El pianista Alfred Brendel
El pianista Alfred Brendel
MÚSICA

Brendel, la vieja luz de Europa

En «Sobre la música», Acantilado publica todos los ensayos y conferencias de Alfred Brendel. Una recopilación que pone de manifiesto la lucidez intelectual del gran pianista austríaco

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Ya al final de su larga carrera como solista, en la entrega del premio que le fue concedido por la crítica londinense en 2002, el pianista Alfred Brendel ofreció tres claves para entender los resortes más íntimos de su universo musical. En el discurso de agradecimiento, Brendel habló en primer lugar de Shakespeare y de un verso de «Otelo» que dice así: «For I am nothing if not critical» («Soy crítico por naturaleza»). Glosó también una idea del poeta romántico Novalis, a la que nuestro pianista ha vuelto una y otra vez a lo largo de su vida, y que alude a la estrecha relación existente en la obra de arte entre el caos y el orden. Y, por último, quizás consciente de que todo lo que no es trágico forzosamente tiende a la ironía, Brendel cita la necrológica que el gran maestro alemán Goethe dedicó al compositor Joseph Haydn. En ella, se dice que «la ingenuidad y la ironía son los distintivos del genio»; para aclarar el músico moravo a continuación: «Nunca me he considerado un genio ni por un instante, pero esa dicotomía, unida a la del caos y el orden, siempre ha resonado en mí como un eco».

Sobre estas tres claves -un alto sentido de la autocrítica y de la exigencia, la relación entre la proclividad al caos y la contención del orden, el suelo natal de la ironía y el humor- se erige la arquitectura personal de uno de los pianistas europeos más originales de la segunda mitad del siglo XX: vienés sin serlo, poeta y hombre dotado de una rara cultura, amigo de Isaiah Berlin -en cuyo funeral interpretó la sonata «D. 960» de Schubert-, inglés de adopción, intelectual despistado y ligeramente socarrón.

Particular panteón

Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Liszt o Busoni son algunos de los compositores que conforman su particular panteón y que pueblan este magnífico libro publicado por la editorial Acantilado. En «Sobre la música. Ensayos completos y conferencias», Alfred Brendel (Vízmberk, Checoslovaquia, 1931) destila un saber que va mucho allá de la mera erudición para ahondar en los entresijos del gran arte.

Brendel nos ofrece algo tan sencillo como hacernos partícipes de su trabajo musical

Si en sus interpretaciones siempre fue marca de la casa el deseo de clarificar el sonido bajo una luz anterior a las solemnidades de la mística o de la ideología y el uso de líneas clásicas sin manierismos ni ecos del horror totalitario, en esta serie de ensayos Brendel nos ofrece algo tan sencillo como hacernos partícipes de su trabajo musical, siempre fiel a la divisa que aprendió de Albert Einstein: «Intentar hacer las cosas lo más fáciles posibles, pero no más sencillas».

Por supuesto, nada de ello es posible sin ahondar en la dimensión moral y psicológica de los compositores. Así, de Mozart aprendemos a descubrir el valor de aquella conocida cita del moralista francés Joseph Joubert, en la cual recomienda «que haya varias voces juntas en una sola voz para que sea verdadera». Lo fundamental a la hora de interpretar al autor salzburgués sería, por tanto, no sólo que la melodía cante sino que a la vez hable, diga, sin ceder nunca a un sentimentalismo banal.

La contraposición con Joseph Haydn surge de inmediato: «Haydn y Mozart -leemos en «Sobre la música»- representan para mí polos opuestos como lo instrumental y lo vocal, el motivo y la melodía. […] Desde la calma, Haydn penetra profundamente en la agitación; mientras que Mozart, desde la excitación, apunta hacia la tranquilidad». En otro de los ensayos que forman el libro, Brendel plantea una dialéctica similar entre Beethoven y Schubert, ya que si en el caso del compositor de Bonn la genialidad radica en un acusado sentido arquitectónico, en el vienés prima una especie de «sonambulismo» que exigiría otra respuesta interpretativa. «Todos procedemos de Liszt -explica reivindicando la figura del pianista húngaro-. Creó el tipo de intérprete universal de gran estilo, y nuestra concepción del sonido y nuestra técnica también se la debemos a él». Y, ciertamente, la crítica que dedica a los excesos historicistas de la música antigua resulta no sólo prudente, sino una consecuencia lógica del temperamento brendeliano, antidogmático por naturaleza y alejado tanto del apego a la subjetividad del intérprete como de la idolatría hacia la letra escrita.

En realidad, leer a Brendel se asemeja mucho a la experiencia de escuchar sus discos. En estos vemos reflejadas la luz del humor y la memoria auditiva, frutos de un trabajo incansable. En ellos encontramos el humus cultural de Centroeuropa, tamizado por la picardía y una alegría de vivir que seguramente conoció desde niño en el hotel que regentaban sus padres en la costa adriática.

Rehuir la retórica

Sin duda, la música, la cultura y la escritura de Brendel corresponden a una Europa anterior al horror de los totalitarismos; una Europa que le negaría a la Shoah o al Gulag privilegio definitivo de la última palabra. Sucede más bien al contrario: en Alfred Brendel resplandece una naturalidad que rehúye el oropel de los tonos solemnes, la grandilocuencia y la retórica hueca de los charlatanes. Una naturalidad, digamos, que busca expresar las distintas voces humanas sin ensombrecer ninguna y que se erige sobre un trabajo extremadamente minucioso y lento, resultado de una tremenda autoexigencia.

Si la cita del «Otelo» shakesperiano nos recuerda su espíritu «crítico por naturaleza», Brendel vendría a reivindicar una autocrítica que domeñe el orgullo y sepa defender el viejo estilo de una Europa artesana, no engreída, que acude a los cafés y bebe Oporto por las noches; que lee poesía, sabe desaparecer y permanecer en el anonimato cuando es necesario; que conversa con los amigos y ríe o llora según corresponda; y que, en definitiva, celebra la vida y el gozo secreto de la libertad y de la belleza.