El elenco actoral de este montaje de «La cantante calva»
El elenco actoral de este montaje de «La cantante calva» - Javier Naval
TEATRO

«La cantante calva» no se corta un pelo

Sesenta y siete años después de su estreno, «La cantante calva» sigue en sus trece. Sube al escenario del Teatro Español esta pieza del teatro del absurdo -primera obra dramática escrita por Ionesco- dirigida por Luis Luque

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¿Saben aquel del irlandés, el ruso y el rumano que se encuentran en París? No es un chiste o sí, si se quiere. Samuel Beckett, Arthur Adamov yEugène Ionesco son los tres personajes protagonistas de ese chascarrillo escénico que el crítico Martin Esslin denominó teatro del absurdo, una corriente, llamémosla así, empeñada, según Esslin, «en expresar el sentido del sinsentido de la condición humana, así como lo inútil del pensamiento racional proponiendo un abandono absoluto de la razón». De modo que el enteco irlandés, el ruso de origen armenio nacionalizado francés y el rumano con ojos de perpetua somnolencia perpleja suelen ser citados como el trío fundacional de esa forma teatral que inundó la escena con un escalofrío desconcertante cargado de munición metafísica de peso bajo la espuma de la incertidumbre y el estupor.

Clásico de vanguardia

El punto de partida tiene una fecha y un lugar precisos, el 11 de mayo de 1950 y el Théâtre des Noctambules, de París. Fue allí y entonces cuando desembarcó la nueva corriente dramática unida a un título, «La cantante calva», primera pieza teatral de Ionesco. La obra, convertida en un clásico de la vanguardia, continúa en cartel desde hace sesenta años en el Thèâtre de la Huchette, donde la repuso en 1957 el director del estreno, Nicolas Bataille, quien durante medio siglo -hasta 2007, meses antes de su muerte- encarnó con puntual constancia al monsieur Martin de la comedia.

«Es una gran comedia que encierra una gran tragedia, la de la incomunicación», apunta Luis Luque

La obra se llama así porque, como reveló el autor, «ninguna cantante, calva o cabelluda, hace aparición» sobre el escenario. Pero, salga o no, «La cantante calva» sigue en sus trece y visita el Teatro Español de la mano de Luis Luque (Madrid, 1973), quien, a partir de la traducción y versión de Natalia Menéndez -que recomienda no caer en la trampa de buscar explicaciones, pues de lo que se trata es «de sentir algo de asco mezclado con risa»-, dirige un reparto integrado por Adriana Ozores, Fernando Tejero, Carmen Ruiz, Joaquín Climent, Helena Lanza y Javier Pereira.

Luque, algunos de cuyos más recientes trabajos de dirección son «Insolación» de Emilia Pardo Bazán, «El pequeño poni» de Paco Bezerra y «Alejandro Magno» de Jean Racine, explica que esta obra de Ionesco es una de las que gravitan en su memoria desde que empezó a leer teatro con 14 o 15 años y quedó deslumbrado por ese texto.

Sinsentido con sentido

«Hablar de la actualidad de "La cantante calva" puede resultar un tópico, pero es una de esas piezas que parecen escritas ayer porque rebosa contemporaneidad. Es una gran comedia que encierra una gran tragedia, la de la incomunicación. Ionesco se sorprendía de que la gente se riera con "La cantante calva", pues él había escrito una tragedia en la que el sinsentido está lleno de sentido y nos habla de la soledad, el desamor, la destrucción del lenguaje y otros desastres de la condición humana», comenta Luis Luque.

«Es una obra muy exigente y llena de estímulos -continúa el director-, con un trasfondo de existencialismo y un estremecimiento de humor inquietante. Los personajes, como nosotros muchas veces, no son conscientes de lo que dicen, pero en algún pasaje, al menos por diez segundos, se dan cuenta del horror y de que están prisioneros en una trampa cíclica. La risa de esta función tiene siempre un eco turbador». A este respecto, el propio autor daba una clave de su método de inversión de la lógica tradicional al afirmar que hacía «de un texto burlesco, un juego dramático; y de un texto dramático un juego burlesco».

Diálogo con Ionesco

Luis Luque está de acuerdo en considerar este título un clásico vivísimo, pues «pertenece al imaginario del teatro universal y, como otros clásicos, habla de las raíces del ser humano y utiliza los elementos de la naturaleza. El teatro lanza preguntas y Eugène Ionesco lo sabía muy bien. Yo tengo una foto del autor en mi escritorio y alguna vez hablo con él. Sus respuestas están en el texto, algo que yo respeto enormemente, porque no me gusta colocar las ideas del director por encima de la obra. Lo aprendí cuando trabajaba con Miguel Narros y Andrea D’Odorico. ‘En el texto está todo’, me decía Miguel».

El rumano que se nacionalizó francés puso de manifiesto cómo la incomunicación se disfraza de palabrería, algo inscrito en su visión pesimista de la vida, pues era consciente de la soledad esencial de las personas y la ridiculez existencial de los seres humanos. Ionesco tenía muy en cuenta que «renovar el lenguaje supone renovar la concepción del mundo». Por eso, se ocupó de dar la vuelta a los dobladillos del lenguaje para eviscerarlo de su significado y poner de manifiesto la futilidad maligna agazapada tras muchas convenciones, porque como advierte la criada al maestro en «La lección«, la obra que estrenó tras «La cantante calva», «la filología lleva a lo peor».