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COMUNICADOS DE LA TORTUGA CELESTE

Contra la utilidad

Todas las cosas inútiles, como el arte, enamorarse, tener un hijo... son las más importantes de la vida

Fotograma de la pel√≠cula ¬ęEl renacido¬Ľ
Fotograma de la pel√≠cula ¬ęEl renacido¬Ľ

He reunido el valor para escribir esta columna después de leer un libro muy hermoso y muy iluminador: Vindicación del arte en la era del artificio (Atalanta), de J. F. Martel. Sí, es posible que de no haber leído el libro de Martel no me hubiera decidido a entrar de nuevo en lo que parece una batalla perdida: defender la vía del arte en una época donde, quién sabe por qué, se nos quiere convencer de que el arte no es necesario, que es moralmente reprobable, ¡que es cosa del pasado! y que el único valor que puede tener una obra de arte radica en su capacidad de denunciar las injusticias. Se nos quiere convencer de que estamos en una época especialmente oscura y terrible donde cualquier forma de placer es pecaminosa y en la que defender el arte es algo irresponsable, casi inmoral. Se denuncia la ficción «pura», y hasta una película como The Revenant (El renacido) que es puro sueño y poesía, se presenta como «basada en una historia real». Todo ha de ser «verdad», historia, política, hechos, periodismo. Claro que el periodismo, la historia y la política son importantes. Pero a lo mejor no son tan importantes como se nos quiere hacer creer. Y, ciertamente, no son lo único importante.

El arte, en efecto, es inútil. Esta es su principal característica. No sirve para nada. Pero hemos de considerar que ahí es donde radica, precisamente, su fuerza. Porque las cosas útiles de la vida son las meramente instrumentales. Un teléfono, un tenedor, una mesa, son útiles. Esto quiere decir que cuando dejan de serlo los abandonamos o los destruimos. Cuando una máquina deja de funcionar, la tiramos a la basura. Eso es lo que sucede con las cosas útiles: no tienen valor en sí mismas. Están allí para ayudarnos a lograr un cierto fin, a hacer un cierto trabajo. Pero en la vida también hay cosas inútiles: por ejemplo, tener un niño, o por ejemplo, los abuelos, no digamos ya un abuelo con alzhéimer. Enamorarse también es algo inútil, o hacer un viaje por Italia, o cantar, o pasarse toda la noche de fiesta. Sin embargo, todas estas cosas inútiles son las más importantes de la vida. Para muchos de nosotros son, de hecho, lo único que verdaderamente merece la pena.

Hablar de arte útil (este era el ideal de la Ilustración, una época que aborrecía cordialmente el arte) es lo mismo que hablar de seres humanos útiles. Es lo mismo que pensar que la vida humana ha de ser útil -para la patria, para la empresa, para el partido. La inutilidad del arte es como la profunda, maravillosa, misteriosa inutilidad de un bebé que no hace nada más que llorar o dormir. La vida humana no tiene que ser útil. Somos seres libres, nacidos para vivir, descubrir y experimentar la existencia, no empleados de una gigantesca factoría humana. Considerar al ser humano desde el punto de vista de la utilidad es verle como un animal de granja, o como un esclavo, o como una máquina.

Es absurdo pensar que el arte puede ser un vehículo para transmitir un «mensaje». «El arte no necesita argumentos para la libertad, pues es en sí mismo su afirmación más primigenia y contundente», escribe Martel. El «mensaje» del arte es el propio arte. El mensaje es la experiencia artística, una forma de la emoción enormemente intensa y refinada. Porque el lenguaje del arte es la emoción, pero no la emoción en estado bruto tal como la experimentamos en la vida, sino otro tipo de emoción: la emoción estética, que está hecha en igual medida de intelecto, ingenio, imaginación, misterio, placer y compasión.

En su discurso de aceptación del Nobel, Alexandr Solzhenitsyn dijo, nos recuerda Martel, «que si el arte nunca nos ha revelado su función intrínsenca es simplemente porque tal cosa queda fuera de nuestro alcance. Según el escritor ruso, nos equivocamos si creemos que el arte es una innovación del hombre; en realidad deberíamos verlo como un don, algo que ha llegado hasta nosotros desde más allá de los límites de nuestra realidad». Esta es la verdadera naturaleza del arte: no es algo que hacemos o que «decimos», sino algo que recibimos. Es un lenguaje que nos pone en contacto con algo inmenso y misterioso que sólo entendemos a medias. Este lenguaje, hecho de sonidos, de imágenes, de historias, de formas, de resonancias, de ritmos, de confluencias, de símbolos, despierta capacidades latentes en nuestra conciencia. Nos despiertan al misterio de nuestra realidad total como seres humanos.

No se puede usar el arte para «decir» nada: la obra dice cosas que el artista no sabe. Un artista no quiere «decir» nada con su obra, sino experimentar la plenitud de la existencia a través de la creación. Es el propio arte el que nos dice cosas. Es el arte el que nos habla. Pero no nos habla con palabras, sino por medio de su lenguaje misterioso, ese que muchos desprecian porque no les parece útil, o serio, o adulto, o sensato. El arte es el lenguaje que algo más grande que nosotros, una inteligencia inmensa y benéfica, utiliza para transmitirnos sus mensajes -bajo la forma de estados, estados de ser, estados de conciencia.

Una gran conciencia inteligente y benéfica quiere ponerse en contacto con nosotros. Le resulta difícil a causa de la complejidad enloquecedora de nuestra mente, dominada por pensamientos puramente mecánicos que nosotros no controlamos ni «pensamos». Pero a pesar de todo nos habla, mediante el lenguaje de la belleza, para mostrarnos que somos seres libres y que tenemos la capacidad de crear y de crearnos. Que todos somos mendigos. Que todos somos poetas.

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