ARTE

«Bibliotecas insólitas», compendio de libros de libre acceso

Bajo la utópica idea de almacenar todo el conocimiento en un mismo espacio, Glòria Picazo organiza en La Casa Encendida «Bibliotecas insólitas». Una muestra que corrobora que el saber sí que ocupa lugar y que da pie a compilaciones fascinantes

«La vie est dans la rue», de Oriol Vilanova
«La vie est dans la rue», de Oriol Vilanova

La biblioteca total como idea y como deseo inalcanzable (quizá para bien); la biblioteca como memoria del mundo y coartada para olvidarlo todo; la biblioteca como recuerdo personal y autobiografía; la biblioteca física como guarida de soledades y lugar de encuentro; la biblioteca sin muros, virtual, latente, la del ordenador, la tableta o el teléfono (listo, y siempre listo) que sustituyen el antiguo bloqueo ante la página en blanco por la ansiedad presente frente a la pantalla llena.

El interés de Glòria Picazo por la relación entre artes visuales, escritura y edición, y por la idea del libro como formato, vehículo y estrategia artística, da espinazo y autorizado índice onomástico a una expo muy pensada. Se propone como biblioteca de bibliotecas, suma de apuntes y apuestas sobre las historias pasadas y las posibilidades futuras de uno de los «topoi» seminales de la Historia: a la vez lugar y fantasía, aspiración y emblema y autorretrato de tantas culturas.

En su corazón, como en el de las bibliotecas tradicionales, hay una «sala de reserva», el equivalente bibliotecario a la cámara acorazada de los bancos. Donde se atesoran los incunables, los ejemplares únicos, el material inaccesible que como el oro de esos bancos da autoridad (no por invisible, menos firme) a la entidad y anima la circulación de los valores que respalda. Sólo que aquí los lingotes caros y pretenciosos de los clásicos «livres d´artiste», las ediciones numeradas y lujosas al alcance de unos pocos, los fetiches simbólicos de estatus y poderío adquisitivo, se sustituyen por los trabajos de artistas que desde la segunda mitad del siglo XX cuestionaron ese elitismo y prefirieron explorar una idea más accesible (y fructífera) del libro como soporte ideal para la diseminación de ideas y estrategias.

La huida definitiva

La propia versatilidad, baratura y portabilidad del libro se redescubrían como valores y medios/mensajes en los trabajos de «clásicos» del género como Concha Jerez, Eugènia Balcells, Ed Ruscha o Marcel Broodthaers. Lacónicos o excesivos, diversos todos y con el añadido de un punto de ironía curatorial que anima a la reflexión sobre la capacidad inagotable del mercado para recargar de aura y revalorizar incluso lo que se concibió como huida definitiva.

El interés de la comisaria por la relación entre arte y escritura da pie a una cita muy pensada

En cualquier caso, una especie de declaración de intenciones y fondo de depósito que irradia, late y transmite tensión a los espacios contiguos: las «salas de consulta», donde se exponen las «obras» propiamente dichas, y las bibliotecas «de verdad», más o menos cercanas: la de la propia Casa Encendida, en el cuarto piso, y la del Reina Sofía, a un par de manzanas, donde a medias afloran y a medias se camuflan trabajos de Enric Farrès Durán y Francesc Ruiz.

El juego con las convenciones de la biblioteca como espacio y ecosistema tiene otras reverberaciones y se ramifica inesperadamente. Picazo ha puesto un interés especial en que cada trabajo y cada artista se presenten en soportes físicos nada uniformes, como una forma de recordar que nada en una biblioteca es inocente o neutro, y que la variedad en la forma de mostrar los «fondos» condiciona la naturaleza misma de esos fondos, el acceso y la estructura mental que condicionan o alientan.

Instrumento de poder

La Biblioteca y el Archivo son, claro, instrumentos también de un poder que se manifiesta subrepticio en vitrinas, sillas más o menos hospitalarias (han viajado hasta aquí varias del Reina Sofía, por ejemplo), cajoneras más o menos practicables, estantes accesibles o inaccesibles.

Así que Oriol Vilanova trata casi como esculturas los archivadores metálicos que muestran/ocultan su colección de catálogos publicitarios y sus propias obras; Francesc Ruiz coloniza los expositores de revistas en la hemeroteca del cuarto piso con su propia revista/obra; Dora García coloca sobre la «mesa de novedades» una selección de sus trabajos en este formato, y de libre acceso (en muchos sentidos); Juan Pérez Agirregoikoa recupera las perchas poco «nobles» de las que colgaban sus publicaciones en muestras anteriores, a medio camino entre el supermercado y la tienda de chucherías de la esquina; Antònia del Río vacía simbólicamente los estantes de su biblioteca ausente y arma cajoneras de cartelas en blanco donde anidan sus propias obras.

Mobiliario mental

Del mobiliario físico se pasa rápido al mental, y también la jerga y los procedimientos bibliotecarios pueden ser fuente de inspiración o chispazo para la reflexión. Si la «sala de reserva» se convierte en emblema y repositorio crítico, es interesante ver cómo Enric Farrès juega con las posibilidades simbólicas del llamado «proceso de giro», una técnica compleja de almacenado que deja los libros de algunas bibliotecas ilustres (la de El Escorial, entre ellas) con sus cantos a la vista y sus lomos ocultos. Y cómo Antònia del Río elabora otro trabajo suyo a partir del «expurgo» periódico (y lleno de connotaciones) que se realiza en las bibliotecas para decidir lo que se tira y lo que se guarda, la difícil elección de lo que debe destruirse para hacer hueco a lo nuevo, en un proceso infinito: La Casa Encendida misma regala aquí los libros expurgados de su fondo, y para llevarse uno sólo hay que rellenar una ficha que será la página de un nuevo libro elaborado por la artista.

Picazo recuerda, con intención, que la sala de acceso restringido de las antiguas bibliotecas se llamaba también «Infierno»: el lugar de los libros prohibidos y malditos, tan peligrosos que sólo podían leerse con infinitas precauciones.

Aviso para navegantes

Esa idea ambivalente de un sitio mental que es a la vez paraíso y averno, lugar de delicias o cárcel sin salida, se mezcla con la biblioteca infinita e inquietante que todos llevamos en nuestros pequeños ordenadores de bolsillo en «Data Biography», el trabajo fascinante de Clara Boj y Diego Díaz, que cierra la exposición casi como una aviso para navegantes: recopilados en 365 libritos, uno por cada día del año, estarán todos los datos, mensajes, búsquedas y fotos enviados o recibidos por los móviles de los artistas. Basta un sencillo programa espía para que nuestra biografía más íntima quede archivada y pueda ser reconstruida y examinada. Puede que sea la mutación definitiva: seremos nosotros, pues, los libros abiertos y las bibliotecas andantes. De libre acceso y sin salas de reserva.

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