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Henry Marsh: «El corazón es sólo un músculo que bombea. Si no tuviésemos cerebro, seríamos robots»

El neurocirujano británico ha dedicado su vida al cerebro. A pesar de ello, sigue haciéndose la pregunta de qué esconde la mente. Su respuesta está en «Ante todo, no hagas daño». Una aproximación a ese enigma que nos hace ser quienes somos

Henry Marsh, examinando imágenes del cráneo de uno de sus pacientes
Henry Marsh, examinando imágenes del cráneo de uno de sus pacientes - Geoffrey Smith

Los capítulos de este libro llevan encabezamientos como «Pinocitoma», «Aneurisma», «Hemangioblastoma», «Meningioma», «Neurometsis» y «Leocotomía». El nombre de dolencias cerebrales o del sistema nervioso. Entre medias, aparecen también los títulos «Trauma» y «Melodrama». Ambas, consecuencias más que probables si alguien padece uno de estos procesos, cuya cura depende del buen tino y pulso de un neurocirujano. Por la manos de Henry Marsh (Oxford, Reino Unido, 1950) han pasado más cerebros que cráneos por la de un actor especializado en el «Hamlet» de Shakespeare. De esta experiencia recitando el «ser o no ser» todos los días de su vida bajo las luces de un quirófano, nace este libro, «Ante todo, no hagas daño». La memorias de un médico enfrentado a los «otros» enigmas de la mente. «Aquella intervención se realizaba en el cerebro, el misterioso sustrato de todos los pensamientos y sentimientos, de todo lo importante en la vida del ser humano; un misterio tan grande, me parecía, como las estrellas en la noche y el universo que nos rodea», escribe Henry Marsh. No imaginen a un doctor House contando sus anécdotas de superhéroe de la medicina. El argumento de este libro encadena una operación tras otra, con un ritmo vertiginoso y un ser humano, Henry Marsh, de profesión neurocirujano, que se pregunta una y otra vez por lo que la mente esconde.

–El título de su libro, «Ante todo, no hagas daño», suena a mandamiento inapelable. Para usted, más que una máxima profesional, parece vital.

–Se dice que forma parte del juramento hipocrático. Del médico griego Hipócrates, aunque, en realidad, no lo dijo. Forma parte de la ética tradicional de los médicos, que apunta que no debes causar daño: «Primum non nocere» en latín. El título tiene buenas dosis de humor inglés, irónico, porque el problema de la medicina moderna –especialmente en las operaciones de neurocirugía que yo practico– es que tienes que aceptar que a veces puedes provocar mucho daño. Tienes que correr riesgos en nombre de tus pacientes, y tienes que aprender a aceptar que algunos pacientes no se recuperan y quizás mueran. El libro se centra en lo difícil que es la cirugía cerebral. No del hecho en sí de operar, sino de aceptar la situación que se puede derivar –con la familia, con el paciente– cuando la operación empeora las cosas. Es muy difícil y muy doloroso. Es muy difícil ser honesto, incluso contigo mismo, no solo con el paciente o con la familia, si ha salido mal.

–¿Usted entona un «mea culpa» en toda regla?

–Es muy importante que la gente entienda que la medicina, especialmente la cirugía y la cirugía cerebral, no es como entrar en una tienda y comprar algo, o como ir a un taller y pedir un recambio. Es una toma de decisiones a menudo muy difícil. No es blanco o negro, a menudo adopta todas las formas; es gris... Ser un buen médico es muy difícil psicológica y emocionalmente, y muy doloroso.

–Por supuesto, pero...

–El problema es psicológico, no técnico.

–Me pregunto por qué elige el cerebro como un objeto de estudio médico y no el corazón, por ejemplo, o, qué sé yo, el esqueleto.

No entendemos el cerebro. Aunque se han realizado muchas investigaciones, seguimos sabiendo muy poco sobre él

–Porque el cerebro es lo que hace que seamos personas. Las operaciones en este campo se hacen con microscopio. Es muy delicado, y es muy excitante porque resulta muy peligroso. No hay problemas menores en la cirugía cerebral. Me atrae intelectualmente por su interés, y también, en cierta manera, el sentido de la emoción y del drama que entraña. Los cirujanos se convierten en cirujanos porque, en cierta manera, les «tira» la emoción.

–Aunque usted comenta que ha escrito un libro sobre medicina, yo diría que va más allá. En el fondo, los enigmas médicos sobre el cerebro, que usted describe, tienen una lectura filosófica. Por ejemplo, escribe que el cerebro es el órgano principal de nuestro cuerpo y el corazón es sólo un músculo.

–El cerebro es donde está todo nuestro pensamiento, nuestros sentimientos y nuestra personalidad, nuestras opiniones. Todo viene de nuestro cerebro. El corazón es solo una bomba. Necesitamos todos nuestros órganos, nuestros riñones, nuestros hígados, nuestros pulmones... El corazón es solo un músculo que bombea. No creo en la vida después de la muerte. Si no tuviésemos cerebro seríamos robots.

–Y si extrapolo lo anterior, ¿pesa más la razón en el ser humano que la pasión o el sentimiento?

–¿La razón?

–Me refiero al sentido común.

–No creo que la mente esté separada del cerebro. Forman parte de la misma sustancia. Cuando morimos, nuestra alma muere. No queda nada. Creo, como neurocientífico, que todos los pensamientos y todos los sentimientos son un proceso físico. Todo lo que dices, piensas y sientes en el momento, aunque sea un pensamiento increíble, extraordinario e incomprensible, se corresponde con la actividad física y eléctrica de las células nerviosas. No entendemos el cerebro. Lo único que sabemos es que el pensamiento está demostrado eléctricamente. Aunque se han realizado muchas investigaciones sobre el cerebro y sobre cómo funciona el cerebro, seguimos sabiendo muy poco sobre él.

–En el libro recuerda que antes de ser médico usted estudió Historia...

–Cursé estudios en Oxford.

–También de literatura; y recaló, finalmente, en interpretar el cuerpo humano...

–Estudié filosofía, políticas y economía en muchas universidades. Realicé diferentes trabajos. Luego fui a la facultad de medicina. No llegué a ser médico hasta los treinta años, que es más tarde de lo normal en Inglaterra.

–Su perfil rompe el estereotipo de médico o científico muy poco interesado por todo lo que no sea el mundo empírico.

A los pacientes les gustaría que fuéramos como dioses. Los médicos pueden corromperse fácilmente y creerse mejores de lo que son

–Creo que al haber estudiado políticas y filosofía supuso una diferencia para mí a la hora de entender la medicina. En Inglaterra, los médicos van directamente a la facultad de medicina desde el instituto, a los dieciocho o diecinueve años, y tienen una formación menos amplia.

–Perdóneme la broma, pero cuando leía el libro y sus experiencias como neurocirujano con un cerebro entre las manos, me lo llegué a imaginar cual Hamlet con la calavera y diciendo aquello de «Ser o no ser»...

–Cuando era joven me vestía de negro... Mi Hamlet ha crecido...

–Como le dije, era sólo una broma. Pero volviendo a lo que hablábamos antes, usted cree, al igual que Descartes, que el cerebro y la mente no son entidades separadas.

–Creo que la mente es un aspecto del cerebro. La mente es una palabra que usamos para describir lo que hace y produce el cerebro. No está separada del cerebro.

–Descartes también apunta que el alma se localizaba en la glándula pineal.

–Eso fue hace quinientos años. No creo que nadie creyera que el alma estaba en la glándula pineal.

–De acuerdo. Permítame preguntarle si todos los cerebros son iguales.

–Todo lo que pensamos y sentimos es un hecho físico en nuestro cerebro. Todos nosotros somos personas diferentes y tenemos cerebros diferentes, pero todos los cerebros están hechos con el mismo soporte, como todas las casas tienen ventanas, puertas y diferentes habitaciones. Lo que ponemos en esas habitaciones, los libros que tenemos en nuestras estanterías y las conversaciones que mantenemos en esas habitaciones son diferentes en cada persona.

–¿Es más fácil «operar» eso que llamamos materia gris, el cerebro, que entrar en el mundo del subconsciente, de lo sueños, de los recuerdos...?

Los escáneres modernos han demostrado que la música está por todo el cerebro. Muchas personas cantan antes de hablar

–La neurocirugía, al operar en el cerebro, es muy cruel, muy dura. Es como usar un mazo, un martillo muy grande, un instrumento que usamos, sobre las células del cerebro, que son muy pequeñas. La cirugía cerebral, en comparación con la complejidad del cerebro, es muy dura y muy cruel. ¿Sabe?, como he dicho, entendemos muy poco realmente del cerebro. Conocemos qué partes del cerebro intervienen en el movimiento, en la visión... Pero sabemos muy poco de cómo funcionan los sueños en el cerebro, o del subconsciente. Los neurocirujanos no saben nada de eso, nadie lo sabe.

–Entonces ¿qué piensa de la psicología o de la psiquiatría?

–Me parecen muy interesantes. Hay mucha psicología y psiquiatría en el hecho de ser médico y hablar con los pacientes enfermos y que tienen problemas, y también en entender cómo uno se siente con respecto a los pacientes. No existe una contradicción entre el hecho de creer que el sentimiento es un proceso físico y en creer en la psicología y en la psiquiatría. Las ideas de Freud acerca del ego y del inconsciente no me parecen muy científicas, pero eso no quiere decir que el psicoanálisis no pueda funcionar, aunque sea una teoría disparatada.

–¿Se ha acercado a Freud para entender mejor su propio trabajo?

–Creo que leer y entender algo de psicología y el haber vivido periodos difíciles en mi vida me ha ayudado a afrontar la profesión. No a operar, pero sí a enfrentarte con pacientes y sus familias. Es importante para ayudarte a entender un poco cómo se comportan las personas.

–Comprendo lo que quiere decir...

–A medida que me he hecho más mayor he entendido que el inconsciente desempeña un papel muy importante en nuestras vidas. Cuando tomamos decisiones, están influidas por nuestros sentimientos. No elegimos nuestros sentimientos, vienen de muy dentro de nosotros.

–¿Piensa que es posible interpretar nuestro cerebro?

–Creo que es casi imposible. Entendemos muy poco de él. Sabemos más o menos de qué partes del cerebro proceden los sentimientos. No sabemos cómo ni por qué todo encaja.

–Usted convive con la muerte todos los días y la vida de un paciente depende de un simple y sutil movimiento de sus manos. ¿Cómo asume esto?

–Es decepcionante. Cuando eres médico, ves cosas terribles. Cuando te haces mayor, muchos pacientes son más jóvenes que tú. Puedes pensar que tienes mucha suerte de estar vivo. Las preocupaciones que tengo por mis ingresos económicos o mi vida cotidiana resultan triviales. Pero me temo que no he aprendido mucho. Me sigo preocupando por mis propios problemas. No debería decirlo, pero tengo mucha suerte de estar vivo y de no tener los problemas que sufren mis pacientes. Hace tiempo, me puse enfermo, tuve un problema en los ojos, un desprendimiento de retina. Cuando me operaron, entendí que no era nada comparado con lo que padecen mis pobres pacientes. Mi experiencia personal como médico me enseñó algo en mi propia vida. Normalmente, los médicos tomamos un poco de distancia. En algunas ramas de la medicina todo resulta más sencillo, pero en la cirugía cerebral surgen problemas continuamente. Incluso un pequeño error puede tener terribles consecuencias para tus pacientes. Es muy doloroso y muy difícil, y tienes que aceptarlo.

–Señor Marsh, después de tantos años de trabajo, ¿son más las preguntas que las respuestas?

Sabemos más o menos de qué partes del cerebro proceden los sentimientos, pero no cómo ni por qué todo encaja

–Creo que a medida que me hago mayor entiendo cada vez menos. Me doy cuenta de lo poco que sé y de lo poco que me entiendo y de lo poco que entiendo a otras personas. Es una paradoja. Soy consciente cada vez más de mis propias limitaciones. Doy muchas conferencias para otros médicos, y es muy importante que otras personas sean mejores, al conocer cuáles han sido mis fallos. Es muy importante, para que la medicina sea buena y segura que todos los médicos trabajen juntos y cooperen, y que no caigan en la competencia y en la envidia. Creo que el tener buenos colegas es la lección más importante que he aprendido. También he tenido mucha suerte porque en mi departamento de neurocirugía tengo muy buenos colegas y amigos.

–Eso es muy importante en cualquier tipo de trabajo, pero en el suyo, mucho más.

–A los pacientes les gustaría que fuéramos como dioses. Hay un famoso dicho inglés que apunta que «el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente». Los médicos, especialmente los cirujanos, pueden corromperse fácilmente y creerse mejores de lo que son.

–A un neurocirujano le pregunto por un neurólogo. ¿Conoció a Oliver Sacks?

–No, no conocí a Oliver Sacks. Pero he leído sus libros. Es muy bueno.

–Se lo comento porque, entre sus teorías, una de las que más me llama la atención se refiere a que la música es lo último que se pierde o desaparece incluso en los cerebros más dañados.

–Hace muchos años, antes de los escáneres cerebrales, se pensaba que la música se localizaba en una parte del cerebro llamada lóbulo temporal derecho. Pero los escáneres modernos han demostrado que la música está por todo el cerebro. La música es algo fundamental para el cerebro. Se sitúa muy cerca del habla. Muchas personas cantan antes de hablar.

–Hace unas semanas entrevisté al especialista en arte contemporáneo William Gompertz, quien defiende en su último libro que todas las personas podemos pensar como artistas, que debemos confiar en nuestro lado más imaginativo. ¿Usted se considera un artista?

–Le responderé sinceramente que sí. En Inglaterra se supone que no tenemos que presumir, siempre tenemos que tener eso que se llama falsa modestia. Creo que mi libro tiene tanto de obra de arte como de obra de medicina. Me siento un poco avergonzado de decir esto. En inglés, hablar de arte es hablar de palabras mayores.

–Es sorprendente cuando describe el cerebro de forma tan poética. ¿Cómo lo consigue?

–Provengo de una familia muy literaria. Mi mujer es escritora, y muy buena. Creo que no puedes ser un buen escritor si no lees mucho. He leído mucho. Había muchos libros en mi casa familiar. Soy el pequeño de cuatro hermanos, y siempre intentaba leer los libros que tenían mis hermanos mayores. Siempre he leído mucho. Lo hacía mientras estudiaba políticas, filosofía y económicas en la universidad. Siempre me ha encantado el idioma inglés, e intento escribir los libros con un lenguaje muy sencillo y muy corriente. En parte porque las historias son duras y no necesitan que los editores las hagan más intensas. Por otra parte, antes de publicar este libro se lo enseñé a mi mujer y a amigos. Les pedí ayuda y consejo, y les pregunté qué pensaban. Algunos de ellos son escritores profesionales. Es como cuando decía que en medicina es importante tener buenos colegas; aquí tienes que tener buenos amigos que te comenten y vean lo que has escrito.

–¿Cuál ha sido el último libro que ha leído?

En la cirugía cerebral un pequeño error puede tener terribles consecuencias. Es muy doloroso y muy difícil, y tienes que aceptarlo

–El último libro que he leído es la Historia del mundo escrita por un historiador británico Peter Frankopan y titulada «The Silk Roads. A New History of the World» («Caminos de seda. Una nueva Historia del mundo»). Se trata de observar el mundo desde Asia Central. En China y Oriente Próximo se cuecen muchas cosas. También estoy leyendo un libro muy bueno en este momento sobre chimpancés y moralidad; sobre la moralidad en los chimpancés.

–Si le pido que me recomiende una novela o un libro concreto, ¿cuál sería?

–Muchos. ¿Pensando en España?

–No, incluso aunque no esté traducido.

–Uno de mis libros favoritos es de un viajero inglés que murió hace muchos años, Norman Lewis, que pasó varios años viviendo en la Costa del Sol antes de que se convirtiese en un complejo turístico. Se llama «Voices Of The Old Sea» («Voces del viejo mar»). Él hablaba español con fluidez. Es un libro muy bonito sobre España después de la Segunda Guerra Mundial antes de que el turismo de masas llegase a la Costa. Norman Lewis es uno de mis escritores favoritos. Escribía con un estilo muy sencillo y humilde. Es un hombre fantástico, un viajero fantástico.

–Al ser este libro una especie de memorias médicas, también cuenta su experiencia profesional en Ucrania en tiempos de la Unión Soviérica. Un tanto rocambolesca. ¿Esa ha sido su vivencia más surrealista?

–He vivido experiencias muy surrealistas. Sigo trabajando en Ucrania, y volveré allí dentro de tres semanas. También participé en el Maidán, en la revolución que se vivió en las calles de Kiev. Estuve en varias ocasiones cuando se vivieron aquellos días. Fue una experiencia extraordinaria. Ucrania es un país en transición, que ha sufrido increíbles cambios increíblemente rápido. Son acontecimientos realmente extraordinarios.

–En la última pregunta quiero hablarle de futuro. Usted afirma que vivimos en una sociedad cada vez más envejecida. En 2050, una tercera parte de la población europea tendrá más de 50 años. ¿Qué hacer para que no envejezca nuestro cerebro?

–Es muy difícil tener pruebas científicas, pero parece que el ejercicio físico es muy importante. No evita el alzhéimer, pero la gente que practica ejercicio tiene mejor memoria y la gente que habla otro idioma, también. Personalmente, estoy envejeciendo e intento evitar pensar en ello.

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