LIBROS

La buena letra de Sara Mesa

Aunque no todos están a la altura de sus novelas, los relatos reunidos en «Mala letra» confirman que hay que seguirle la pista a Sara Mesa. Una escritora de calidad

Sara Mesa, autora de «Mala letra»
Sara Mesa, autora de «Mala letra» - Jonathan Polanco

Tras la calidad de su última novela, «Cicatriz» (2015), que ha afianzado a Sara Mesa como una de las voces más interesantes de la nueva narrativa española, aparece este libro de once relatos, cuyo título, «Mala letra», se toma de un pasaje contenido en uno de sus mejores cuentos, «Mármol», que vuelve sobre la disciplina a la que se obliga a los adolescentes para el cuidado de su caligrafía, asunto que ya trató con otro tono el Rafael Chirbes de «La buena letra» (1992).

No siempre coincide que tras un buen novelista se encuentre un buen escritor de cuentos. Considero que este libro confirma a Sara Mesa como autora de calidad, asimismo en la escritura de relatos, si bien no alcanza el nivel de sus novelas. Pero no porque el volumen no contenga cuentos excelentes (algunos de los aquí publicados lo son), sino porque otros deslucen el conjunto. Pasa siempre con las antologías de cuentos. Es más fácil que sea redonda una novela que no un libro que suma once relatos. Hay tres o cuatro de ellos que desmerecen, a mi juicio; no únicamente respecto a su estilo narrativo general, sino también respecto a los mejores que aquí ha incluido.

Miedos y acosos

Como no hace al caso en la reseña de un libro que se hable de cada cuento por separado, me parece que orientará al lector saber qué es lo mejor de su estilo en los más destacados, y qué me ha parecido menos bueno en los que considero poco logrados. Los mejores del volumen suelen estar referidos al descubrimiento, al aprendizaje, como si a través de sus cuentos Sara Mesa hubiera ido cifrando la aventura del conocimiento, que está hecha de miedos (como el paisaje de «El cárabo», que coincide con los bosques peligrosos de los cuentos infantiles); también de sufrimientos escolares y acosos, como el suicidio del adolescente en «Mármol», o en el titulado «Palabras piedra», en torno a la incomprensión sobre presuposiciones malsanas que los adultos inoculan a las adolescentes respecto a su futuro si siguen tal o cual inclinación sexual.

Sara Mesa incorpora una estética de lo no dicho, de lo que no está completo, que favorece el desarrollo del relato como un microcosmos donde hay tanto o más fuera

Pero lo que incorpora Sara Mesa a esta faceta de cuentos de la educación en hábitos y prejuicios es que ha seguido una estética de lo no dicho, de lo que no está completo, que favorece el desarrollo del relato como un microcosmos donde hay tanto o más fuera, en los implícitos silencios, que en lo que el texto da. Por esa razón, cuando el cuento abandona tal economía y quiere explayarse -así le ocurre a «Creamy milk and crunchy chocolate», que comienza desarrollando muy bien el gran tema de la culpa-, conforme avanza ve diluida su calidad, no únicamente por reiteración, sino por una vuelta de tuerca final a mi juicio menos necesaria.

En el caso de los cuentos titulados «Nada nuevo» y «Apenas unos milímetros», cometen un pecado que el género perdona mal: la obviedad, el tener un mensaje tan claro (el intento de coacción sexual de la empleada joven por parte del grosero jefe, o bien, en el segundo de los citados, su demasiado obvia crítica a los sistemas pedagógicos de la integración escolar a toda costa, si bien lo cierra con la complejidad de admitir una culpa cuando no se hace). No es el cuento territorio que admita tesis tan palmarias. Pero sucede menos veces que lo contrario.

Detalles psicológicos

Un ejemplo excelente de cuento casi perfecto, en el que vemos desarrollarse las mejores cualidades de Sara Mesa como escritora, es «Papá es de goma», que en su brevedad encierra un misterio, la ambigüedad de los niños, lo que hacen y lo que esconden, en un desasosegante clima que bien podría haber firmado Henry James.

Y ya que he citado al maestro inglés, otra condición de autora madura la desarrolla Sara Mesa cuando se trata del hábil manejo del perspectivismo. Es rica la colección de puntos de vista desde los que las historias son percibidas. El hecho de que algunos de ellos, los mejores, hayan cedido la perspectiva a la niña o la adolescente, ha favorecido su condición embrionaria, lo que viene muy bien al género. Sin embargo, alguna vez, como en «Nosotros los blancos», el cuento abandona el predominio del mundo interior para sumergirse en contextos sociales.

Bastaría con leer la forma como describe a la mujer que regenta la pensión de mala muerte en la que recala la protagonista, o la sórdida atmósfera de la gran ciudad a la que llega una chica con poco dinero, para percibir que Sara Mesa es buena escritora, muy atenta a los detalles psicológicos, cuidadora del estilo, algo que ya sabíamos por sus novelas.

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