Francis Ford Coppola
Francis Ford Coppola
CINE

Coppola: apología de la imperfección

En su libro «El cine en vivo y sus técnicas», el maestro estadounidense explica sus teorías acerca del pasado y el futuro del cinematógrafo

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Si consideramos que Fast & furious va camino de su novena película, El Padrino podría llevar dos docenas, con sus nietos en algunos de los principales papeles. Pero Francis Ford es un inconformista y solo aceptó completar la trilogía por presiones económicas. Luego volveremos a la forma en que perdió todas sus posesiones.

Penguin Random House acaba de publicar El cine en vivo y sus técnicas, donde el maestro reflexiona sobre un arte tan curioso e inexplorado que pocos habrán oído hablar de él. El cine en directo es lo que parece; lo interesante es averiguar para y por qué rodarlo. Coppola también explica el cómo. Al fin y al cabo, su obra es un manual, aunque para fortuna del lector no profesional, lejos de tratarse de una fría exposición técnica de lo que a simple vista parece una frivolidad, es una lúcida reflexión que permite comprender por qué el genio no siguió pariendo obras maestras, como parecía su deber. «El verdadero cine no es posible sin riesgo, al igual que no se puede tener hijos sin sexo», argumenta. Se le podría discutir hasta la segunda parte de la proposición, pero hemos venido aquí a hablar de su libro.

Coppola, en el fondo un gran desconocido -algo menos si sabemos que George Lucas se inspiró en él para dibujar a Han Solo-, se muestra humilde y vulnerable, humano al fin, quizá no consciente del todo de su grandeza, pero dueño de una sabiduría wikipédica. Este hombre lo sabe todo y además tiene corazón, dispuesto por fin a dejarnos entrever un sueño quizá absurdo, probablemente genial. A saber: «realizar una producción de cine en vivo a partir de mi propio guión». Cuánto tuvo que identificarse con Preston Tucker, protagonista de una de sus grandes películas.

Antes de explicar con mayor detalle en qué diantres consiste eso del cine en vivo, Coppola realiza un pequeño repaso histórico al nacimiento y evolución del cine y la televisión. Lo hace como todo: con pasión, conocimiento y un punto de locura.

CON DON CORLEONE Y FAMILIA. Coppola, en el centro, posa con algunos de los protagonistas de «El Padrino»: James Caan, Marlon Brando, Al Pacino y John Cazale
CON DON CORLEONE Y FAMILIA. Coppola, en el centro, posa con algunos de los protagonistas de «El Padrino»: James Caan, Marlon Brando, Al Pacino y John Cazale

La adolescencia del autor cayó en plena edad de oro de la televisión (la primera; ya vamos por la tercera, lo que denota una fertilidad increíble o cierta alegría a la hora de calificar las épocas). El caso es que, lejos de salir como los otros muchachos, la polio lo dejó KO un año, lo que le obligó a contemplar desde el banquillo un momento glorioso. Jóvenes escritores como Rod Serling y Paddy Chayefsky y directores como Arthur Penn, Sidney Lumet y John Frankenheimer hacían obras teatrales en vivo, más por necesidad que como pirueta. La televisión, siendo más moderna, carecía aún de los medios técnicos para grabar con calidad, mientras que las películas se podían filmar, revisar y editar, lo que permitió descubrir recursos narrativos como los primeros planos y casi todas las posibilidades del montaje.

Lo bueno de la necesidad es que casi siempre propicia alguna virtud y el público de la época pudo ver sin salir de casa auténticas maravillas en directo: Marty, Doce hombres sin piedad... Tan brillantes eran aquellas representaciones que algunas empeoraron en sus excelentes traducciones al cine. Coppola, por ejemplo, prefiere los Días de vino y rosas de Frankenheimer, a quien dedica el libro, frente a la gran película de Blake Edwards.

Benditos obstáculos

La cuestión vuelve a ser: ¿por qué hacer cine en vivo y no dejar que cada medio siga su curso? Para empezar, «la televisión y el cine son hoy prácticamente lo mismo, como han demostrado Los Soprano y Breaking bad», ya en la segunda edad de oro de la tele. En todo caso, la idea es mezclar la calidad del cine con la emoción del directo de la tele. Para lograrlo, claro, es preciso que el espectador sepa que el espectáculo no está grabado o, como mínimo, que cuando se grabó sí ocurría en vivo, como cuando vemos una obra teatral o un partido en diferido.

Después de hallar soluciones a innumerables problemas y abrumar con su brutal cultura escenográfica, Coppola llega a la conclusión de que demasiada perfección técnica tampoco es buena, por lo que propone boicotear de forma deliberada su propia creación con sorpresas inesperadas a los actores. Así añade emoción y autenticidad. «Los errores en el cine en vivo», expone, «son como los fallos de confección deliberados en las alfombras navajas para que puedan salir los espíritus malignos, o en las alfombras persas para no ofender a Alá, el único cuyas creaciones son perfectas». Y decían que Hitchcock era cruel.

En el corazón de las tinieblas. El director (a la izquierda) en pleno rodaje de «Apocalypse Now», que resultó una pesadilla del nivel de la historia que relata
En el corazón de las tinieblas. El director (a la izquierda) en pleno rodaje de «Apocalypse Now», que resultó una pesadilla del nivel de la historia que relata

La idea es casi cómica viniendo de un director que, al contrario que el británico, se preocupa por motivar a los actores y aliviar sus temores, consciente de «lo aterrador» que es actuar.

Algo hermoso del viaje que propone Coppola hacia la imperfección es que por el camino relata algunas anécdotas gloriosas, como el día que entregó drogado un Oscar. Michael Cimino fue el agraciado, como director de El cazador. A su legendaria facilidad para arruinarse le dedica asimismo un capítulo entero, en el que cuenta que rodó Corazonada, su primer intento de aproximarse al cine en vivo, porque estaba convencido de que se iba a estrellar con Apocalypse now, su experiencia «más audaz y aterradora, tanto artística como económica».

Eso lo llevó a planear una comedia musical con la que recuperar el dinero. En su furor creativo, sin embargo, se le seguían ocurriendo ideas cada vez más caras: compró un estudio entero (tiene otro libro entero dedicado a Zoetrope) y se planteó realizar la primera película digital de la historia. Así hasta que Storaro, «el más grande camarógrafo vivo», se acobardó y le contagió el miedo.

Coppola descubre sin inmutarse la moraleja: el apocalipsis no fue para tanto, mientras que la corazonada arruinó sus finanzas y, sobre todo, su impresionante carrera. Para salir del hoyo tuvo que hipotecar su vida y su filmografía. Durante una década, peor que la polio, solo podría hacer películas por encargo. «Y no llegué a experimentar con el cine en vivo», añade como si hiciera falta.

Pese a todo, el gigante sigue soñando y no abandona el proyecto, incapaz de acomodarse en la tercera edad dorada de su vida. Aún piensa en revolucionar el cine, siempre preferible a tratar de replicar las obras maestras. «Es como si, teniendo la tecnología para construir un avión, insistiéramos en desplazarnos por carretera porque los coches de nuestra época eran preciosos y queridos». Francis Ford, un hombre y su sueño.