LIBROS

«Cien años de soledad», verdades esenciales de un clásico

El 5 de junio de 1967 se publicaba «Cien años de soledad». A punto de cumplir cincuenta años la novela cumbre de García Mázquez, Dasso Saldívar, su biógrafo, da nuevas claves

El autor colombiano revisa el texto de «Cien años de soledad»
El autor colombiano revisa el texto de «Cien años de soledad»

Pocos procesos literarios alcanzan la riqueza y la complejidad que tuvo el recorrido por Gabriel García Márquez entre «La tercera resignación», su primer cuento, y «Cien años de soledad», la novela que no sólo cambió su destino de hombre y de escritor, sino que terminó de colocar la literatura hispanoamericana en un primer plano mundial, y que, con los más de cuarenta millones de ejemplares vendidos en cuarenta y cinco idiomas, le dio a la lengua castellana su libro más difundido y celebrado en el mundo después del «Quijote». Como Cervantes, o como Faulkner y Rulfo, tres de sus grandes maestros, García Márquez había convertido una realidad local en una realidad ficticia universal, una realidad subjetiva empozada en su memoria, en una realidad trascendida contenida en un libro, gracias a alquimia de la imaginación y de la poesía. Cómo se operó esta transposición es la historia que va de su primer cuento a su obra magna.

Un pueblo, Aracataca; una casa, la misma donde nació y se crió hasta los diez años; dos personajes, los abuelos Nicolás Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán Cotes, y una lectura temprana de «Las mil y una noches», le ofrecieron el espacio, la atmósfera, las historias, los elementos, el marco histórico, social y cultural, y el primer estímulo literario, para iniciar una aventura de veinte años que culminaría en la novela de Macondo. Como Marcel Proust, el colombiano ya sabía o había oído a los diez años casi todo lo que escribiría después. De los innumerables hechos que vivió, vio u oyó el tímido y curioso niño de Aracataca, un puñado de experiencias habrían de determinar su vocación literaria y se convertirían en esencia intestinal de la novela. Sin embargo, lo que le hizo escritor fue el querer «volver» a ellas, porque, como anotó Albert Camus, la obra de un escritor «no es otra cosa que una larga marcha para volver a encontrar, por los meandros del arte, las dos o tres grandes imágenes a las que se abrió el corazón por primera vez».

La cicatriz del balazo

Fueron cuatro imágenes asociadas a la abuela y al abuelo y una frase que le escuchó a éste a los seis años, las experiencias nutricias esenciales que acompañarían al novelista hasta el momento de ponerse a escribir «Cien años de soledad»: su recuerdo de niño sentado en una silla de la sala a la espera de que salieran los espíritus de la casa, la imagen de sí mismo de la mano del abuelo llevándolo al cine o al circo, el día que éste hizo abrir una caja de pargos congelados para enseñarle el hielo (como también le había ocurrido a Rubén Darío en su infancia) y el deslumbramiento que experimentó cuando conoció la cicatriz del balazo que el coronel había recibido en una ingle durante la guerra de los Mil Días.

Estas imágenes tendrían un complemento decisivo en la confesión que le hizo un día mientras lo llevaba de la mano: «¡Gabito, tú no sabes lo que pesa un muerto!». El coronel Márquez se refería a la sombra que lo perseguía de Medardo Pacheco Romero, el hombre a quien había matado de dos disparos en un duelo en el pueblo guajiro de Barrancas, el 19 de octubre de 1908. La tragedia lo obligó a dejar Barrancas y, tras un éxodo de dos años, a radicarse en Aracataca con su familia en agosto de 1910.

Muertos vivientes

Éstas y otras historias de muerte y de muertos le contaba el coronel al nieto durante las largas caminatas por las calles del pueblo. Pero mientras los muertos de sus relatos se morían de verdad, los muertos de las historias fantásticas de la abuela Tranquilina eran muertos vivientes que deambulaban por los cuartos y los corredores de la casa. Eran los otros inquilinos a los cuales el niño les tenía verdadero pavor. Por eso ella lo sentaba al anochecer en una silla de la sala bajo la amenaza de que, si se movía y seguía molestando, los espíritus de la familia vendrían a pedirle cuentas. Esta experiencia intensísima tendrá una importancia todavía más radical en el proceso que va desde «La tercera resignación» a «Cien años de soledad», y sobre todo en la concepción misma de la novela.

García Márquez convirtió una realidad local en una realidad ficticia universal

En este primer cuento el personaje es un niño de siete años que ha muerto de fiebre tifoidea y queda en un estado de muerte-vida, desde el cual sigue creciendo y tomando conciencia de sus nuevas posibilidades y limitaciones. El personaje padece, durante los dieciocho años que dura su muerte-vida, tres muertes sucesivas, hasta convertirse en un espíritu. En «La hojarasca», el niño, que ahora tiene once años, es un personaje sentado en una silla desde la cual afronta atónito la imagen del cadáver del médico de Macondo que se ha suicidado. En el relato «Alguien desordena estas rosas», el niño es un alma ya liberada de su cuerpo, con existencia propia, y quiere robar un ramo de rosas para colocarlo en su tumba. Es un muerto viviente, pero su mundo y sus movimientos son todavía limitados. Solo en «Cien años de soledad» este «alter ego» del autor, habiendo crecido en todo, con un mundo y una visión autosuficientes, logra trascender los límites de la vida y, habiendo alcanzado el otro lado de las cosas, se convierte en profeta y en poeta, pues es quien dentro de la novela cuenta cantando sus hechos en versos sánscritos.

Y, en efecto, al final de la historia, sabemos que el autor, detrás del narrador, es Melquíades, un ser que estuvo varias veces en la muerte, un Tiresias puro que, al contrario del narrador omnisciente, que cuenta en el tiempo horizontal de los hechos, canta en el tiempo vertical de la poesía los mismos hechos de la novela, lo que le permite concentrar un siglo de episodios cotidianos en un instante, visualizándolos como en el «Aleph» de Borges.

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