MÚSICA

«Bomarzo», el realismo mágico de Ginastera

Las funciones de «Bomarzo» en el Teatro Real son una ocasión para profundizar en la obra de Alberto Ginastera, uno de los compositores iberoamericanos más destacados del siglo XX

Un momento del montaje de «Bomarzo»
Un momento del montaje de «Bomarzo» - Javier del Real

Alberto Ginastera (Buenos Aires, 1916-Ginebra, 1983) es uno de los compositores iberoamericanos más importantes del siglo XX y el más distinguido que ha dado Argentina, junto a su alumno Astor Piazzolla. Con poco más de veinte años, era ya un músico hecho y derecho como puede comprobarse en dos partituras tempranas que todavía se encuentran entre sus más interpretadas: las «Danzas argentinas» para piano y el ballet «Panambí». Ambas obras se insertan en el filón que el propio autor definió como «nacionalismo objetivo»: los elementos del folclore argentino, sabiamente transfigurados, se conjugan con la vitalidad rítmica y el color tímbrico.

Obra cumbre de esta etapa es el ballet «Estancia» (1941), evocación del mundo de la pampa, de la actividad de las haciendas y de la figura idealizada del gaucho, cuyo espíritu queda plasmado por un elemento recurrente en la música del compositor: un movimiento rítmico a la par que ligero y brillante, escrito al estilo de una tocata. La conexión de la pieza con el «Martín Fierro» de Hernández hace de «Estancia» una suerte de emblema sonoro de la identidad nacional argentina. Con tan solo veinticinco años, Ginastera era para los argentinos lo que Sibelius para los finlandeses, Falla para los españoles o Verdi para los italianos.

América precolombina

Por su estilo directo, sus movimientos vigorosos, sus angulosidades rítmicas y tímbricas, el estilo de Ginastera recordaba en ciertos aspectos el modernismo atemperado de los ballets de Aaron Copland, así que no es de extrañar que en 1945 se marchara a Estados Unidos para estudiar con el músico norteamericano. Allí descubrirá una relación a la vez más distante y más subjetiva con su país de origen, que desemboca en un nacionalismo de rasgos menos descriptivos, más arisco y con menos color local. Es el caso del «Cuarteto de cuerda nº 1», que traduce el folclore natal con la angulosidad y los barbarismos propios de un Béla Bartók.

Desde la década de los cincuenta se hace cada vez más fuerte en Ginastera la influencia de la Segunda Escuela de Viena, perceptible en la adopción de una expresividad de cuño expresionista y en un lenguaje armónico que asimila de forma progresiva procedimientos dodecafónicos. También en este caso, la originalidad de Ginastera salta a la vista en la que es sin duda una de sus obras maestras: la «Cantata para América mágica» (1960). Aquí, la utilización de pautas seriales sirve para generar unas atmósferas fantásticas, arcanas y fuera del tiempo, conformando una evocación de la América precolombina de extraordinaria sugestión. Paradigma de la etapa del «realismo mágico» del compositor argentino, la «Cantata para América mágica» es a la música lo que «Piedra de sol», de Octavio Paz, a la poesía.

La notoriedad de Ginastera se debe a sus piezas tempranas de inspiración nacionalista

En la cantata, Ginastera emplea técnicas vocales no convencionales («Sprechstimme», inflexiones microtonales) que también hallan fructífera aplicación en sus óperas: «Don Rodrigo» (1963-64), «Bomarzo» (1966-67) y «Beatrix Cenci» (1971). Hay en todas ellas un eco del «teatro de la crueldad» de Artaud, una querencia por los personajes atormentados y trastornados, representados con un índice de violencia que manifiesta «in primis» la propia música (percusiones y disonancias en primer plano) y su relieve expresionista. Si a ello se añade el ingrediente sexual, como ocurre en «Bomarzo», puede entenderse el aura de escándalo que rodeó en su momento este título, inspirado en la homónima novela de Manuel Mújica Laínez. No obstante, el Ginastera operista me convence más como creador de atmósferas que como dramaturgo, pues el abuso de determinados recursos -sobre todo vocales- termina por generar un efecto de saturación y otorgar a la obra una cierta rigidez y previsibilidad.

La última fase de la producción de Ginastera sigue impregnada de humores vanguardistas y tampoco ha alcanzado mayor difusión, pese a contar con páginas de indudable envergadura como la «Sonata para guitarra», el «Cuarteto nº 3», el «Concierto para piano nº 2» o la orquestal «Popul Vuh», que conecta idealmente con el universo sonoro de la «»Cantata para América mágica. El nombre de Ginastera se hizo, por sorpresa, popular cuando el grupo de rock Emerson, Lake & Palmer arregló algunos pasajes de su «Concierto para piano nº 1» en el segundo corte del disco «Brain Salad Surgery» (1973), algo que el compositor argentino saludó con entusiasmo.

Amplia discografía

Las funciones de «Bomarzo» en el Teatro Real pueden ser una ocasión para profundizar en el conocimiento de un músico que el oyente medio asocia con unas pocas partituras sin duda valiosas, pero representativas tan sólo de su primera fase creadora. En este sentido, hay que agradecer el corolario de iniciativas paralelas para dar a conocer mejor el legado de Ginastera. La Fundación Juan March, por ejemplo, ofrece un ciclo titulado «Ginastera, del nacionalismo al realismo mágico», prologado por unos excelentes textos del especialista Esteban Busch y del que puede todavía disfrutarse el concierto del 10 de mayo. El Cuarteto Latinoamericano interpretará los «Cuartetos de cuerda nº 1 y 2».

Finalmente, la abundante discografía de Ginastera bien puede suplir la escasa presencia del compositor en nuestras salas de conciertos. He aquí algunas propuestas. La «Cantata para América mágica» y «Popul Vuh» han sido grabados por Stefan Asbury (Neos); Mariangela Vaccatello ha realizado recientemente la integral de las piezas para piano en Brilliant, sello que también recoge la integral de los cuartetos de cuerda a cargo del Cuarteto Latinoamericano.

Al año pasado se remonta la grabación de «Panambí» y el «Concierto para piano nº 2» por Juanjo Mena (Chandos), mientras que todavía sigue disponible el añejo monográfico de Josep Pons y la Orquesta Ciudad de Granada con un programa inmejorable: «Estancia», «Concierto para arpa», «Variaciones concertantes» y «Obertura para el "Fausto" criollo» (Harmonia Mundi).

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