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«El crimen del ómnibus», los milagros del folletín

Descubrir a un autor nuevo y una historia fascinante, eso son los dos grandes méritos de este libro del XIX

Fortuné du Boisgobey, autor de «El crimen del ómnibus»
Fortuné du Boisgobey, autor de «El crimen del ómnibus»

Con una sugerente y didáctica introducción de Juan Mari Barasorda aparece en librerías una nueva entrega de la estupenda colección «Misterios de Época», con la que la editorial asturiana dÉpoca pretende ofrecernos un muestrario lo más completo posible de la novela policíaca antes de la novela policíaca «stricto sensu», o sea, la que, a partir de pioneros fue consolidando su etiqueta a lo largo de la centuria decimonónica. No me avergüenza confesar que hasta que me enfrenté al prólogo de Barasorda no tenía la más mínima idea de quién era el tal Du Boisgobey. Y confieso también que no hay nada que pueda satisfacerme más que aprender cosas nuevas. Después de leer «El crimen del ómnibus» no es fácil que me olvide del nombre y de la peripecia biográfica de su autor, porque he disfrutado una barbaridad.

Antes de decirles por qué me ha divertido tanto, les diré que Fortuné-Hippolyte-Auguste Abraham-Dubois, «dit» Fortuné du Boisgobey, nació en Granville (Normandía) en 1821 y murió en París casi setenta años después. Procedía de una familia de origen aristocrático, los Boisgobbé o Boisgobey, que cambiaron su lustroso apellido por otro más «democrático» en los tiempos difíciles de la Revolución. Pocos folletinistas me he topado hasta ahora, en mi condición de adicto al género folletinesco, tan brillantes como él en un siglo en el que, solo en Francia, había competidores de la talla de un Dumas padre, de un Eugène Sue, de un Paul Féval.

Después de leer «El crimen del ómnibus» no es fácil que me olvide del nombre de su autor

Pero Boisgobey añade al folletín, de raíces históricas o sociales, el componente criminal que le faltaba, erigiéndose junto a Wilkie Collins en el rey del folletín policíaco europeo. Tanto es así que, en la mismísima Inglaterra, tan pródiga en paleonovelistas policíacos, su narrativa fue traducida y devorada con avidez en los años 70 y 80 del siglo XIX, hasta que apareció «Estudio en escarlata» de Conan Doyle en el Beeton’s Christmas Annual de 1887, inaugurando las hazañas del incomparable detective Sherlock Holmes y batiendo marcas de ventas. Por eso me parece rarísimo que el reciente «Dictionnaire des littératures policières» de Claude Mespiède, mi guía imprescindible de viaje por la literatura policíaca, no incluya la voz Boisgobey en el tomo I de la obra.

Enigma de habitación

Ausencias injustificables aparte, «El crimen del ómnibus» es un enigma de habitación cerrada en movimiento, como lo será más tarde la célebre novela de Agatha Christie «Asesinato en el Orient Express». Los detectives son aquí dos pintores, uno formal y exitoso y otro disparatado y bohemio, que responden, respectivamente, a los nombres de Freneuse y Binos. El primero de ellos viajaba en el ómnibus en el que fue asesinada una joven italiana por oscuros motivos económicos relacionados con la herencia de un padre francés que siempre se negó a reconocer su paternidad. Líos, pues, de familia, como corresponde a un folletín, chicas monas y pobres que se ganan la vida posando para pintores afiliados aún al realismo preimpresionista de un Courbet o de un Corot, un burgués tan ávido de bienes materiales como solo los burgueses de entonces podían serlo… Toda una galería de personajes que entrecruzan sus vidas de forma milagrosa, porque en el folletín no solo no están prohibidos los milagros, sino que forman parte de su estructura, como para hacernos ver que el azar puede, a veces, compadecerse de nuestras aburridas existencias en forma de descubrimientos literarios como este mío de Fortuné du Boisgobey.

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