MÚSICA

Daniel Ligorio: «Granados convierte en belleza todo lo que toca»

En el centenario de la muerte de Enrique Granados, el pianista Daniel Ligorio publica un monográfico dedicado al autor de «Goyescas». Un programa que busca iluminar las facetas menos conocidas de su personalidad musical

Daniel Ligorio, frente al piano
Daniel Ligorio, frente al piano

Después de su disco dedicado a Gershwin, Daniel Ligorio tenía muy claro que su siguiente grabación llevaría el nombre de Enrique Granados. Por supuesto, un suculento aliciente lo proporcionaba la efeméride (el pasado 24 de marzo se celebraron los cien años de la muerte del autor de «Goyescas»), pero Ligorio defiende desde hace veinte años la obra de Granados en las salas de conciertos nacionales e internacionales, reivindicando también el valor de sus páginas menos célebres, tal como ratifica el programa escogido para este monográfico.

–En su disco no elige al Granados más conocido, el de «Goyescas» o el de la «Danza española nº 5».

–Son piezas que han sido grabadas multitud de veces y no tenía sentido proponerlas por enésima vez. He preferido ofrecer una panorámica menos previsible, pero igual de significativa. «Escenas Románticas», por ejemplo. Es una obra que me viene acompañando desde hace mucho tiempo y, en mi opinión, es de lo mejor que ha escrito Granados. Me parece increíble que se haya grabado tan poco.

–Tal vez porque a algunos pianistas les echa atrás su estructura heterogénea.

–Le diré que una de las mejores sensaciones que he probado en concierto es acabar con «Escenas Románticas». Es una obra que pasa por muchos estados anímicos, pero yo la siento como un ciclo unitario. Nunca he tocado sus piezas por separado y, entre número y número, no suelo hacer mucha pausa. El penúltimo («Allegro appassionato») es bastante complejo y cuando lo terminas le sucede el «Epílogo», que es una suerte de bis. Acabar un concierto de esa manera es de las experiencias más bonitas que hay.

–Granados es un músico admirado y al mismo tiempo criticado por ciertos límites intrínsecos, como la debilidad formal de muchas de sus composiciones.

–Cuando escucho a Granados, veo la influencia que recibió de músicos románticos como Chopin o Schumann. Los «Valses poéticos» son primos hermanos de «Papillons». Siempre me ha fascinado la capacidad de Granados para crear belleza en su escritura. Otros compositores tienen más el don de la estructura, de la unidad. Granados genera en todo lo que toca un rincón, una curva, una melodía…

–Granados es también fundador de una escuela pianística que todavía permanece.

Sí. Granados tiene una relación directa con la Academia Granados/Marshall de Barcelona. En su época, cualquier artista europeo que tocaba en España tenía ahí una audición privada ante la clase elitista de la sociedad burguesa catalana. Era un centro de cultura muy importante. Al morir Granados, cogió el relevo Frank Marshall y de ahí procede la gran Alicia de Larrocha.

–¿Tiene esta escuela unos rasgos propios?

Otros compositores tienen más el don de la estructura. Granados genera en todo lo que toca un rincón, una curva, una melodía...

–La nitidez del toque, el sentido de la pulcritud, y la limpieza en el ataque del sonido. Luego, a medida que ha ido pasando el tiempo y se han sucedido las generaciones, esta filosofía se ha diluido un poco y con la globalización ha recibido también influencias de fuera. Pero sí, estoy convencido de que en aquella época los alumnos que salían de la Academia Granados tenían un perfil interpretativo muy marcado.

–De entre las «Danzas españolas» ha escogido las nº 1, 2, 6 y 9. ¿Por qué razones?

–Ha sido por gusto personal. De la «Rondeña aragonesa» (nº 6) me encanta la parte de jota en medio. La nº9 es la más brillante del ciclo y la más completa a nivel estructural. La «Oriental» (nº 2) se relaciona muy bien con la nº 1, y creo que las dos juntas forman un excelente principio de disco.

–¿Qué recuerdo guarda de Alicia de Larrocha?

–Alicia me enseñó el toque, la forma de activar la tecla, de limpiar el pedal, la forma de «timbrar». Era una pianista diferente a lo demás. No sólo por la calidad del acabado, sino por lo que era su sello: el sonido. El sonido de Alicia de Larrocha era diferente a todo lo que he escuchado, y no sólo en España. Era un toque distinto, un poco como el de Glenn Gould, que no sabes cómo lo genera.

–¿Qué más pianistas le gustan?

–Me gusta mucho Clifford Curzon, pianista inglés de la antigua escuela con un sonido muy nítido. También Dinu Lipatti, exponente de un pianismo que busca no tanto la perfección, sino parar el tiempo.

–Además de Granados, ¿qué más autores españoles tiene en repertorio?

–He tocado mucho a Falla. A Albéniz bastante menos. De los tres grandes, quizá sea el que menos me gusta; tengo que plantearme tocarlo más. Grabé hace tiempo el «Concierto heroico» de Rodrigo, una obra interesante y que voy a llevar próximamente a Rusia de gira. Luego, soy un gran fan de Mompou, otro músico que busca la luz y la belleza como Granados pero de manera diferente: Mompou lo hace a través de la mínima expresión, del timbre. Su padre hacía campanas y este tipo de sonoridad le marcó. Es un compositor a tener muy en cuenta; tiene un universo sonoro único.

–¿Será Mompou su próximo disco?

–Podría ser.

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