Imagen de la serie «El cuento de la criada»
Imagen de la serie «El cuento de la criada»
CINCO MINUTOS DE GLORIA

«El cuento de la criada»: de cuento, nada

La distopía de Margaret Atwood parece tan verídica, pese a las licencias literarias, que da asco

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Margaret Atwood publicó en 1985 El cuento de la criada, en cuya historia se inspira una de las series de televisión con más y merecido éxito de las últimas temporadas. Sin embargo, yo he sido incapaz de pasar del primer capítulo. Me inundó una sensación de asco, de vómito, ante este cuento o pesadilla sobre un mundo en el que las mujeres se dividen en fértiles y no fértiles. Y ambas viven al antojo de los hombres. Las primeras son las «criadas» de los machos alfa de la camada, y también de aquellas mujeres, esposas legales, que buscan satisfacer la necesidad -o imposición social- de la maternidad y que no pueden cumplir, dada su infertilidad. Las criadas son una especie de amas de cría, entre objetos sexuales y vientres de alquiler, cuya vestimenta se asemeja a la de unas monjas en una comunidad opresiva. Hay intentos de rebeldía a los que se responde con una crueldad brutal. Estas fueron las pinceladas que extraje del primer capítulo y no quise, ni pude, ver más.

La historia de 1985 pertenece al género de la distopía, pero las noticias nos colocan, un día sí y otro también, delante de casos de abusos sexuales y violaciones reales cuyas penas y castigos han generado polémica e indignación. La distopía de Atwood parece tan verídica, pese a las licencias literarias, que hasta algunos de sus colegas del gremio se han visto salpicados con el escándalo de la presunta verdad publicada en un medio. Poco después de que Junot Díaz, premio Pulitzer, revelara que fue violado a los ocho años, varias autoras le acusaron en Twitter de abusos sexuales y conducta inapropiada. A las horas, en la misma red social, la escritora Mary Karr contó que el sacrosanto David Foster Wallace, con quien mantuvo una relación, intentó tirarla de un coche en marcha, entre otras lindezas. Se intuía, pero nadie quiso contarlo con pelos y señales. Ni su biógrafo, D. T. Max, que dedicó apenas unas líneas de su biografía a estos sucesos. Ella ha sido quien ha tenido que recordarlo. De la distopía a la realidad. Para vomitar.