Carlos Bunga en el MACBA
Carlos Bunga en el MACBA - Guillen Sans
ARTE

Carlos Bunga: «Soy nómada. Mi domicilio es mi e-mail»

Lleva siete años en Barcelona pero no había expuesto nunca ahí. Aún así, la «Capilla» de Carlos Bunga para el MACBA resume a la perfección toda la filosofía creativa de su autor

BarcelonaActualizado:

Carlos Bunga (Oporto, 1976), hombre leído y viajado, confiesa que no hay construcción humana del mundo que más le impacte que la de los «castellets». Dice que en ellos se condensa la idea de colectividad que tanto le seduce, en la que todos reman a una, pero también esa fragilidad que nos atenaza costantemente. Por eso, para la inauguración de su intervención en la Capella del MACBA, contó con una «colla». Inestabilidad y presente en el exterior; la dureza de la piedra y el pasado en el interior, donde sus procesos (que no obras) ocupan el espacio.

Le entrevisté hace justo diez años, cuando se daba a conocer en el circuito comercial en la galería Elba Benítez. ¿Qué ha pasado en esta década?

En estos años, mi proceso, fundamental en mi trabajo, ha sido intenso y largo. Elba había visto mi obra en la Manifesta de San Sebastián, mi primera exposición fuera de Portugal. En 2005 celebré esa cita que comentas y, desde entonces, he estado viviendo fuera de Portugal. Mi trabajo siempre ha tenido un problema para relacionarse con el mercado. Como estrategia, he tenido que solicitar becas y participar en residencias, lo que me liberó de la presión comercial. He acumulado la experiencia de otros lugares, otras lenguas y otras culturas. Me ha convertido en artista nómada

Lleva siete años viviendo en Barcelona, pero esta es su primera individual en su ciudad de acogida. ¿A qué se ha debido el desencuentro?

Los artistas somo gente «armada», no con armas peligrosas, pero sí potentes

Antes, para un artista, era muy importante estar cerca de los grandes centros. Hoy ya no tiene esa obligación, hay otros mecanismos para estar en ellos. Si no ha salido nada aquí puede ser porque no tengo galería en la ciudad donde vivo porque de aquí es mi pareja. Antes lo hacía en Nueva York con galería en Madrid. Tampoco es casual que viva en las afueras, en Sant Andreu de Llavaneres. Barcelona es una ciudad «top model», muy turística e intensa. Vivir en la periferia, entre la playa y la montaña, y viajando tanto, me sirve para «desacelerar» cuando no estoy exponiéndome

Artista nómada y periférico. Una buena definición...

Cuando me preguntan que soy, siempre digo que nada que tenga que ver con un centro. A veces soy pintor; a veces, escultor; a veces, arquitecto; otras poeta, otras psicópata, otras filósofo... Me gusta escapar de la tentación de ser catalogado. Cuando me piden mi dirección para poder contactarme, siempre digo que es mi «e-mail». Ser nómada no debe verse solo en términos de movilidad, sino también a nivel mental. Significa ser capaz de hacer maleables los pilares rígidos que nos encorsetan.

¿Es portugués un artista cuya carrera se ha forjado fuera?

Nací en Portugal, pero no es algo que eligiera. Tu casa, tu país es allá donde estés a gusto. Y, realmente, no me ha influido mucho y siempre he procurado escapar de sus estereotipos. Yo empecé a trabajar desde la frustración por la pintura, de forma que el peso de la tradición portuguesa fue importante, pero eso me llevó a lo espacial. Portugal es fado, es «saudade». Yo eso lo traduzco a la fragilidad de los edificios y de mis procesos.

¿También es pictórico lo que entra en la Capella?

Nunca he dejado de pintar, pero a otros niveles. Siempre me ha fascinado en un pintor cómo da la primera pincelada, algo muy intuitivo. Yo, que trabajo desde la arquitectura, procedo de una manera similar, sin planos o maquetas. Sólo hay un concepto. El espacio se convierte en mi estudio, y allí voy tomando las decisiones. Mi proceso funciona como en un negativo: aquí primero se hace y luego se piensa.

Este no es uno cualquiera.

Yo miro la ciudad como si se tratara de una maqueta y, de esta forma, la veo como algo muy vulnerable

Siempre he querido intervenir en una iglesia, un lugar sagrado, un refugio. Lo que hago es construir un templo dentro de otro. La pieza de la nave central, «Capilla», está realizada con cartón. No trabajo con planos; necesito el contacto con el espacio. Eso marca la diferencia: del pensar al sentir. Encontrar un título también es importante porque es otro «activador» del proceso. Y los dibujos que hago acabado el mismo, no antes, sirven para resolver más dudas y plasmar las sensaciones que me transmiten las obras. Nunca pienso que estén terminadas. Ellas, abstracciones que funcionan como espejos, invitan a actuar como una máquina de fotos que hace «zooms» todo el rato para alcanzar explicaciones

Eso es pintura «muy» expandida.

Me gusta pensar en la pintura como pensamos en el cine o la tele. Cuando vemos una película o un programa, desaparecemos como personas, conectamos hipnotizados con lo que vemos. Dejamos de existir. Esta exposición te obliga a lo contrario. Necesito que la presencia física sea muy fuerte, que sientas la pieza, te emociones, que la camines, que sientas su temperatura, su tiempo. Eso implica asumir tu propia mortalidad.

Menciona el tiempo: la piedra implica durabilidad, el cartón, lo más efímero...

Creo que la sociedad fomenta objetos para solventar cierta carencia espiritual, nuestro ateísmo. Aquí yo abordo la idea de pasado, de presente y futuro. La textura craquelada de las obras remite a nuestra piel. Yo miro la ciudad como si se tratara de una maqueta y, de esta forma, la veo como algo vulnerable. Los edificios son ideas utópicas creadas por alguien, que condicionan nuestra manera de transitar, de pensar. Somos frágiles, y lo que hacemos es construir dispositivos para preservar el tiempo. Cuando un edificio como este tiene grietas o fisuras se restaura. Cuando sufrimos un accidente entramos en «shock« porque eso contradice la idea de permanencia y eternidad a la que queremos tender. Y así se enfrenta una idea de tiempo más lenta, aportada por el edificio, y otra más rápida, basada en la fragilidad de la obra.

Pese a que su trabajo es muy conceptual, incluye mucho mensaje político y social.

Mis obras son complejas porque son pensamiento. Los artistas no se pueden conformar con hacer objetos, sino que generamos estímulos. Eso nos lleva a los terrenos de la política y nos convierte en gente «armada», no con armas peligrosas pero sí potentes. Nuestra sociedad lo es del espectáculo y la tendencia es a controlar a las masas. No nos cuestionamos los procesos. Para mí es básico. Pensar de esta forma lleva a cambiar las relaciones con las personas y las cosas. El ciudadano debe sustituir al consumidor.