ARTE

David Bestué: «Me ha salido una muestra muy castellana»

«Rosi Amor» es el nuevo proyecto expositivo de David Bestué, parte del programa «Fisuras» del Museo Reina Sofía. Gracias a él, varios rincones del centro serán ocupados por sus objetos/metáforas, en esta ocasión una reflexión sobre España

David Besué ha intervenido varios espacios del Museo Reina Sofía
David Besué ha intervenido varios espacios del Museo Reina Sofía - Belén Díaz

Una nueva edición del programa «Fisuras» permite a David Bestué (Barcelona, 1980) hacer suyos los rincones del Museo Reina Sofía hasta comienzos de 2018 con «Rosi Amor», un proyecto en el que sus piezas de materiales tan inusuales como la carne, el polvo de ruinas y las cenizas sirven como metáforas poéticas de distintos rincones de España.

–No es la primera vez que interviene en el espacio de un museo, ya lo hizo en el MACBA y en el MNAC. ¿Qué es lo que le atrae de este tipo de proyectos?

–En el MACBA fue simplemente una «performance» de una tarde y en el MNAC fue algo más pequeño que esta exposición. Pero trabajar en el Reina conlleva todo el peso tanto de la colección como de la tradición.

–Para este proyecto se ha centrado en tres lugares de Madrid: Las Tablas, Vallecas y El Escorial. ¿Qué conceptos ha querido sacar de cada uno de estos lugares?

–Llevo ya unos meses viviendo en Madrid y, ya antes de que me invitasen a crear esta exposición, quería escribir sobre Sanchinarro-Las Tablas y Vallecas como una forma de entender Madrid, de entender la ciudad. Por un lado, Vallecas sería lo matérico, lo popular, porque ahí es donde está desde Mercamadrid hasta Valdemingómez, que es donde va toda la basura. Es como el estómago, donde se come y donde se eliminan los residuos. También es ya Castilla-La Mancha, es el trigo, es el yeso. Y también están la Escuela de Vallecas y Alberto, que son referentes para mí como escultor. Por otro lado, el norte, Las Tablas-Sanchinarro, es la nueva ciudad, las nuevas instituciones de poder. Sería el cerebro, el centro del poder. Y si en el caso de Vallecas me he servido de lo matérico, en la sala inspirada en Sanchinarro lo que hago es usar técnicas de control láser e informáticas, relacionadas con el modo en que se proyectan las fachadas y los edificios en ese norte de la ciudad. Y el tercer espacio –que está en el sótano– sería lo que está debajo, el subtexto, la historia, el tiempo, el pasado: El Escorial. Me ha servido para hablar del pasado del país. Así que Vallecas es la materia, el norte sería la «forma» –lo figurativo y lo abstracto– y El Escorial sería la tradición.

–Ha empleado materiales muy singulares para este proyecto.

–Desde hace ya mucho me interesa la relación entre la escultura y el lenguaje. Lo que intento hacer con mis piezas es trabajar con una serie de nociones a través de lo matérico: el límite entre lo dicho y lo formal. Así que he intentado trabajar con ese límite y con materiales que no son los usuales en la escultura, sino que son usuales en un contexto real (en este caso Vallecas). Materiales gustativos (sal, azúcar). Otros que evocan lugares específicos, distintas zonas españolas: arena de playa, piedra del Escorial, las marismas de Moguer… Y una tercera categoría sería la de materiales relacionados con lo corporal: la carne, la sangre, el hueso.

–Me parece muy interesante esa unión de lo orgánico y lo mineral en ciertas obras.

–El proceso de crear con diferentes materiales es un proceso de metamorfosis. Lo que me interesa como escultor es poder manipular lo real. Para conseguir eso tengo que pulverizarlo, atomizarlo, desformarlo. Lo que hay entonces es una metamorfosis. Dos de los polos de esta exposición son los bodegones del Barroco español y «Las Metamorfosis», de Ovidio. Por lo tanto, una obra como la tabla «Transición de carne a madera» (2017) es una versión del mito de Apolo y Dafne. Esa transformación de un sujeto a un objeto es algo muy complejo en escultura y lo he hecho de la forma más literal: carne transformándose en madera.

–Otro aspecto de su obra que tiene mucho peso en esta exposición es lo poético. ¿Qué poetas le han servido de inspiración?

Vallecas es la materia, Las Tablas la forma y El Escorial la tradición
–Hace mucho que investigo la relación entre escultura, material y lenguaje. Para esta exposición me he basado en un cuerpo de poetas mayoritariamente españoles. El origen es Góngora, el punto de arranque, que a nivel espacial es El Escorial, contemporáneo a este poeta. A partir de ahí he sentido la atracción del 27, de Juan Ramón Jiménez (de ahí los elementos de Moguer), hay un fragmento del «Olmo viejo» de Machado. Hay otras referencias que no son tan explícitas, sino de lenguaje, de uso de la metáfora. Me hubiera gustado traerlo más hacia el presente, pero me ha costado mucho, quizá porque el imaginario español es todavía muy del 27. Sí hay algún poeta más reciente, como Aníbal Núñez o Enric Casasses, pero si algo echo en falta en la exposición sería que esa convocación de lugares y personas no haya llegado más a lo actual, a un nivel emocional.

–¿Le encuentra poesía a las ciudades?

–La ciudad es como el mirador donde yo me posiciono, pero a partir de ahí esta es una exposición sobre España. Sobre todo Castilla, me ha salido una exposición muy castellana. De Madrid me puede interesar poéticamente algún ámbito, pero no específicamente para esta exposición. En todo caso lo poético sería Vallecas.

–Se ha ocupado mucho de la arquitectura, en sus proyectos y también en sus libros. ¿Cómo se conectan ambas facetas?

–Mi trabajo ensayístico es paralelo a mi trabajo artístico, una especie de cantera que me ha servido para darle vueltas tanto a lo matérico como a lo formal. Ese fue el origen de mi libro sobre Miralles, que es muy melancólico: es un libro sobre un arquitecto que había muerto recientemente y cuyas obras estaban comenzando a desaparecer. Y mis otros dos libros («Formalismo puro» e «Historia de la fuerza») tendrían en común con esta exposición que son visiones del país. Un elemento, como pueden ser la arquitectura o la ingeniería, te pueden servir para hablar de la evolución histórica del país: formal, estructural, tecnológica, etc. Sin duda esos trabajos –que supusieron hacer muchos viajes por el país– son una de las génesis de este proyecto.

–¿Le chirría el discurso oficial actual sobre la arquitectura?

–El problema es que no hay un discurso, hay una carencia de discurso. Lo que más me preocupa y me entristece es que la época anterior a la crisis ha sido un tiempo de un «boom» de la construcción y de la ingeniería (todas las capitales de provincia querían un puente de Calatrava), pero fue una época sin demasiada reflexión arquitectónica, en la que no hubo una pedagogía hacia la población. Y eso es también Sanchinarro-Las Tablas: plantear una nueva ciudad, un nuevo urbanismo, unas nuevas viviendas, una época de construcción masiva, pero sin reflexión. A la gente no se le ha explicado, se les ha construido una forma de vivir que no han podido decidir.

–Para acabar, quería comentar un par de piezas concretas de la exposición. Una es la escultura «00:00h», situada fuera del museo y que se activa sólo a medianoche.

Lo que me interesa como escultor es poder manipular lo real, un proceso de metamorfosis
–Es una escultura que durante el día va a pasar más desapercibida, porque es como un elemento arquitectónico. Pero a las 12 de la noche ese elemento se abrirá y va a pasar algo en su interior, que prefiero no revelar, porque prefiero que la gente tenga que ir allí a esa hora. Me gusta que haya esculturas que duran sólo unos minutos al día, que aparecen y desaparecen.

–De hecho, ha trabajado bastante con lo efímero.

–Sí, el origen de mi trabajo –tanto individual como con Marc Vives– estuvo más centrado en la acción y la «performance» que en lo escultórico. Y cuando trabajas en escultura esa noción de lo permanente y lo provisional es interesante.

–La otra pieza que quería comentar es la que cierra la exposición.

–Quería que fuese un resumen de todo lo anterior. Y añado a la idea de crepúsculo y finalización del día, que entronca con el Barroco y el bodegón: algo que acaba, que está a punto de pudrirse, la fruta madura en la que aparece ya la mosca. Así que está planteado como un final en el que hay un banco y una farola con luz tenue. Y, de una manera muy natural, de la luz crepuscular naranja me vino la idea de las naranjas. Y recordé las plazas y los patios de Córdoba con naranjas amargas caídas de los árboles y quise replicar ese momento de la fruta en el suelo a punto de desaparecer. Así que son naranjas de hueso, de sangre y de carne, una atomización de un cuerpo que se ha disuelto, relacionándolas con un verso de Enric Casasses que dice algo así como «dentro de tres o cuatro siglos te encontrarás perfectamente, porque serás la tarde». El germen de la exposición es la presencia del tiempo y eso también está en la última sala, con un cuerpo sentado y otro cuerpo disuelto por el suelo.

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