Arnold, con la actriz María Fernanda Ladrón de Guevara
Arnold, con la actriz María Fernanda Ladrón de Guevara
RAROS COMO YO

Cazador de luceros

Bohemio de fino estilo, Mario Arnold se prodigó como poeta errabundo, aunque acabó sus días perdido en trabajos menores

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Mario Arnold (1904-1962), caballero andante de la miseria, fatigador del atlas, no anticipaba en su anodino nombre de pila una existencia demasiado rumbosa. Bautizado como José García, había nacido en León, a la sombra de su catedral, que desde niño le inculcaría cierta aspiración gótica de remontarse hasta el cielo, a falta de un mendrugo con el que llenar las tripas horras. La indigencia obligaría a su familia a alquilar una casucha sin techo cerca del cementerio: allí, Mario Arnold aprendería a contar estrellas, un oficio tan inabarcable como la estirpe de Abraham, y concebiría el sueño quimérico de tocar su oro trémulo. Es la época en que, vestido con sus mejores harapos, se convierte en gorrón de librería; así, aprende de memoria las prosas profanas de Rubén, las rimas de Bécquer, las canciones filibusteras de Espronceda.

En las páginas de «Juventud», una revista leonesa, estrena su firma, antes de tomar el tren para Madrid, creyéndose predestinado al triunfo. En la capital gasta sus ahorros en fabricarse una estampa de un casticismo dandy: su sombrero chambergo, su chalina hojaldrada de lazos y su capa de paño remendón causarán pasmo entre la bohemia más canallesca de Madrid, que se resiste a acogerlo en su cofradía. Arnold publica algunas novelitas sin repercusión de títulos melodramáticos («Gotas de hiel», «Lágrimas y flores», «Por una rosa»); y duerme a la intemperie, envuelto en su pañosa, sobre un banco de la Castellana. Comienza a colaborar en revistas sobre varietés y farándula que le gratifican con una palmadita en los hombros; y entabla sagrada amistad con Armando Buscarini. Ambos albergan parecidos ideales, ambos padecen idénticas zozobras, ambos aspiran a estrenar un drama en tres actos titulado «Sor Misericordia» (1923), regado de truculencias y situaciones truncas, que prende al lector con la vehemencia de sus parlamentos y el desgarro nihilista de sus personajes.

Caminar sin rumbo

A la caza de su estrella marcha Mario Arnold en 1925 a San Juan de Puerto Rico. Allí permanecerá durante tres años, desarrollando una actividad literaria frenética, con obras como su poema dramático «La canción del peregrino» (1925) y su libro de madrigales «Lluvia de besos» (1927), que cosecharon fervorosos fracasos. Quizá el libro más meritorio de su etapa portorriqueña sea «Errante», una recopilación de poemas nómadas con la nitidez de un epitafio, o el presentimiento trágico del viajero que intuye la esterilidad de su caminar sin rumbo.

La muerte de su madre lo obligará a regresar a León, rumiando una culpabilidad que instilaría los primeros síntomas de descontento y subversión en su obra. Visita por estos años las mazmorras del ministerio de Gobernación; y, en vísperas de la proclamación de la República, publica «El notario de Chatillon» (1930), novela de «amour fou» y contenido ejemplarizante. Atrapado por las vehemencias revolucionarias, Mario Arnold aparca su obra de creación hasta que en plena guerra aparece «La ciudad es mía» (1937), un «roman à clef» en el que rememora, con cierta prolija ingenuidad, su juventud bohemia y desdichada. También escribe calenturientas crónicas de guerra para los diarios «El liberal» y «El Heraldo», en las que las tropas de Franco siempre reciben los más acérrimos vituperios, que luego lo conducirían hasta la prisión de Porlier, vestíbulo del paredón donde coincide con Pedro Luis de Gálvez y otros desahuciados de la pluma. Algunos poemas carcelarios los incluiría años más tarde en su libro «Pandereta» (1954).

Su estampa causa pasmo entre la bohemia más canallesca, que no le acoge en su seno

Mario Arnold, sin embargo, logra la amnistía y se exilia en Caracas, donde funda Ediciones Ancla y publica entregas líricas como «Cazador de luceros» (1948), donde vuelve a presentarse como un poeta errabundo, con la mirada clavada en el cielo. Ya nada queda en él, sin embargo, de aquel muchacho altanero que exponía al relente de la madrugada su perfil de estatua. Arnold, que había acometido en su juventud la misión ímproba de enumerar las estrellas, se agostó en tareas mercenarias, glosando los avatares de las estrellitas del celuloide y poniendo letras a pasodobles. Murió en Caracas, después de recibir los santos óleos sobre la frente que antaño había urdido tantos versos huérfanos de Dios.