José C. Vales, autor de «Celeste 65»
José C. Vales, autor de «Celeste 65»
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«Celeste 65», prolija parodia del «glamour»

José C. Vales, ganador del Premio Nadal por el que recibió excelentes críticas, llega ahora con una novela cargada de ironía

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Son pocos los narradores españoles que se dediquen hoy al intergénero de la parodia. Jose C. Vales (1965) ya lo hizo en una novela anterior de la que ésta es una hijuela, dedicada entonces al mundo de la belle epoque, titulada «Cabaret Biarritz». Le valió aquella novela el Premio Nadal y una buena recepción crítica. Sin duda animado por ello, prolonga ahora la jugada, llevando su estilo cómico al mundo de la alta sociedad que se reunía en Niza, capital de la famosa Costa Azul durante la mitad de los años sesenta, que vivieron el esplendor glamuroso de esos lugares. Sin embargo, esta prolongación, que comienza muy bien y aventuraba una divertida novela, se pierde en tanta menudencia. Seiscientas páginas son demasiadas para un sucederse de gracias que únicamente en sus últimas ciento cincuenta quiere introducir una leve intriga que, sin embargo, no termina de armar.

Sin duda,las primeras ciento cincuenta páginas son las que mejor funcionan. Ha creado Vales un personaje, el inglés Linton Blint, que tiene deuda inicial con el «Tristram Shandy» y se dota de un humor nacido de su irrelevancia e inadaptación con algunas escenas graciosas cuando se trata de la sátira a la psiquiatría y el psicoanálisis. El protagonista hereda una fortuna de la fábrica de su padre dedicada a productos fitosanitarios, y con un motivo mínimamente explicado, se instala en el mencionado hotel Negresco de Niza, donde entabla relación de amistad, que va siendo cada vez más estrecha con Celeste, una preciosa judía eslava, hija de un anticuario, que ha venido a Niza a adquirir una joya bibliográfica, la «Uronographia Britannica», en reñida puja con otros competidores y urdidores de robos que en la novela se van sucediendo. Sin duda, esas escenas de familiaridad con Celeste, que se le mete en la cama sin consecuencias, proporciona buenos momentos a los primeros capítulos de la trama.

Las primeras 150 páginas funcionan. crea un personaje en deuda con el «Tristram Shandy»

Pero no termina de arrancar como tal trama. El mecanismo estilístico es casi siempre el mismo: Blint, que ha cambiado su nombre por el de Nigel Balqhidder-Kinloch, es casi behaviorista, no se entera de mucho, su pensamiento es mínimo, pero se va adaptando siguiendo su marcha, a la convivencia con una serie de personajes que va desfilando por esa intriga donde todo es pseudo: Pseudo espías, princesas, condesas, un coronel retirado, villas con jardines, buenos hoteles, se entrega a un mundo de «bon vivant» que en general es el que hemos conocido como glamuroso de la Costa Azul. La novela se adereza con referencias a personajes reales, como la monarquía monegasca, con Rainiero y Grace Kelly, y otro directamente venidos de la canción y el cine.

Ingenio e inventiva

Jose C. Vales sin duda alguna tiene ingenio y su inventiva no es poca, pero se entrega a esas dotes con indisimulada delectación y debía haberlas dotado de un sentido que fuera más allá del disparate. Finalmente mete la novela en tal cúmulo de situaciones, que capítulo a capítulo vienen a ser parecidas a las anteriores, de manera que el lector a su mitad se va preguntando si tiene sentido tanta gracia cuando solo hay eso, gracia, que deriva con frecuencia en gracietas. Que tengan esmoquin y que los vestíbulos del hotel se hallen poblados de millonarios, no sirve si tras esa caracterización no se proyecta alguna forma de complejidad. Sobre todo cuando su autor maneja bien la ironía y el juego con lenguaje. Pero la sátira necesita que el lector comparta un mundo que le queda siempre fuera, ajeno.