Vallejo trabaja en uno de sus dibujos en su habitación-taller - J. R. LADRA
DE PUERTAS ADENTRO

El cuarto permeable de José Antonio Vallejo

Ha sido siempre una habitación familiar en una vivienda de un barrio popular de Madrid. Pero José Antonio Vallejo ha conseguido transformarlo en un taller en el que el imaginario de su infancia –que incide en su presente– salta a sus dibujos

MADRIDActualizado:

Estamos acostumbrados a recalar con esta sección en entornos que tienen una historia: talleres ahora de artistas que en el pasado fueron imprentas, o pequeños negocios, o locales que anteriormente pertenecieron a otros creadores... Hasta un párking que nunca ejerció de tal por un error en su construcción han llegado a ver nuestros ojos. Y por estas pequeñas historias nos gusta preguntar, porque en ocasiones dejan alguna impronta en la labor del actual propietario mientras lleva a cabo su trabajo artístico. Todo esto no significa que no hayamos entrado ya en estudios que están instalados en viviendas: espacios que se construyeron para tal fin, adosados a la casa principal, o que ocupan sin más una de sus estancias: el salón, un trastero, una habitación en desuso...

Sin embargo, es muy probable que ésta sea la primera vez que acabamos en una habitación en la que su propietario no sólo concibe su obra, sino que también duerme o almacena tanto sus materiales de trabajo como su ropa o sus juguetes de infancia. Juntos pero no revueltos. Y, que, a su vez, fue la típica alcoba que se heredó de unos hermanos mayores (hermanas, en este caso) y cuyo rastro aún llega hasta nosotros, porque así es preciso que fuera: «Aquí había dos literas –nos cuenta José Antonio Vallejo–, que yo heredé junto a los papeles pintados de las paredes, algunos muebles, algunos recuerdos... Este cuarto se ha ocupado siempre de forma muy orgánica por todos los que lo hemos habitado». Y, en el caso de este artista, se ha modificado de forma artesanal.

Dar cabida a las dos hermanas

No crean que esta estancia no cuenta con su propia historia, como la de los grandes talleres. Cuando Vallejo la toma como suya era necesario transformarla de lo que fue el espacio ideal para dos adolescentes al entorno de un artista, en el que el almacenaje es fundamental. Su dueño actual no renunció a retirar todo el papel pintado de bonitas flores («No hay nada ni nadie que no quede bien frente a ese fondo», confiesa entre risas), aunque allí donde lo cubrió si que esta acción fue considerada una herejía por sus familiares. Y sacó las dos literas para adecuarlo todo a sus necesidades. Esa pequeña reforma (o grande, para un habitáculo que no es excesivamente amplio, en una vivienda en el barrio de Orcasitas), se llevó a cabo en 2009, gracias al dinero obtenido con la primera exposición del artista, reamueblando la habitación «intentando dar también cabida a mis hermanas, sin que ellas saliesen del espacio». No me digan que esta no es una historia, la intrahistoria de un lugar, maravillosa...

Uno de los múltiples espacios de almacenamiento en la habitación
Uno de los múltiples espacios de almacenamiento en la habitación-J. R. LADRA

Y por eso, además del papel pintado, en la estancia pueden llamar la atención un gran cuadro con un puzle que, debido a los ajetreos del tiempo, ha perdido algunas de sus piezas («ahora parece una obra conceptual», nos dice su propietario hoy, sin pretender ser nada de eso este ejercicio infantil). O dos pequeñas manualidades enmarcadas sobre la ventana, dos casitas de arcilla sobre fondo azul que recuerdan a regalo de día de la madre, sin que hayamos podido confirmar este punto.

«Soy un niño que ha crecido y que ha tenido la suerte de poder seguir dibujando. Y mi relación con los objetos de mi infancia, a la hora de trabajar, es muy fuerte»

Pueden que llamen la atención, o que pasen totalmente desapercibidas, porque Vallejo se mueve en un «horror vacui» personal en el que no hay nada que no tenga su sitio. Así lo describe él: Sobre la cama, su museo personal. Piezas de otros artistas (David Delgado Ruiz, Guillermo Martín Bermejo...), resultado de intercambios, incluido un facsímil de «Alicia en el País de las Maravillas», de John Tenniel, que tanto ha influido en su imaginario («Con todo ello me gusta acostarme cada noche y levantarme por la mañana»). Justo debajo, la cama, en cuya parte inferior se encuentran organizadas en cajas –y siguiendo un escrupuloso orden, como si de un tetris se tratara– las esculturas (obra quizás menos conocida), realizadas hasta la fecha por este autor. Sobre la misma, Vallejo coloca un tablero grueso que le sirve de mesa de trabajo y en la que suele realizar procesos más o menos mecánicos («como pintar pelitos en las piernas», bromea). Cuando además saca la cajas de materiales, los objetos necesarios para trabajar, «aquello se convierte en una jungla; una especie de arquitectura efímera».

Disfraces, muñequitos y juegos de té

El resto de la estancia es una auténtica zona de almacenaje, en el que uno puede encontrar de pronto desde disfraces, materiales, juegos de té o los muñequitos que te regalan en la hamburguesería de turno con tu menú completo; legos y playmobils, junto a esos fetiches que nos salen al encuentro y que son los muñecos que han configurado el imaginario tan personal de este dibujante: la cabeza de un oso de peluche; aquella primera impresión que hizo en 3-D de otro plantígrado («el origen de algo muy bonito»), que luego él pintó de blanco y que conserva como si de un gran trofeo se tratase; el juguete favorito de la infancia, hoy desteñido y manoseado, pero al que se obliga tener que ver cada vez que se ha de coger un lápiz, vigilando como está de todo desde su hueco en la estantería; uno de los modelos anatómicos (este se llama «Huesitos») que posee el artista, y del que tiene que unir sus cubiertas con lazos, del trote al que han sido sometidas las piezas a lo largo de los años...

Vallejo aprovecha el espacio entre la cama y el armario para trabajar en vertical
Vallejo aprovecha el espacio entre la cama y el armario para trabajar en vertical-J. R. LADRA

¿Por qué es necesario vivir rodeado de todo esto?, le preguntamos: «Necesito que la habitación y las paredes estén llenas de vida. Soy un niño que ha crecido y que ha tenido la suerte de poder seguir dibujando. Mi relación con los objetos a la hora de trabajar es muy fuerte. Tengo necesidad de rodearme de ellos, por eso lo más fácil es que yo vuelva a donde todo surgió, la casa en la que me crié, en vez de trasladarlos a otro sitio, lo que habría supuesto una selección de los mismos que no sé si estaría dispuesto a realizar». De forma que, para Vallejo, trabajar en el cuarto de su infancia no es un elección. Ni siquiera una imposición económica (él reconoce que cuenta con una segunda residencia en Talavera en la que pasa los fines de semana y donde trata de desconectar –«a veces es necesario tomarse vacaciones de uno mismo», admite–). Es más bien una necesidad. Y una necesidad porque hasta su propia familia es una pieza fundamental del proceso creativo.

Las mejores migas en kilómetros a la redonda

Hay creadores a los que les influyen otros creadores con los que comparten espacio. En el caso de Vallejo eso también pasa (con Rocío Rivas, por ejemplo, con la que, pese a que vive en Marbella, habla por teléfono casi a diario). Pero en él, esa faceta la cubren sus familiares (entre los que se encuentra algún que otro artista) y a los que el dibujante atiende a pies juntillas: «Sobre todo a mi madre y a mi abuela (una extremeña adorable que nos confiesan hace las mejores migas en kilómetros a la redonda). Ellas son las que se fijan si me estoy repitiendo («¿Otra vez estás con lo mismo?»), si soy demasiado explícito («Eso es una cochinada»), o si me estoy desviando del mensaje («¿Es eso realmente lo que querías decir?»). Todos mis dibujos parten de mi figura, de mi propia silueta, y para eso me hago mil fotos en este mismo espacio. Aquí están ya curados todos de espanto, porque me han visto en posturas imposibles...».

Detalle de la pequeña colección que Vallejo atesora de otros artistas
Detalle de la pequeña colección que Vallejo atesora de otros artistas-J. R. LADRA

Es interesante reparar en ese proceso, en cómo la habitación se transforma en taller –como le gusta definirla a Vallejo–. Tras la toma de las fotografías a las que alude, el artista las imprime, pero sin cargar las tintas, dando pie a imágenes muy tenues. Es en una pared que queda entre la cama y el armario, y que el creador usa como «corcho» de apuntes y avisos, en la que los cubre de grafito por la parte posterior, para luego remarcar ya sus contornos sobre el soporte final, generando así las composiciones oportunas y dando pie a las obras como si de un calquito se tratara. Formas que luego serán coloreadas sobre la cama: «Me gusta componer en vertical porque es así como se van a ver finalmente los resultados. Trabajo en varias piezas a la vez, sobre la cama o en caballete, porque es la mejor forma de continuar cuando una se atasca y no encuentra una solución a un proceso».

Vallejo sabe que antes o después tendrá que salir de esa alcoba: «Noto que mi dibujo está creciendo y es bueno que se desarrolle en otra parte»

Vallejo sabe que más pronto que tarde tendrá que salir de este taller-alcoba. Lo más posible es que eso ocurra en 2019, año en el que se avecinan «cambios personales» importantes: «Noto que mi dibujo está creciendo y es bueno que se desarrolle en otra parte». Del bagaje anterior, del de la época universitaria, sólo le queda ya la escala del papel, que es la que empleaba cuando se especializó como grabador. «Sin embargo, y aunque siempre he tendido a formatos íntimos porque era lo que necesitaban las composiciones, ahora estoy más centrado en el estudio de los espacios, por lo que estoy tendiendo a abrirme incluso a la tridimensionalidad».

Nuestro anfitrión ha tendo un mes agitado, pese a ser un hombre de procesos seguros y delicados, lo que lleva a tiempos de exposición prolongados («Ofrezco una buena técnica, con la que soy respetuoso, de igual forma que soy muy respetuoso con los materiales», afirma): Individual en La Casa Amarilla, participación en We Are Fair, colaboraciones con DDR Art Gallery... En ese cuarto tenemos la sensación de cuando éramos niños y nos encerrábamos en los de los amigos, mientras llovía en la calle y en la habitación sucedían cosas maravillosas con fecha de caducidad, antes de que nos interrumpiera algún padre o alguna madre soliviantados por no saber que se gestaba tras la puerta. «Es bonito ser adulto, y que el bagaje de la infancia te acompañe todo el rato. Pero, por el bien del dibujo, conviene alejarse». Ahora bien, de momento, no hay una prisa loca por hacerlo. Sigamos disfrutando. Cinco minutos más...

Vallejo, entregado a un dibujo sobre la cama
Vallejo, entregado a un dibujo sobre la cama-J. R. LADRA