El joven autor Enrique Llamas
El joven autor Enrique Llamas - Pablo A. Mendivil
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«Los Caín», el mal acorralado de Enrique Llamas

Un pueblo es un micromundo en el que pueden pasar muchas cosas y algunas terribles

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En 1948 Ana María Matute publicó su primera novela, «Los Abel». La autora aún no había cumplido los treinta y no podía imaginar que, setenta años después, una cita de su historia abriría «Los Caín», la ópera prima de otro veinteañero, el zamorano Enrique Llamas, obsesionado con los traumatismos craneoencefálicos desde que, como cuenta en una entrevista, leyó «El camino», de Miguel Delibes, y lo marcó para siempre la muerte de Germán el Tiñoso.

Influido por el núcleo duro de la literatura española, pero también por el inquietante universo de David Lynch, en el que a menudo se confunden lo real y lo onírico, Llamas escribe en «Los Caín» la cruenta historia de Somino, un pueblo perdido en el sopor férreo de la España franquista, al que apenas llega nadie y del que nadie suele salir.

Entorno rural

Si en «Aguacero» (2016), el debut literario de Luis Roso, la mirada del lector era la del inspector Trevejo, que abandonaba la capital para investigar un crimen también en un entorno rural, en «Los Caín» nos adentramos en la trama de la mano de Héctor Cruz, un joven e ingenuo maestro de escuela de familia adinerada, que deja Madrid siguiendo las instrucciones del Ministerio, para incorporarse a la plantilla de profesores de Somino sin imaginar lo que le espera.

Junto a Héctor, la protagonista absoluta de la novela es la asfixia. Escrita con un tono que recuerda más a la literatura de posguerra que a la novela negra actual y ligada a los titulares auténticos que narraron en los periódicos la masacre de Puerto Hurraco o el crimen de Cuenca, la propuesta de Llamas se suma al «Country noir», la tendencia que aparta el mal de las ciudades y lo acorrala en las aldeas donde, aislado como una bacteria en el laboratorio, se puede estudiar mejor.

La maldad inicia su paseo por las calles polvorientas de Somino con la muerte de Arcadio Cuervo y se instala allí definitivamente para terminar con las vidas de Antonia Lobo y de la niña Esther, y amargar la existencia del maestro al que, por culpa de un malentendido, los habitantes del pueblo tacharán de chivato. En Somino, que a veces también recuerda a la isla sin ley de «El señor de las moscas», se recela de la Guardia Civil y todos prefieren resolver sus asuntos, aunque haya sangre de por medio, sin la intervención de fuerzas externas.

Una mañana un ciervo aparece muerto y con los ojos abiertos delante de la escuela; y es en esa página de «Los Caín» donde el lector comprende que se encuentra ante una bienvenida rareza: la voz de Enrique Llamas, capaz de insertar en el sepia de su relato fugaces fotogramas de colores hirientes, con el efecto de esos hologramas que, dependiendo de la incidencia de la luz, nos muestran la expresión más agradable de un rostro o las facciones terribles de una calavera.