MÚSICA

Tal vez los cinco mejores pianistas

El piano es el instrumento príncipe de la música occidental. Repasamos a continuación los nombres de cinco pianistas míticos que contribuyeron a agrandar la leyenda de su propio instrumento

Actualizado:12345
  1. Franz Listz, el patriarca

    Franz Listz
    Franz Listz

    Franz Liszt (1811-1886) fue el primer instrumentista, junto a Paganini, objeto de una idolatría parecida a la que entonces se reservaba sólo a los cantantes de ópera. Su virtuosismo enloquecía al público (sobre todo al femenino) y sus giras le llevaron a recorrer Europa a lo largo y a lo ancho, desde Rusia hasta España. A él se debe la invención del recital pianístico como lo conocemos hoy.

    Sus fantasías sobre temas operísticos y sus arreglos pianísticos de piezas de otros autores (sinfonías de Beethoven, canciones de Schubert, fragmentos de Wagner...), dieron difusión a repertorios que, en ausencia del disco, no viajaban con tanta facilidad. Pero es en las obras de creación propia donde el genio de Liszt brilla con más nitidez, desde los «Estudios de técnica trascendental» (plasmados sobre su impresionante virtuosismo) y la «Sonata en si menor» (genial reformulación de la arquitectura de la sonata), pasando por los «Años de peregrinaje» (cumbre de su descriptivismo musical) hasta llegar a las enigmáticas piezas compuestas en sus últimos años, donde suspende la tonalidad y presagia el siglo XX. Fue Liszt uno de los músicos más completos de todos los tiempos y el gran patriarca de los pianistas que vendrían a continuación.

  2. Vladimir Horowitz, el funambulista

    Vladimir Horowitz
    Vladimir Horowitz

    La más directa reencarnación de Liszt, al menos en cuanto a virtuosismo, es el ruso Vladimir Horowitz (1903-1989). Su juego de manos era impresionante, inigualables el poderío y agilidad de sus octavas. Con piezas espectaculares como el «Primero», de Chaikovski, o el «Tercero», de Rachmaninov, causó furor sobre todo en Estados Unidos, país al que migró en 1928. Horowitz era un torbellino del teclado, un músico capaz de cosas que no estaban al alcance de nadie.

    Estas dotes, unidas a una personalidad histriónica, inclinaban a veces la balanza hacia la pura destreza digital, pero sería injusto no reconocerle madera de fino intérprete, como demuestran sus espléndidas versiones de las sonatas de Scarlatti o de «Kreisleriana», de Schumann. La carrera de Horowitz se extendió durante más de setenta años, aunque con dos largos parones motivados por el desgaste anímico que le había producido la frenética actividad concertística. El Horowitz senil que volvió a los escenarios en los años ochenta del siglo pasado era un pianista mermado en sus facultades atléticas más brillantes, pero no había olvidado en absoluto su habilidad para hacer música y meterse al público en el bolsillo.

  3. Alfred Cortot, el poeta

    Alfred Cortot
    Alfred Cortot

    Suizo de nacimiento pero francés de formación, Alfred Cortot (1877-1962) encarna los mejores valores de la escuela pianística francesa. Si Horowitz apabulla al oyente con su pirotecnia, Cortot desplega por el contrario en sus versiones una gama impresionante de colores y matices. Pocos han tratado el piano con semejante poesía y sutileza. Considerado en su época como sumo intérprete de Chopin y Schumann, se empleó a fondo en la difusión del repertorio francés contemporáneo, incluyendo en sus recitales música de Fauré, Debussy y Ravel.

    Cabe destacar, asimismo, su grandeza como intérprete de cámara: junto a Pablo Casals y Jacques Thibaud, formó un trío legendario. A la reputación póstuma de Cortot le han perjudicado enormemente dos circunstancias. La primera fue la acusación de colaboracionismo por haber tocado, durante la ocupación alemana de Francia, en conciertos organizados por los nazis. En segundo lugar, porque sus interpretaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial rebasan ampliamente el límite tolerable de errores y notas falsas. Con todo, Cortot fue de los pocos pianistas que consiguió triunfar sin necesidad de mostrarse como un consumado virtuoso.

  4. Sviatoslav Richter, el titán

    Sviatoslav Richter
    Sviatoslav Richter

    A mediados de los años cincuenta, en plena Guerra Fría y con la Cortina de Hierro bajada, llegaban a Occidente rumores acerca de un potentoso pianista ruso: Sviatoslav Richter (1915-1997). El régimen soviético no le permitía hacer giras más allá del bloque comunista porque le consideraba políticamente sospechoso (su padre, un expatriado alemán, había sido fusilado por los rusos en la Segunda Guerra Mundial bajo la infundada acusación de espionaje). Cuando Richter hizo sus primeras apariciones en Occidente, quedó claro que era un pianista de otro planeta.

    Dotado de un virtuosismo excepcional, un sonido de gran solidez y un impulso único, Richter llamaba en realidad más la atención por su novedosa y original musicalidad. Lo demuestra, entre otras cuestiones, su versión al rojo vivo de la «Appassionata» de Beethoven, la pétrea lentitud con la que acomete el primer movimiento de la «Sonata D 960» de Schubert, sus fervorosas y contundentes interpretaciones de Prokofiev, su calidoscópica grabación del «Clave bien temperado», de Bach, o sus arrebatadoras lecturas de los «Conciertos nº 2» de Brahms y Rachmaninov. Tal vez el más grande pianista del siglo XX.

  5. Glenn Gould, el hereje

    Glenn Gould
    Glenn Gould

    En 1955, un joven y desconocido pianista canadiense, Glenn Gould (1932-1982), grababa para el sello Columbia las «Variaciones Goldberg» de Bach. Aquel disco supuso el comienzo de un mito que todavía suscita entusiasmos y controversias. Gould sobrevoló a conciencia el repertorio romántico (eje, hasta aquel momento, de los programas pianísticos), y exploró el Barroco y el siglo XX, terrenos poco visitados que contribuyó a popularizar. Dueño de un estilo inconfundible (escaso uso del pedal y mucho «staccato»), tal vez su figura se haya sobredimensionado. Incluso su primacía como intérprete bachiano se me antoja discutible, salvo en el caso de las «Goldberg».

    Por lo demás, me parece que pianistas como Tureck, Kempff, Perahia, Schiff o el propio Richter han dicho en Bach cosas más interesantes. Otra cuestión es que Gould haya sido un revulsivo que el mundo del piano necesitaba; que sus provocaciones siempre sean intelectualmente estimulantes; que su influencia sobre las siguientes generaciones haya sido enorme y su valor icónico indiscutible. Por todas estas razones le he asignado un quinto puesto que, quizá con más derecho, podrían haber ocupado nombres como Claudio Arrau, Arthur Rubinstein, Emil Gilels o Maurizio Pollini.