«Invierno», de Iván Shishkin
«Invierno», de Iván Shishkin
ARTE

La construcción del paisaje nacional ruso

El Museo de Arte Ruso de Málaga hace rotar toda su colección permanente con un nuevo conjunto que se inspira en las cuatro estaciones del año. Como novedad, cuatro artistas jóvenes dialogan con sus contenidos con algunas piezas de vídeo

MálagaActualizado:

La nueva exposición anual de la Colección del Museo Ruso de Málaga presenta importantes diferencias de concepto respecto a la que ocupó las salas del edificio industrial de Tabacalera hasta hace unas semanas. Frente a aquel intento por enunciar un panorámico relato historiográfico del arte ruso, ordenado por la ortodoxia de lo cronológico y la sucesión de estilos y experiencias, esta nueva propuesta, bajo el recurso de las cuatro estaciones del año, se consagra a la temática del paisaje, principalmente al natural, aunque también aparecen, en menor medida, las vistas urbanas.

En los distintos bloques, constituidos por cada una de las estaciones, los comisarios despliegan piezas con un abanico temporal amplio. Así, de manera transversal, se repasan muchos de los estilos desde finales del siglo XVIII hasta finales del XX; pero, también, en función de las distintas escuelas, lenguajes y la amplitud de fechas, se proyecta una sensibilidad común –podríamos decir que nacional o como «genius loci»– hacia la Naturaleza. En cualquier caso, y en última instancia, subyace el mismo afán que motivó la anterior exposición: hacernos partícipe de la idiosincrasia del país.

En esta, se ha dejado de lado el interés por transmitirnos la Historia del gigante euroasiático, pero, a cambio, se nos traslada a las muy distintas geografías, pueblos y «razas» que la habitan, como ocurre con la pintura de Andréi Yákovled.

Grata novedad

Otro de los elementos que distinguen esta muestra es la inclusión de un artista malagueño en cada una de «las estaciones», de modo que sus labores se constituyen en una suerte de contrapuntos. Estos diálogos nacen con la intención de reeditarse en muestras venideras. Todos ellos (Cristina Martín Lara en el invierno; Leonor Serrano en la primavera; David Triviño en el verano; y Javier Artero en el otoño) trabajan el vídeo y la vídeo-instalación, que se contraponen a la hegemónica presencia de la pintura en la cita. Los casos de Artero y Serrano destacan especialmente por su dimensión espacial y su protagonismo.

La exposición es un canto a lo sensorial y un derroche de hedonismo, especialmente en la plasmación de la primavera y el verano. El progresivo paso del invierno a la primavera se vislumbra en el tratamiento lumínico de las obras. De los cielos plomizos y el tono bajo –por no decir apagado– de muchas de las obras invernales, pasamos a cielos límpidos y a una luz contrastada que refuerzan la sensación de claridad de las jornadas primaverales. Lo suspendido, lo detenido por las nevadas, vuelve a cobrar vida y movimiento: la nieve se funde, aflora el verde y el agua no sólo corre, sino que pasa a ser un nuevo recurso para cada pintor, convirtiéndose en zona especular que refleja y que proyecta nuevas luces. Ese movimiento, ese fluir y cobrar vida, parece tener correlato en la vídeo-instalación de Serrano, merced a la coreografía proyectada y al telón alabeado sobre el que se proyecta. Esta ocupa un espacio que puede servir precisamente como camino para viajar desde el invierno a la primavera. Y es precisamente el camino una de las metáforas que aparecen en el paisaje ruso, especialmente en invierno, quizás como oda a la esperanza, a la creencia de que se puede cruzar la inmensidad y la cruda estación y, por ende, superarla.

El paisaje, además de proyección emocional, pasa a convertirse en metáfora del «alma rusa»

En un buen número de paisajes nos enfrentamos a ejercicios de espiritualización de la Naturaleza. Esta, en muchos casos, adquiere un matiz metafísico. En la selección apenas se ven atisbos de un paisaje enunciado en clave sublime, mientras que el sosiego y la quietud parecen envolverlo todo. En definitiva, el conjunto no deja de ser una alegoría de la regeneración, del paso del tiempo, del ciclo de la vida, de la mudanza y la transformación.

El paisaje, además de proyección emocional, pasa a convertirse en metáfora del «alma rusa», constructo que se genera en la mediación del XIX. Tanto es así que no encontramos paisajes de carácter pastoril y arcádico, evitando la carga literaria que disipase esa entidad como símbolo nacional. Cuánta cercanía con el caso español, con el noventayochismo, que hizo de Castilla y su territorio la esencia de la identidad y el alma nacionales. En ambos casos, el paisaje destaca por lo adusto, por cierta dureza, aunque los motivos no sean los mismos. A pesar de ello, en pocas ocasiones la Naturaleza se representa extremadamente adversa.

Profunda aceptación

Ni el invierno, obviamente la estación más dura, más allá de cubrir con un manto níveo que parece detener la vida, «congelar» el tiempo y hacer aún más dificultosas las relaciones, intercambios y subsistencia, muestra la fiereza que posee en esas latitudes. Subyace una profunda aceptación –quizás resignación– de esas condiciones de vida, por duras o exigentes que puedan ser. El conjunto trasmite un amor profundo por una Naturaleza buena parte del año esquiva y yerma de dones. En muy pocas ocasiones el resultado de esa dureza resulta literal.

Es más, aparecen escenas de recreo, tanto en lo rural como en lo urbano, de agitada vida, especialmente en el invierno. Precisamente, al inicio del recorrido, en vistas de Moscú y San Petersburgo, se sitúan las influencias del «vedutismo» italiano que acusó la pintura rusa en la carrera por converger y abrazar a la que se desarrollaba en los escenarios centrales del arte europeo –aspiración a lo occidental que en sí misma latía en la fundación y desarrollo de San Petersburgo en el siglo XVIII–. Sin embargo, cuando se expresa el peor rostro, como en «Septiembre en el río Mezén» (1969-1970) de Víktor Popkov, se «encarna» en el paisanaje: un campesinado asolado por las duras condiciones. Surge así cierta temática miserabilista que puede recordarnos a la «España negra».

«Las cuatro estaciones en el arte ruso» es una muestra sostenida, si bien (quizás porque la programación de las exposiciones temporales se consagra a ellas) la presencia de las vanguardias no resulta protagonista –intenso es el paisaje invernal de Goncharova, sintético cual estampa japonesa–. En cambio, el realismo, el simbolismo y el impresionismo, este con su atención a los cambiantes factores atmosféricos, cuentan con un indudable protagonismo. Mención aparte merecen algunas de las estribaciones figurativas que se dan en la mediación y en la segunda mitad del XX; extraordinaria resulta la monumental pieza de Aleksandr Deineka.