Carlos Pardo fotografiado por Laura Rosal para ABC Cultural
Carlos Pardo fotografiado por Laura Rosal para ABC Cultural - L. R.
Darán Que Hablar

Carlos Pardo: «Escribo para encontrar algo parecido a una intimidad con el mundo»

Con dos novelas y cuatro libros de poemas ya publicados, este joven autor lleva tiempo dando que hablar; y lo que le queda...

MADRIDActualizado:

- ¿Cuáles son sus intereses como escritor?

- Yo no diría intereses, pero imagino que escribo para encontrar algo parecido a una intimidad con el mundo. El poeta Tomas Tranströmer lo dice mejor: «el mundo y yo dimos un salto el uno hacia el otro». Y para encontrar esa intimidad necesito sentir sorpresa y novedad con las cosas que voy escribiendo. Esto quiere decir que sólo escribo poesía cuando siento que es la primera vez que escribo un poema (cuando he conseguido olvidarme de los trucos aprendidos; pocas veces, la verdad). Y la prosa como liberación. Es decir, no me gusta que «mi» prosa encaje demasiado en las convenciones de la novela que suelen repetirse como dogmas, aunque sean históricas y pazguatas. La verdad es que me creo a pies juntillas el tópico moderno que pide a cada libro que se invente su género propio. Y ese otro tópico que dice que la novela se está renovando con la autobiografía.

- ¿Y como lector?

- Como lector tengo un gusto ansioso y amplio con algunas preferencias: la novela alemana de formación, los diarios, memorias y confesiones del XVIII, V. S. Naipaul, Peter Handke, Wilhelm Genazino, Hugo Claus, la novela japonesa de la primera mitad del XX, los rusos, los humoristas centroeuropeos, la poesía de Brodsky y Montale, los ensayos de Nathalie Sarraute, los ensayos políticos en general, los que analizan el concepto de «pueblo» en particular, Hermann Broch, Robert Walser, Chuang Tzu, Carlos Martínez Rivas, los textos en prosa de los poetas latinoamericanos como Salvador Novo o Gaitán Durán, y un largo etcétera.

- ¿Sobre qué temas suele escribir?

- Me interesa, por ejemplo, todo eso que se suele englobar en lo autobiográfico. Es decir, cómo opera lo social en la manera en que nos pensamos a nosotros mismos, cómo nos creamos una identidad. Cómo damos sentido a una experiencia. Cómo viven las personas normales, mediocres, comunes. Intento escribir sobre esos temas sin demasiada pedantería ni narcisismo: de cuántas mentiras estamos hechos. Eso abarca al individuo y al país, a las comunidades que fracasan, así que también puede decirse que escribo sobre España. También me interesa la vejez y el paso del tiempo. Mis padres, mi mujer, mis amigos. O sea los temas de la literatura de siempre, no soy original.

- ¿Dónde ha publicado hasta el momento?

He publicado cuatro libros de poemas: uno en Hiperión, otro en Pre-Textos, otro en Visor, y el último, «Los allanadores», de nuevo en Pre-Textos. Y dos novelas, «Vida de Pablo» y «El viaje a pie de Johann Sebastian», ambas en Periférica.

- ¿Con cuáles de sus «criaturas» se queda?

- Me siento afín al espíritu de «El viaje a pie de Johann Sebastian» y de «Los allanadores», que son dos libros cruzados. Una novela atravesada por el ensayo y la farsa y un libro de poemas atravesado por la prosa. En los dos trato la decadencia (o implosión) de una familia (la mía, para qué disimular) e intento una genealogía de las falsificaciones que nos conforman como sociedad y como individuos. Son dos libros, en cierto sentido, religiosos y humorísticos. Porque los humoristas suelen ser religiosos. Pero de una religión panteísta muy básica: una fe en las circunstancias. No sé si me he explicado, la verdad. Aunque a veces leo poemas de mi primer libro en institutos, «El invernadero», escrito con 18 años, y veo que tampoco había tanta diferencia.

- Supo que se dedicaría a esto desde el momento en que…

- Empecé bastante pronto a leer y a escribir. Primero porque descubrí, como suele pasarle a todo el mundo, una realidad que superaba la dictadura del aquí y ahora. Esa vieja idea de que la literatura es una conversación con los difuntos. De alguna manera leer te obliga a pensar históricamente. Te sientes parte de una conversación que viene de mucho antes y no se sabe cuándo va a acabar. Aunque acabará, así que también te vuelve más humilde. En mi colegio, cuando empecé a escribir, ser poeta era la cosa menos prestigiosa del mundo. Era anacrónico, que es una palabra que me encanta. Por eso no competía. Y por eso te daba una especie de libertad.

- ¿Cómo se mueve en redes sociales?

- Me interesa (y suele decepcionarme) la «autoficción» de las redes sociales, es decir la construcción de los perfiles. La manera que tenemos de usarlas aún es muy convencional. La gente quiere salir guapa en la foto y ser inteligente, empática, sensible y etc, y lo creativo empieza cuando uno deja de posar y de temer el juicio de los otros. Y luego está toda la profesionalización que conlleva: acabamos sintiéndonos el centro del mundo porque cuatro amigos (o cuatrocientos) con nuestro trabajo, gustos y nacionalidad nos elogian. Esto te hace sentirte menos solo, pero en el tránsito se pierden matices y vastedad. Por otra parte, recuerdo con terror la soledad de los jóvenes literatos solteros cuando no había Facebook.

- ¿Qué perfiles tiene?

- Uno en Facebook con pseudónimo. He de reconocer que soy bastante activo...

- ¿Cuenta con un blog personal?

- No. Creo que se pierde mucha energía que se puede dedicar a la propia obra, a la lectura o a la vida en general. Un poco como los escritores que se dedican al periodismo... Imagino que hay que nacer para ello. Tener un blog, como ser periodista, debe ser algo vocacional.

- ¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practica?

- Ahora mismo hago crítica literaria en Babelia y llevo la programación cultural (con María Jesús Garcés) del hotel Iberostar Las Letras. Disfruto de ambas cosas. Es un equilibrio perfecto para ciertas personas: la soledad del que se encierra para leer bien un libro y la vida social del organizador de eventos. Creo que soy feliz, o casi feliz, por primera vez en mucho tiempo. Además trabajo con gente que me cae bien. Y puedo pagar la luz en invierno. Casi todos los trabajos relacionados con la literatura son precarios, que es el eufemismo que utilizamos para decir pobres a secas. Yo no puedo quejarme porque he conseguido vivir y aguantar y a la vez escribir, pero el verdadero tema de la literatura actual es éste: cómo escribir si tienes que conciliar la escritura con tu mala vida de autónomo, tus trabajos mal pagados, tus horarios infernales... Eso quien tiene trabajo y dispone de un «cuarto propio». Puedes fantasear con la idea de la «sobriedad feliz», es decir ganar poco y tener tiempo, pero la realidad laboral es otra: trabajar mucho para sobrevivir. Creo que era Connolly, en «Enemigos de la promesa», un libro capital, quien decía que uno no podía llegar a la escritura cansado... jejeje. Qué bien vivía Connolly. Por otra parte, Virginia Woolf decía que las mujeres no podían emanciparse hasta que no tuvieran una habitación propia y una renta de 500 libras al año (unos 40.000 € de ahora). Tampoco vivía mal Virginia... Por otra parte, durante muchos años he sido librero. Lo mismo. Es el mejor trabajo del mundo si no fuera por dos cosas: no da dinero ni tiempo para leer.

- ¿Forma parte de algún colectivo/asociación/club?

- No. Fui mod de los 11 a los 19, y aún me estoy recuperando.

- ¿En qué está trabajando justamente ahora?

- Estoy empezando una novela nueva. Una especie de despedida de la amistad y de la poesía que cerraría el ciclo que empecé con «Vida de Pablo». Además, estoy con la «promoción», por llamarla de alguna manera chistosa, del nuevo libro de poemas, «Los allanadores». Es paradójico tener que hablar de tus poemas cuando escribes en prosa sobre los motivos que te llevan a dejar de escribir poesía. Una mezcla de cinismo y de aceptación de una verdad personal: antes he dicho que sólo escribo con «ojos nuevos», pero sólo soy capaz de escribir poemas si pienso que es el último, que no volveré a escribir poesía.

- ¿Cuáles son sus referentes?

- Hay escritores que considero un cuestión vital: André Gide, Paul Leáutaud, Jules Laforgue, Jules Renard, Julio Ramón Ribeyro, Jean Paul, Stendhal,Virginia Woolf y los citados más arriba. También me fío de Julián Rodríguez y Paca Flores, mis editores.

- ¿Y a qué otros colegas de generación (o no) destacaría?

- Me entusiasman Elvira Navarro, Fernando San Basilio, Marta Sanz, Juan Cárdenas, Mercedes Cebrián, Mariano Peyrou, Rafael Espejo, Antonio Lucas, Andrés Barba, Elena Medel y Fruela Fernández. Y algunos más jóvenes que yo: Berta García Faet, Unai Velasco, Alberto Acerete y Guillermo Morales. Pero hay muchos más y, si uno es curioso, cada año crece el número. En 2015, Gabriela Ybarra y Pilar Adón.

- ¿Qué es lo que aporta de nuevo a un ámbito tan saturado como el literario?

- No creo que aporte nada. Ni que haya que aportar nada. Podría intentar ser ingenioso y decir que me gustaría aportar lentitud. Pero creo que escribir (y leer) es una manera de estar en el tiempo que ni aporta ni hurta, sino que mantiene viva la conversación.

- ¿Qué es lo más raro que ha tenido que hacer como escritor para sobrevivir?

- He sido, por orden, telefonista en una mensajería, imitador de los Beatles en un playback, pinchadiscos, librero, profesor de poesía en medio rural, parado, otra vez librero, editor, otra vez profesor, director de un festival, periodista, otra vez librero, parado, dinamizador de la vivienda pública, parado y crítico literario.