A Josephine Baker (en la imagen) dedica Adolfo Salazar uno de sus artículos
A Josephine Baker (en la imagen) dedica Adolfo Salazar uno de sus artículos
MÚSICA

«Cuba y las músicas negras», Salazar en la isla caribeña

El gran musicólogo Adolfo Salazar plasmó su interés por la música popular cubana en unos admirables textos

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La música española del siglo XX no sería la misma sin la aportación de Adolfo Salazar (1890-1958). Musicólogo y crítico musical, Salazar realizó, principalmente desde las páginas del diario madrileño «El Sol», una fundamental labor para superar el histórico atraso que arrastraba el ambiente musical español. Apoyó las nuevas generaciones de músicos, buscó situar al oyente en el flujo del presente europeo y ejerció una aguda labor de divulgación de repertorios que hasta entonces habían tenido escasa repercusión en ámbito español (el «Lied» alemán, por ejemplo). Su nombre suele aparecer en conexión con Falla, Turina o el Grupo de los Ocho. Menos conocida es, en cambio, su dedicación a los géneros populares de la música cubana, el son y la rumba, de los que estudió con detenimiento sus elementos de procedencia africana.

Salazar adquirió un conocimiento de primera mano de la música popular cubana durante un viaje a la isla realizado en la primavera de 1930 para impartir un ciclo de conferencias. Aquella estancia supuso una inmersión en profundidad tanto en los sonidos como en los aromas y colores de la realidad cubana. Salazar gustaba de vagabundear por las calles y sumergirse en la magia oscura de unas músicas que, tras abandonar la languidez de las antiguas habaneras, «suben de punto según la noche avanza y que corroen el cerebro conforme el bacardí abrasa las entrañas».

Creer en las jerarquías

Fruto de aquella experiencia es la espléndida serie de artículos titulada «Paisajes de Cuba» y publicada a modo de reportaje en «El Sol» tras su vuelta a España. En estos textos uno no sabe si admirar más al musicólogo o al escritor por la belleza de su prosa y por su capacidad para recrear la sugestión de los ambientes y de la gente de allí, como cuando evoca «la comicidad dolorosa de las grandes viejas negras, ondulantes como barcos desencuadernados en un mar de gasas desteñidas».

En estos textos, uno no sabe si admirar más al Salazar musicólogo o al escritor

«Paisajes de Cuba» constituye el punto álgido del volumen «Cuba y las músicas negras», en donde Jesús Cañete Ocho ha reunido los escritos de Salazar ligados a la isla caribeña. No faltan en esta atractiva recopilación otros artículos de enjundia, algunos de carácter más marcadamente musicológico como los dedicados a Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, principales exponentes del movimiento afrocubanista. Tampoco faltan análisis de otras músicas negras como el jazz o una impagable semblanza de Josephine Baker.

Entre finales de 1937 y principios de 1938, Salazar regresa a Cuba tras un periplo que le llevará finalmente a México, donde será uno de los fundadores de la Casa de España y donde morirá en 1958. En esta segunda estancia, concede una entrevista al periodista cubano Arturo Ramírez que termina con una declaración de sabor orteguiano: «Soy republicano por convicción, liberal por inclinación y demócrata por extracción: soy hijo del pueblo y al pueblo pertenezco pero no a la “masa”. Creo en las jerarquías, aunque solo considero legítimas las que están fundadas en la excelsitud del talento o en la grandeza del corazón». Excelso fue Salazar en talento y corazón. Le aguardaban dos décadas de exilio.