«Collage» litográfico titulado «Bombhead» (1989), de Bruce Conner
«Collage» litográfico titulado «Bombhead» (1989), de Bruce Conner
ARTE

Bruce Conner: Bandas sonoras para el Apocalipsis

Los miedos de la América de postguerra son los mismos que los del mundo global. Por eso es pertiniente volver a Bruce Conner, al que el Museo Reina Sofía da a conocer en España

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Con Donald Trump anunciando un incremento del diez por ciento en el gasto militar anual de Estados Unidos, el cortometraje Crossroads de Bruce Conner gana nuevas (y pertubadoras) implicaciones para quien se sienta a verlo en el Museo Reina Sofía. La sala donde se proyecta está apropiadamente situada en el corazón de esta retrospectiva, y funciona como núcleo desde el que irradian las obsesiones de un artista que supo sintonizarlas con las de su tiempo. Por desgracia, siguen siendo (o vuelven a serlo) las del nuestro.

En 1976, Conner montó el material filmado por el ejército americano durante las explosiones nucleares de prueba llevadas a cabo en 1946 en el atolón Bikini. Ralentizó las imágenes, las acompañó de una banda sonora encargada exprofeso a los compositores Patrick Gleeson y Terry Riley y obligó al espectador hipnotizado a contemplar la que sin duda ha sido la mayor superproducción cinematográfica hasta la fecha.

Encrucijada es sin duda un título justo para un minuto congelado que se alarga hasta el presente. Conner llamaba la atención sobre un hecho premonitorio que se adelantaba a nuestra época de hipercomunicación ehiperexposición compulsiva. Entre otros motivos, el ejército había elegido el atolón porque su forma de anillo permitía la instalación de cientos de cámaras alrededor del punto donde se produjo la detonación. Sumadas a las que filmaban el momento desde el aire y desde decenas de barcos, produjeron kilómetros de metraje sobre el que probablemente sea uno de los momentos más filmados y fotografiados de la Historia. Subrayando esa estetización y esa fascinación con la imagen del Apocalipsis, reproduciéndola una y otra vez desde todos los ángulos posibles, Conner reflexionaba sobre la conexión oscura entre el poder y su capacidad de diseminación de imágenes que el régimen fordista de retransmisiones ha llevado en nuestros días a la pura histeria.

Catástrofes filmadas

Es un tema que ya prefigura y explora su película de 1958, A movie, situada aquí como obertura al principio del recorrido: un collage de imágenes cinematográficas en las que se suceden catástrofes filmadas, coches que derrapan, zepelines que se incendian, aviones que se estrellan y cabalgadas eufóricas en un Far West mítico. Las acompaña en este caso con una banda sonora exaltada a base de melodías dedicadas al paisaje evocador y ruinoso de Roma de un compositor del Viejo Mundo tan «clásico» como Ottorino Respighi. Los temas eran ya los mismos que Crossroads muestra después de forma más despojada: la violencia latente en el progreso tecnológico, el peligro de su estetización, la banalización de lo apocalíptico mediante la difusión descontrolada de su imagen épica, el sueño de la razón de Occidente que produjo y sigue produciendo monstruos.

Es imposible apretujar en estas líneas la riqueza de formatos, de experimentos e influencias de un artista mutante como Conner (McPherson, Kansas, 1933-San Francisco, 2008). Tan contracultural como cultísimo, sus referencias abarcan los collages de Max Ernst, las cajas de Cornell, los hongos nucleares y los alucinógenos, el rastro de Antonioni y el eco de los Beatles en su versión más LSD.

En una de las vitrinas del Reina se puede ver su pieza/colaboración para Artforum en 1967: la receta de un sándwich ultracalórico a base de ingredientes incongruentes, probablemente indigesto. Conner se apropia de la gran aportación anglosajona a la gastronomía mundial y la transforma en un arte que funciona de forma parecida: por sedimentación en estratos, por acumulación, por reciclaje de sobras.

Frente a la cultura capitalista de consumo y saturación, opuso una estrategia astuta del exceso y el cambio constante: adelantaba así por la derecha, y en su propio carril, a un mercado del arte y de las imágenes al que obligaba a seguir su ritmo y sus driblajes: del dadaísmo a los beatniks, de la psicodelia al punk. Por las salas desfilan, como en una moviola, Timothy Leary y Dennis Hopper y John Lennon y hasta el elefante pop pintarrajeado que irrumpía al final de El guateque, película mítica de los sesenta en la que un desmadrado Peter Sellers se presentaba como un «otro» irreductible, y cortocircuitaba la siniestra ceremonia festiva en el corazón de Hollywood.

Uno casi siente la tentación de ver en aquel personaje un trasunto y un emblema del propio Conner, que reivindicaba el papel del artista como bufón en el sentido más noble y casi shakespereano del término: el que llega para decir las verdades sobre unos poderosos en el fondo más bufonescos y para aguar esta fiesta frenética en la que participamos sin acordarnos bien de cuándo exactamente aceptamos la invitación.