posibilidades y opciones que varían en función de escenarios y coyunturas. En ese sentido el título puede resultar algo engañoso dado que el elogio del olvido por el que el autor aboga no es genérico, sino más bien matizado y justificado en determinadas situaciones.

Condenados

«No sostengo que siempre sea un error insistir en la rememoración como imperativo moral» sostiene Rieff antes de añadir: «Si existe la posibilidad práctica tanto de componer un informe honrado de los hechos como de llevar ante la justicia a los perpetradores, debería hacerse». Como plantea al cuestionar la célebre sentencia de George Santayana(«Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo»), recordar no siempre vacuna contra futuras atrocidades, postura que complementa proponiendo recordar solo si ese recuerdo «no engendra nuevos horrores».

Resultan fundamentales para el autor los trabajos de, entre otros, Arendt, Judt, Margalit, Yerushalmi y Todorov, quienes ya habían analizado en profundidad algunas de las cuestiones abordadas en este volumen. Precisamente porque Rieff es deudor de todos ellos, merecerían que sus obras fueran correctamente referenciadas en una bibliografía ahora inexistente o en notas a pie de página que son mínimas en la edición de Debate y en las que están ausentes todos los trabajos o las páginas de los que se han extraído citas entrecomilladas imprescindibles para el ensayo.

La política de algunas editoriales de evitar referenciar correctamente las fuentes utilizadas por los autores, o la elección de estos en este sentido, empobrece la obra y perjudica a los lectores. En este caso es evidente y desafortunado, pues David Rieff apela de forma constante a las tesis de autores como los señalados sirviéndose de ellos para construir su argumentación. Así es como David Rieff, inspirándose en Yerushalmi (el antónimo de olvidar no es recordar, sino justicia), y en la sociedad decente de Margalit, concluye que si bien dentro de cien años se relativizará o no importará lo que hoy es presente, «sin justicia no es posible una sociedad decente». Recurre asimismo a Tony Judt para prevenir sobre el «saqueo del pasado en busca de provecho político», o a Pierre Nora para distinguir entre «los imperativos de la memoria» y «los imperativos de la historia», al tiempo que se apoya en otros intelectuales para disertar sobre la instrumentalización de la memoria y de cómo en ocasiones su manipulación y mistificación ha convertido la rememoración en un «nocivo pegamento» que ha alimentado «añejos rencores y martirologios contendientes», como ejemplifica el ciclo de violencia en Irlanda del Norte o Bosnia.

Distorsión

El sugerente ensayo flaquea cuando David Rieff cae en exageraciones que distorsionan la realidad y su análisis de la Ley de Memoria Histórica en España. Por ejemplo, cuando afirma que «son notablemente parecidos a los de Elie Wiesel» los planteamientos de Baltasar Garzón al emprender «la investigación de la muerte de las 114.000 personas que se estima fueron asesinadas por el bando fascista durante la Guerra Civil entre 1936 y 1939». Carece de rigor la comparación del premio Nobel de la Paz en 1986 y superviviente de los campos de exterminio nazi que dedicó el resto de su vida a mantener viva la memoria del Holocausto con el magistrado español que fue suspendido de la magistratura por un motivo que Rieff ignora u olvida: la condena unánime de los siete miembros del Tribunal Supremo en 2012 por un delito de prevaricación cometido por Garzón tras intervenir comunicaciones de varios detenidos, «laminado» así, como rezaba la sentencia, el derecho de defensa. Otra sentencia del TS le absolvió del delito de prevaricación por investigar los crímenes del franquismo, aunque el tribunal consideró que el juez expulsado incurrió en «errónea aplicación del derecho».

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